Cuando The Bourbon Café cerró sus puertas de la carrera San Jerónimo en 2012, su público sintió que el garito se había «adelantado a su tiempo». Trece años después, viendo el devenir del ocio nocturno madrileño, el sentir general es que la discoteca era en realidad una burbuja transgresora que supo conectar con las pulsiones más profundas de una generación. Una especie de ecosistema único y ya extinto.
En 2007, el novedoso iPhone sólo se vendía en EEUU y no se le podía culpar del descenso de la natalidad, Berta, una travesti morena con microminifalda y medias de rejilla convocaba a los transeúntes de la Puerta del Sol a golpe de megáfono cada día. Daba igual que fuera domingo o jueves, que hiciera noche tropical o fuera obligatorio llevar paraguas. Entrar en The Bourbon Café era sumergirse en el todo vale constante: desde restregar gominolas con forma de corazón por el torso desnudo del gogó Giovanni a tomar chupitos desde los pechos de la azafata Kayla. Todo esto ocurría a 400 metros del Congreso de los Diputados, enfrente del mítico L'Hardy, considerado el primer restaurante de la capital. Abierta en el siglo XVI como salida de la Puerta del Sol hacía el Prado, la carrera de San Jerónimo siempre ha sido una calle dedicada los placeres culinarios y festivos tras la desaparición, en el siglo XIX, de los conventos y hospitales que la jalonaban. Pero en El Bourbon se iba más allá.
«Nuestra filosofía es que ligue todo el mundo, ya que la mayoría de gente cuando sale por la noche lo que busca es ligar», resumía Raquel, una de las gestoras del local, antes del inicio de Flower Kissexxx Party, una fiesta cuyo lema era «ríndete al placer, si no ligas es porque no quieres». Su cartel, una chica desnuda con una X en su trasero rodeado por cuatro labios había alterado el paso de los viandantes durante aquella fría semana de octubre.
En ese evento, a cada persona que entraba en el local le era asignado un número que facilitaba la labor a la Cúpida Cósmica, el disfraz con el que una joven llamada Martina se encargaba de «repartir amor». Todo aquel que quisiera podía acercarse a ella para mandarle notas de amor a quién le llamara la atención. Mientras, Kem, el musculado maestro de ceremonias, se encargaba de caldear el ambiente con un in crescendo de juegos picantes. Botella en mano, repartía chupitos de tequila botella a quiénes se acercaban al escenario con la boca abierta. Luego tocaba premiar a la fémina que fuera capaz de pasar a mayor velocidad una pelota de goma de un tobillo a por el interior de los pantalones de algún voluntario. Ganó María, de Aranjuez, que antes de subir al escenario se había autodenominado como «virginal». Con ella y su victoria, el desenfreno tomaba la pista.
"Un garito diferente"
Fue el momento álgido de The Bourbon Café, que ya desde que se fraguó el cambio de siglo había comenzado a labrarse una fama de «garito diferente» que hacía justicia a su lema de «la discoteca transgresora para aquellos que buscan algo diferente». El truco era coger ideas que ya tenían éxito en la noche madrileña, como las quedadas erasmus y las despedidas de soltera y llevarlas «más allá» con algún toque distintivo: clases de country para mujeres, concurso de besos o noches dedicadas a un país: Brasil, México o Argentina, como aquella vez en la que apareció por sorpresa la banda de blues rock La Mississippi para gozo del personal. También se importaron fiestas foráneas que se introducían tal cuál, sin anestesia.
Tuvo muchos adeptos la Flashing Party. Con barra libre de cerveza y sangría, durante la noche, la luz cambiaba: con el flash rojo había que enseñar una prenda interior colorada; con el ámbar se repartían chupitos y con el verde, el que se subiera a la barra tenía copas gratis. Pero la que más destacó fue el Mardi Gras, la mítica fiesta del martes grande del Carnaval de Nueva Orleans. Su primera celebración de derivó en una locura que aún resuena en la capital y que derivó en varias secuelas.
«¿Qué es capaz de hacer una chica para conseguir un collar de plástico?», se preguntaba Marcos antes de acceder al recinto aquella vez. «No mucho», re contestaba. Pero se equivocó. El trofeo era un viaje a la cuna del jazz para gozar de sus carnestolendas. La modelo que lucía un trabajado bodypainting lila pasó desapercibida ante la entrega de las participantes. La catalana María desvaró el escote de su traje verde y la vasca Susana casi pierde las pegatinas de oveja con la que tapaba sus pechos. Pero no fueron rivales para las estadounidenses Crystal y Kim. No hablaban castellano, pero a golpe de topless se hicieron con el premio gordo.
El espectáculo tocó a su fin un lustro después, en enero de 2012. «Ha pasado a formar parte de la historia de mi vida»; «gracias por vuestra su fantasía» o «cierra un lugar donde se vivía la alegría» fueron algunas de las emotivas palabras que recibieron las autoras e ideólogas del pub, que cerraron a la vez El Loco Restaurante de Rose Bourbon. «De parte de todo el equipo de The Bourbon Café: Hemos disfrutado a lo grande. Muchas gracias por vuestra ilusión, risas y compañía. Han sido años maravillosos» fue su adiós.
CRÓNICA... DE LAS NOCHES EN EXTINCIÓN
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*La serie 'Crónica...de las noches en extinción' se publica cada domingo en el suplemento CRÓNICA de la edición impresa de EL MUNDO




