Miren el papel en blanco. No busquen en él la mancha de la tinta, sino el temblor del segundero. Fernando Ónega no habitaba los días; habitaba los instantes. Esos fragmentos de tiempo que, de tanto ser narrados, terminan por volverse eternos.
Había en él un ritmo de rotativa vieja y de radio encendida al alba. Un hombre que entendió, antes que nadie, que la historia de España no se escribía en los libros de mármol, sino en el aire que vibra entre un micrófono y un oído atento. Ónega fue el heraldo de una transición que olía a humo de tabaco y a esperanza incierta. Suyas fueron las palabras que un presidente —Suárez, el del gesto de cristal y acero— grabó en el imaginario de un país que aprendía a caminar sin muletas: "Puedo prometer y prometo". Cuatro palabras como cuatro columnas. La invención de un contrato social. La arquitectura de un tiempo que él ayudó a levantar con la precisión de un relojero de pueblo lucense. Un gallego universal que nunca salió del todo de Pol, porque llevaba la aldea en la mirada y el mundo en la punta de la pluma.
No buscaba como periodista el estruendo del titular efímero, sino la solidez del "instante eterno". Su periodismo era un oficio de orfebre, una labor de vigía que oteaba el horizonte de las Cortes mientras el resto solo miraba el suelo de la calle. Tenía la capacidad de convertir la urgencia del teletipo en la pausa del análisis, de transformar el ruido de los pasillos en una música inteligible para el ciudadano que encendía la radio para ser "más de uno".
Él fue la mano que escribió los guiones de la libertad. Entendió, con la lucidez de quien viene de la tierras húmedas del norte y sabe que los frutos requieren su tiempo, que la política es, por encima de todo, una conversación y un consenso que no deben acabarse nunca. Ónega fue el puente de palabras tendido sobre el abismo de las dos Españas, el hombre que sabía que entre el blanco y el negro hay una infinita gama de grises donde, precisamente, habita la convivencia.
Su pluma no era un estilete, sino un bisturí. No buscaba herir, sino desentrañar. En el plató de televisión, en la columna de un periódico o frente al micrófono de la madrugada, su presencia otorgaba una suerte de serenidad institucional, un recordatorio de que, pasara lo que pasara, al día siguiente volvería a salir el sol y volvería él para explicarnos por qué había ocurrido.
Se ha apagado su luz pero nos queda el eco de una sintaxis impecable y esa forma de decir que era, en sí misma, una lección de civismo. Se va el periodista que no solo narró la Transición, sino que la dotó de una gramática elegante y necesaria. Nos deja el silencio de quien ya no está para ponerle orden al caos, el vacío de una firma que nos hizo sentir, durante décadas, que el futuro era un lugar donde, al menos, podíamos entendernos.
