CRÓNICA
Crónica... de las noches en extinción (10)

O'Neill's Tenerife: las fiestas húmedas que dieron la escandalosa vuelta al mundo pero que nadie conocía en la isla

Jóvenes extranjeras, alcohol, bailes sensuales y cámaras. Las fiestas de un pequeño pub irlandés del sur de Tenerife se convirtieron en un fenómeno polémico de fama internacional

Las participantes eran turistas que se desinhibían sobre el escenario, aunque muchas desconocían que su noche loca se difundiría en webs porno.
Las participantes eran turistas que se desinhibían sobre el escenario, aunque muchas desconocían que su noche loca se difundiría en webs porno.CRÓNICA
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«Esto menosprecia públicamente a las mujeres y es una forma de humillación que se presenta como una valoración de la sexualidad cuando en realidad no es así. Todos se ríen de ellas. Pero creo que se está volviendo más aceptable para las mujeres. Hace 30 o 40 años, solo cierto tipo de mujer hacía estas cosas, pero ahora cualquiera lo hace. Y está bien. Es una especie de significado distorsionado de la liberación».

De esta manera reflexionaba, hace ya 15 años, Allison Bartlett, profesora de estudios de la mujer en la Universidad de Australia Occidental, sobre el fenómeno de los concursos de camisetas mojadas en ciudades como Broome, una cosmopolita ciudad turística en la costa noroeste del país. Lo más surrealista es que la moda había llegado allí tras recorrer 14.000 kilómetros de distancia, los que la separan de un pequeño pub irlandés del sur de Tenerife: el O'Neill's. Para hacer más rocambolesca la historia, en la isla el fenómeno era prácticamente desconocido, pero levantaba pasiones en todo el mundo, es considerado pionero en España y está contrastado que fue un imán para el turismo gracias a su expansión, tan clandestina como masiva, en internet.

«Me pasé media juventud yendo de fiesta a Playa de las Américas, Nooctua Sur o el Metrópolis y nunca supe de esas fiesta», recuerda Eduardo, un cuarentañero del norte de la isla. En cambio, Enrique, madrileño, organizó su viaje a Tenerife en el verano de 2008 con las celebraciones del O'Neill's como principal anhelo. Las conocía porque la plataforma inglesa Real Girls Gone Bad (Chicas reales se vuelven malas) grababa y publicaba las veladas desde principios de los 2000, cuando las chicas se subían al escenario al son de Dirty, de Christina Aguilera, con su «Necesito eso, uh, para liberarme / Sudar hasta que me quite la ropa» como himno. Lo fue hasta la década siguiente, cuando el espectáculo comenzaba con Starships, de la compositora y rapera trinitense Nicki Minaj. La parte de «Estoy en la pista, en la pista / Me encanta bailar / Así que, dame más, más / Hasta que no pueda tenerme en pie» era acompañada por un reparto de bebidas entre las participantes, generalmente un Sex on the beach, cóctel afrutado con vodka, melocotón, naranja y arándonos rojos.

La dinámica de las fiestas no variaba mucho de una semana a otra. Las voluntarias, generalmente una decena de turistas británicas e irlandesas, se subían al escenario con apenas ropa: unas bragas y una camisa blanca con publicidad del local que se anudaban sobre el ombligo. La música se centraba en los éxitos del momento hasta que el tema y la interacción con un público -alejado de la tarima con un poste separador de espacios y sorprendentemente compensado entre hombres y mujeres- era la clave. Ellos eran los que indicaban al presentador quiénes eran las que iban pasando de fase gracias a sus dotes de baile y desparpajo, que debía ir en aumento cuando se les rociaba de agua a presión con una manguera, aunque a veces se usaba hielo, cerveza o cava. Para potenciar el espectáculo, las participantes contaban con dos barras de striptease.

Votaciones con aplausos

El objetivo era que a las jóvenes se le trasparentara la camiseta, pero los premios no eran cuantiosos: merchandising, barra libre, entradas para discotecas o dinero en efectivo, que rara vez superaba los 100 euros. Tampoco era muy sofisticado el sistema de votación, puro aplausómetro. Quienes hicieran gritar más al público pasaban de ronda. La progresión era voluntaria. Algunas chicas se quedaban en el baile sensual con las compañeras, otras reproducían su posición sexual favorita y unas pocas acababan desnudas, en un in crescendo compartido, como si se hubieran sumergido en una hipnosis impúdica.

Todo ello en inglés. En aquella época, el vecino pub Bananas puso de moda el hardcore, una variante de la música electrónica que causó furor en toda la isla, creó ídolos como DJ Jonay o DJ Ángelo y provocó todo un fenómeno de transculturación que atrajo a jóvenes de toda la isla al sur. «Eran extranjeros de clase media baja que se relacionaban con la clase media baja de la isla», destaca Pablo Estévez Hernández. Pero el concurso de camisetas mojadas floreció ajeno a los tinerfeños. Lo único que estaba en castellano era el nombre de Tenerife en un cartel detrás de las chicas, clave para ubicar posteriormente el lugar donde se celebraban las fiestas.

Aparte de las vetustas cámaras digitales, en cada show destacaban los equipos de grabación de Real Girls Gone Bad. En 2009, el local creó un canal de YouTube del evento, pero tuvo una vida efímera, limitada por las normas de la plataforma. Ese problema no lo tenía Real Girls Gone Bad, que subía los vídeos de pago, pero hacía promoción con las fotos que se localizaban fácilmente, y sin censura alguna, en páginas pornográficas.

Muchas de las participantes no tenían conocimiento de la difusión online de las imágenes. Se quedaban tranquilas porque en el escenario les asignaban un número y no se mencionaba su nombre. Pero de vuelta a su país descubría que lo que había pasado en Tenerife no se quedaba en Tenerife: su noche loca estaba bien visible para todo aquel que supiera o quisiera buscar. Las quejas en foros y la petición de retirada del contenido se sucedieron hasta que los organizadores pusieron punto y final a una celebración que mezcló las laxas reglas de las películas del destape español con el salvajismo del springbreak anglosajón.

CRÓNICA...DE LAS NOCHES EN EXTINCIÓN

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*La serie 'Crónica...de las noches en extinción' se publica cada domingo en el suplemento CRÓNICA de la edición impresa de EL MUNDO