¿Qué tienen en común Dostoievski, su personaje el príncipe Mishkin de El idiota, Napoleón Bonaparte, Sócrates, Juana de Arco, Gustave Flaubert, Mahoma y San Pablo? «No busquen razones creativas o de genialidad», advierte en Las neuronas de Dios (editorial Siglo XXI) el científico Diego Golombek. «Todos ellos sufrían de lo que los griegos llamaban la enfermedad sagrada, la epilepsia», prosigue. Hasta que llegó Hipócrates, padre de la Medicina, y se entendió que «en nada es más sagrada o más divina que otras, sino que tiene su naturaleza propia, como todas las enfermedades».
A juicio de Golombek, Hipócrates «incluso vaticina que la fuente de la epilepsia radica en el mal funcionamiento del cerebro». «Lo curioso es que, aunque fuera verdad que los dioses no pueden crear la enfermedad sagrada, sí parece cierto que la epilepsia puede, en algunos casos, invocar a Dios», sentencia el escritor argentino en una entrevista durante su breve paso por España para participar en el reciente Foro de la Cultura celebrado en Valladolid.
Su ensayo, publicado en febrero, lleva como subtítulo Una neurociencia de la religión, la espiritualidad y la luz al final del túnel, entrando así de lleno en los entresijos de una rama emergente de la neurología que, en los últimos años, tiene un desarrollo efervescente: la neuroteología o neuroespiritualidad, la búsqueda de datos y certezas, al calor de la tecnología hoy capaz de leer el cerebro -ya entraremos en matices-, sobre qué sucede en él cuando hay una actividad relacionada con la oración, la meditación -sí, el mindfulness también- e incluso el trance o experiencia mística, que también puede alcanzarse con sustancias naturales como la ayahuasca y la psilocibina.
O porque tenga uno epilepsia del lóbulo temporal, como Juana de Arco (según estudios retrospectivos) o crisis de epilepsia extática (como Santa Teresa de Jesús). Las voces y las visiones de la primera, una campesina francesa del siglo XV que lideró al ejército francés a victorias como la de la Guerra de los Cien años, se han relacionado con crisis parciales -síntomas de epilepsia parcial idiopática con toma auditiva (IPEAF)-. Y los éxtasis de la segunda se deberían a su condición neurológica.
Así describe la vivencia Dostoievski en su novela El idiota: «Durante unos momentos antes del ataque, experimento una sensación de felicidad imposible de imaginar en un estado normal y del que otra gente no tiene idea. Me siento en total armonía conmigo y con el mundo entero, y esta sensación es tan fuerte y tan deliciosa que por unos segundos de tal bendición daría unos gustosos 10 años de mi vida si no la vida entera».
Y en Las neuronas de Dios, Golombek hace un exhaustivo recorrido de las investigaciones que, en las últimas décadas, han detallado cómo actúan las neuronas de las monjas rezadoras, los budistas que meditan y los iluminados por el peyote o los hongos alucinógenos. «La neurociencia va identificando circuitos cerebrales que podrían ser el origen y la huella de las experiencias religiosas: por un lado, ciertos cambios en la actividad eléctrica de ciertas áreas pueden dar por resultado visiones místicas y, por otro lado, algunas actividades espirituales (rezos, mantras, danzas rituales) son capaces de dejar una estampa característica en nuestras mentes», defiende.
Pero en el campo de la neurociencia, es decir, entre los neurólogos -acostumbrados a aguantar que la etiqueta neuro sostenga variados asuntos- hay reticencias a la hora de ofrecer afirmaciones tan enormes como que rezar puede hacernos mejores, en tanto que la investigación demuestra que hacerlo reduce los niveles de ansiedad y depresión, el estrés y hasta la ira justiciera por la que también era célebre Juana de Arco. Pensar que rezar nos hace mejores puede resultar seductor, pero en términos neurológicos es una afirmación mastodóntica.
Ya en 2014 el estudio Neuroteología: la relación entre el cerebro y la religión advertía del peligro del uso desmedido de la etiqueta neuro. «Uno de los problemas iniciales es la explotación del término neuroteología, con demasiada frecuencia utilizado de manera incorrecta o inapropiada». Sin embargo, una de las investigaciones más recientes, Neuroteología, aplicaciones prácticas a la psiquiatría integrativa, de 2025, firmado por uno de los científicos norteamericanos qué más la han trabajado, el director de investigación del Instituto Marcus de Salud Integral del Hospital Universitario Thomas Jefferson (Philadelphia), Andrew B. Newberg, se lee: «Numerosos estudios de investigación realizados en los últimos 30 años han documentado los efectos positivos de las actitudes religiosas y espirituales en la salud mental. La religiosidad se correlaciona con menores niveles de depresión, ansiedad y abuso de sustancias. Las personas que practican la religión regularmente reportan mayores niveles de satisfacción y felicidad vital en comparación con quienes no la practican. Estos efectos tienden a ser protectores a lo largo de la vida, incluyendo la infancia y la adolescencia».
Pone algo de luz en el asunto Javier Bernácer, director científico del Centro Internacional de Neurociencia y Ética (CINET), creado por la Fundación Tatiana y que promueve el diálogo entre la neurociencia de vanguardia, la psicología y las cuestiones éticas derivadas de la misma. Miembro también del grupo Ciencia, Razón y Fe de la Universidad de Navarra, Bernácer cree que «no se puede asegurar que una activación en el cerebro se deba a que la persona rece o medite».
«La afirmación de que la innovación tecnológica permite observar qué sucede en un cerebro mientras una persona reza, sin ser errónea, no es correcta del todo. Las técnicas de neuroimagen permiten, efectivamente, aunque con muchos matices, ver qué sucede en un cerebro mientras una persona reza o medita. Sin embargo, no podemos asegurar que la activación que vemos ahí sea precisamente porque esa persona reza o medita». Y se explica: «Piensa que ahora mismo le hago una foto al cerebro de Donald Trump. Cualquier cosa que encuentre diré que tal o cual parte es más grande o pequeña de lo normal porque Trump es un dictador peligroso. ¿En base a qué puedo decir eso? Esos hallazgos pueden ser totalmente espúreos, y que esas regiones cerebrales sean más grandes o pequeñas por genética, porque a Trump le gusta leer, porque se da paseos por Mar-a-lago, porque habla muy fuerte, por sus patrones de sueño, o por miles de otras variables que no controlo o directamente no conozco».
De modo que Bernácer cree que se precisaría una investigación rigurosa (probablemente inabarcable) «para poder decir que el cerebro de los que rezan es distinto de los que no, y precisamente por el hecho de rezar». Lo medita: «Tendría que reclutar a una muestra grande de participantes, dividirlos al azar en dos grupos equilibrados en cuanto a sexo, edad, ingresos, y muchas otras variables que pueden emborronar mis resultados. Ninguno de ellos tendría que ser gente que rezara. Les hago un escáner cerebral anatómico y funcional. Después, a uno de los grupos les pongo a rezar, pero claro, de una manera muy rigurosa y sistemática. Me aseguro de que lo hacen. Con respecto al otro grupo, me tengo que preocupar de que no recen pero, de todas formas, les tengo que poner a hacer algo que sea en todo parecido a rezar, pero no sea rezar. Por ejemplo, a meditar. ¿Por qué tengo que hacer esto? Porque si no, ¿quién me dice que las posibles diferencias que encuentre han sido por rezar y no porque he estado pendiente de ellos, o porque han pasado 20 minutos al día dedicados a ellos mismos, o por cualquier otra cosa?».
Además, «el proyecto tiene que ser doble ciego: el participante no debe saber si está incluido en el grupo de oración o en el de meditación. Y en este caso sería imposible. Por ello, siempre tendría que considerar que quizá mis resultados dependen de que el participante sabe que está incluido en el grupo de interés, en el de la oración, y eso sesgue su actividad cerebral».
Atendida la ciencia, preguntemos a la creencia. Por ejemplo al médico, neurocientífico y sacerdote José Manuel Giménez Amaya. En Dios en el cerebro. La experiencia religiosa desde la neurociencia, conferencia ofrecida en el XXXI Simposio Internacional de Teología de la Universidad de Navarra en 2010, afirmó: «Desde el punto de vista neurobiológico, vemos que la experiencia religiosa es capaz de poner en concierto redes neuronales muy complejas y que involucran de forma sintética regiones cerebrales perceptivas, cognitivas y emocionales. Y es lógico pensar que iba a suceder algo así: la riqueza de la experiencia religiosa precisa de esas redes para producirse; pero cabría ahora preguntarse si son esas redes la causa directa de este proceso espiritual. Y para contestar esta pregunta necesitamos hacer una crítica metodológica al procedimiento empleado para obtener los resultados que hemos mencionado».
El bucle no parece terminar nunca y las preguntas se antojan infinitas entre ciencia y creencia, religión y cerebro, fe y.. ¿bondad de espíritu? «Mucha agua (y mucha dinamita) ha corrido debajo de los puentes entre la ciencia y la religión. Tal vez un buen resumen sea la opinión del físico Stephen Weinberg: 'La ciencia no ha hecho imposible creer en Dios; en todo caso, ha hecho posible no creer en Dios'», escribe Golombek en su ensayo que, al cabo, ofrece explicaciones científicas de algunos fenómenos religiosos «que pueden y deben ser considerados naturales».
Contemos un poco más al detalle uno de ellos para intentar tener una panorámica de este complicado asunto. En 2006, el doctor Mario Beauregard, del Departamento de Psicología de la Universidad de Montreal, en Canadá, investigó con monjas carmelitas de clausura. Ninguna presentaba un trastorno psiquiátrico o neurológico que pudiese dificultar el experimento así que se les pidió que recordaran alguna experiencia interior caracterizada por el sentido de unión con Dios. Se recogió la actividad cerebral utilizando técnicas de resonancia magnética cerebral y electroencefalografía, y las pruebas mostraron que varias regiones encefálicas se activaban durante este tipo de experiencias vitales. Pero también, citando la conferencia de Giménez Amaya, que «no existía ningún lugar exclusivo de activación que indicase la existencia de una zona o módulo cerebral que rigiera la experiencia religiosa».

