CRÓNICA
Crónica...de las noches en extinción (5)

Mond, el club de Barcelona donde el Pop hizo libre a la generación 'indie': "Bastaba con ser distinto, incómodo, para ser felices"

Flyers del club Mond a principios de siglo, elaborados por el fotógrafo Ramiro E y el grafista Sergio Ibáñez.
Flyers del club Mond a principios de siglo, elaborados por el fotógrafo Ramiro E y el grafista Sergio Ibáñez.
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La explosión de la música indie en España a principios de los noventa, protagonizada por los miembros más jóvenes de la Generación X, con referencias culturales eclécticas y eminentemente anglosajonas (Smiths, Stone Roses, Pavement, New Order, Sonic Youth...), propició la aparición de numerosas bandas en ciudades 'periféricas' como Gijón (Australian Blonde, Manta Ray), San Sebastián (Family, Le Mans, La Buena Vida), Granada (Los Planetas) y Bilbao (El Inquilino Comunista). Una nueva ola que Madrid observaba ajena, mientras Barcelona se convertía en la capital de los clubs de indie-pop y de las noches eternas.

La sala pionera fue Nitsa, en un pequeño local de la zona pija de la ciudad, que tuvo en DJ Sideral (Aleix Vergés) una suerte de gurú iniciático, fusionando el pop con la electrónica. Eran años de optimismo generalizado, bonanza económica, impostura cosmopolita y hedonismo químico. Fukuyama había proclamado el final de la Historia; aún faltaba para para el atentado del 11-S en Nueva York; el independentismo catalán era una cosa residual -de frikis de pueblo- y Barcelona conservaba su atávico desvarío anárquico y canalla, con bares y salas abiertas hasta el amanecer. Al tiempo que se llenaba de estudiantes Erasmus y yankis que barnizaron las noches de cosmopolitismo cultural y de relaciones sexuales políglotas.

Un dulce 'fin de siècle', entre gin-tonic y gin-tonic, donde el Mond Club tomó el relevo del Nitsa como la sala de referencia de la escena indie. Impulsado por dos jóvenes empresarios, José Cadahía y Daniel Fadiella, el Mond desembarcó con su lema «Pop will make us free» cada viernes en la vieja sala Cibeles, junto al Paseo de Gracia. Un local conocido durante el franquismo por sus tardes de baile 'agarrao' frecuentadas por chicas de servicio, currelas y pijoapartes

La fusión estética en el Mond entre emergente escena indie de finales de los noventa con el kitsch tardofranquista de la Cibeles, de paredes rojas, espejos enormes, palcos elevados, un gran escenario, sofás aptos para el rollo furtivo y un segundo piso desde donde se observaba la pista de baile, fue uno de los secretos de su rápido y efímero éxito. El Mond se distinguía, además, del resto por una cuidada programación, con DJ locales (Sideral, Buenavista, Killian, Niño, Sugus o Moriarty) compartiendo sesiones -en las que se mezclaban sonidos como el brit-pop, el glam, el post-punk y el tecno pop-, con músicos internacionales, como Jarvis Cocker (Pulp), Jay-Jay Johanson, Andy Lewis o Clint Boon (Inspiral Carpets), además de artistas españoles como Alaska.

DJ Killian y Buenavista
DJ Killian y Buenavista

«En el Mond descubrí que la pista de baile también podía ser un lugar de ironía y liberación. Entre humo, luces estroboscópicas y extraños eyeliners, sentías que no necesitabas encajar: bastaba con ser distinto, exagerado, incluso incómodo. Y en eso, éramos felices», recuerda Killian.

«Fueron las últimas grandes noches de los veinteañeros que crecimos en una Barcelona en la que constantemente sucedían historias emocionantes. Cuando cerró el Mond, a pocos les pareció importa, pero yo anuncié que la ciudad iba a ser mucho más gris», señala el escritor musical Ramón Oriol.

En el Mond predominaba un ambiente relajado e íntimo, opuesto a la agresividad maquinera de las discotecas chungas de la periferia barcelonesa. Esa familiaridad favorecía el sentimiento de pertenencia a lo que en ese momento era la vanguardia cultural. Una variopinta tribu moderna, culta y guapa en la que convivían (y algo más) poperos, neo-mods, post-punks, cronistas posmodernos, hardcoretas, pijos, veganas suecas, skaters, y hasta modernillos madrileños de visita... Y entre ellos pululaban también miembros de grupos musicales como Dorian, Mishima, Sidonie, Flirt, Cuchillo, Veracruz... «Tenía una atmósfera muy genuina, la música era la más ecléctica que podías encontrar en aquella época, el Mond permitía un encuentro de jóvenes inconformistas que buscaban su lugar en la cultura y su manera de vivir en Barcelona», recuerda la empresaria Andrea Laumont.

Flyers del club Mond a principios de siglo, elaborados por el fotógrafo Ramiro E y el grafista Sergio Ibáñez.
Flyers del club Mond a principios de siglo, elaborados por el fotógrafo Ramiro E y el grafista Sergio Ibáñez.

Si durante la Transición la 'gauche divine' barcelonesa tuvo en la sala Bocaccio su lugar de encuentro y creativa perversión, sus nietos Kronen hicieron del Mond su templo alternativo. «Era el lugar en el que había que estar -y divertirse-, la bisagra entre lo analógico y lo digital», afirma Rubén Romero, profesor en la Universidad Carlos III.

Aquella efervescencia juvenil tuvo sus particulares paraísos artificiales. En los primeros años, más festivos y desenfadados, predominó el éxtasis y la experimentación química. A partir del año 2002 entró con fuerza la cocaína, recuperando el devastador prestigio que disfrutó en los ochenta, y con ella su efecto habitual: después de un tiempo de euforia colectiva y sensación de inmortalidad, llegó la gran resaca: introspección, paranoia, nostalgia y malhumor. El ambiente en el Mond empezó a ser algo más sombrío, los parroquianos asiduos de los primeros años iban menos y el «buen rollo» inicial se fue poco a poco marchitando, como anticipando el abrupto final que le esperaba al club en 2005.

Acosado por los vecinos y el Ayuntamiento debido «al ruido», el Mond cesó su actividad. Cuatro años después, la sala Cibeles fue derribada para construir una residencia geriátrica. Perfecta alegoría de una juventud indie que se creyó eterna y de una Barcelona cada vez más gris, pacata y provinciana, que pasó de la intimidad estética del Mond a la masificación de los grandes festivales como el Primavera Sound y el Sonar.

CRÓNICA...DE LAS NOCHES EN EXTINCIÓN

(1) Pachá Ibiza: el templo de 300 millones donde los porteros persiguieron a Paris Hilton y Terenci Moix rivalizaba con Valentino y Mick Jagger

(2) INN Madrid: el eterno 'plan B' de Hilarión Eslava en el que "te entraban hasta las máquinas de jabón del baño"

(3) Tito's Palma: el gran "circo" de Mallorca bautizado por la diva Dietrich donde cantó Charles Aznavour, actuó Lola Flores y pinchó un 'porno DJ'

(4) En Bruto Zaragoza: la cuna internacional de Aragón que meció a Héroes del Silencio y donde tocó Green Day

*La serie 'Crónica...de las noches en extinción' se publica cada domingo en el suplemento CRÓNICA de la edición impresa de EL MUNDO