«El Tutan no es que fuera la mejor discoteca. Pero tenía algo. Fue la primera para muchos, muy batallera, mucha vespino...». La mente de Xavier se traslada rápidamente al pasado cuando se le menciona su particular templo, el que durante cinco años, entre 1992 y 1997, marcó sus noches: la discoteca el Tutankhamen, ubicada en el kilómetro 16,2 del lado de la montaña de la antigua autovía de Castelldefels.
Pero que nadie se confunda. Aunque el Neng de Castefa encarnado por Edu Soto colocase la lupa fiestera en Castelldefels, la discoteca estaba dentro del término municipal de Gavà Mar. «Hay personas que me llegaron a decir que la discoteca era de allí porque estaba en su autovía. No quiero ofender ni causar antipatías, pero me da mucha pena que la gente no ubique dónde se encontraba la mejor discoteca de la zona», protesta Jorge, otro habitual del Tutan, que llevó su batalla para geolocalizar correctamente la extinta discoteca a las redes.
La discoteca Tutankhamen abrió sus puertas el 23 de junio de 1976, la noche de San Juan. «Las mujeres vestían de gala la noche de la inauguración. La lista de invitados a la gran verbena era enorme. Sin reserva, imposible entrar. El estreno de la inmensa boite prometía cena-espectáculo y una cita social indispensable. Carmen Sevilla, atracción de la noche, tuvo dificultades para acceder a la sala de fiestas», recordaba en las páginas de este periódico Héctor Marín.
Gracias a la labor de arqueología desarrollada por la Asociación de Vecinos de Gavà Mar y de particulares como Lorenzo Amat Bernat, se puede recorrer al detalle la evolución del establecimiento desde su primer día, aquel en el que centenares de personas, un público de clase media-alta -con trajes largos y corbatas que luchaban contra la humedad - acudieron atraídos por el exotismo de una discoteca que se inspiraba en el Antiguo Egipto. Se elevaba junto a las obras de la urbanización Las Dunas y en su interior 15 camareros trabajaban al son de una música variada -disco, soul, funk- repartida en dos salas, algo de lo que presumió el local hasta el final, aunque con el paso del tiempo los cócteles y la pirotecnia dieron paso a la música electrónica -la makina- y las sustancias psicotrópicas. «Mucho más que una discoteca. Dos pistas, dos ambientes, parking gratuito», recalcaban.
Xavier iba al Tutan «de paquete» en una Derbi Variant, el modelo top de la época. Aunque alguna noche se dejó caer «en una Honda roja de un amiguete que era el rico». Para Vanesa, en cambio, el recuerdo imborrable era coger el autobús que ponía la propia sala en «la parada de los pollos del Ramón». Para Irene, la ronda previa de chupitos en el Astur, «el del padre del Cifu», era la cita ineludible antes de ir a darlo todo. Y para otros como Julio o Simón, lo que realmente «te hacía inmediatamente de Gavà» era acudir al Abuelo Ye-Yé cuando paraba la música y paliar los efectos de la futura resaca con unos callos, carne a la jardinera o el plato más añorado, las albóndigas en salsa. «Qué tiempos. Volvía a ellos con los ojos cerrados», resume otra habitual, Consuelo.
Dentro de la vetusta concepción de «corredor del ocio» que tenía la autovía de Castelldefels, el Tutan era la punta de una pirámide formada por otras dos discotecas ,el Silvi's y la Hache-Ká. La primera tomó el nombre de su fundador Silvestre Falguera, un empresario local de las pieles. Se inauguró el verano de 1970 con una actuación de Peret. Una década después se transformó en un «templo inca espacial» y pasó a llamarse New Silvi's. Allí trabajó el matrimonio Sebas y Magda, que en los 80 decidieron levantar la Hache-Ká en el edificio en el que estaba la peletería Hong Kong Pell. «Se llamaba así por que antes fue una tienda de abrigos de piel que venían de Hong-Kong... o eso decían», recuerda Xavier.
El Tutan era el nuevo baluarte de una época dorada que ya ha desaparecido. Repartía carnets «VIP de oro verde» para sus invitados más selectos y celebraba eventos como la Fiesta de la Elegancia, patrocinada por la tienda de ropa Mister's. Así, en un mismo escenario se reunían un joven con esmoquin blanco salido del Rick's de Casablanca, una señora con un abrigo de visón hasta las rodillas o la promoción de Cornellá, un grupo de jóvenes que mezclaba los atuendos más atrevidos de la película The Warriors con el jersey al cuello del niño pijo de Sufre mamón.
De los 90, con el recordado Ricardo como director y DJ Ángel en la cabina, se recuerda una actuación de OBK. Pero en 1998 murió Tutankhamen. Pasó a llamarse Marrakech, los motivos egipcios fueron tapados y empezaron a sonar géneros musicales marroquíes como el rai o la gnawa. Cerró definitivamente en 2009, después de que tuviera lugar un tiroteo mortal en su puerta.
Con su porte de templo egipcio, el Tutan emulaba salas de fiesta que triunfaban en Los Ángeles y Miami. Tras su cierre, su imponente arquitectura kitsch complicó su reconversión y la convirtió en objetivo de los urbexers, exploradores urbanos que graban en su interior mientras que aquellos que disfrutaron de su momento de esplendor celebran cada poco fiestas homenajes volcadas en el reencuentro y la añoranza.
Crónica... de las noches en extinción
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*La serie 'Crónica...de las noches en extinción' se publica cada domingo en el suplemento CRÓNICA de la edición impresa de EL MUNDO



