- Bares de hiotel (IV) El bar burbuja del Hotel Raffles en Singapur: una atmósfera atemporal donde tomar un sling
Con un hotel en el que se ha visto a niños de otra época vagar por los pasillos y un bar que parece una verbena, Stephen King tendría material de sobra. Aunque así dicho suena inquietante, lo cierto es que, cazafantasmas aparte, el asunto paranormal del hotel Monteleone no gafa la experiencia de beberse un Vieux Carré. Bastante encantada es ya Nueva Orleáns que nos hace repetir país para nuestra serie de bares en hoteles míticos.
Otro edificio imponente estilo Beaux-Arts, como el St. Regis de Nueva York, y otra gran dama, como recordamos que se conoce también al Raffles de Singapur. El Monteleone derrocha una deliciosa decadencia, eso que de manera cursi llaman old world charm. La extravagancia definitiva queda reservada al bar Carousel.
A una manzana de Bourbon Street, este hito del Barrio Francés se divisa fácil por su inconfundible luminoso rojo -a salvo de huracanes desde el origen- con el que se corona el edificio. Desde arriba, el Mississippi casi puede tocarse. Al hotel, icono de Crescent City como el Mardi Gras o el jazz en tugurios pegajosos, lo hizo grande Antonio Monteleone, un fabricante de zapatos siciliano que emigró a Louisiana para seguir la racha. Este hombre de negocios -fue también banquero y promotor- se hizo en 1886 con el Commercial Hotel, de 64 habitaciones.
Varias ampliaciones mediante, tuvo casi que ser levantado de nuevo en 1954 para llegar a las 600 estancias actuales, una vez que había innovado en lujos como los ventiladores de techo o los aparatos de radio privados. Hoy el Monteleone, nombre que adoptó en 1908, sigue siendo un hotel familiar. Y cinco generaciones después cualquier renovación sirve para que todo siga igual. «Es un hotel muy antiguo», explica el experto en cosas del beber François Monti, fiel a su cita con estos artículos. «Lo clasificaría dentro de esos hoteles, como el Palace de Madrid hasta hace dos días, que representan un lujo algo anticuado, que necesitan una puesta al día que nunca se ha dado y que en el Monteleone no se va a dar».
Las puertas doradas y los churretes ornamentales de la fachada anteceden al lobby conservado en formol. El carrillón del atrio, los retratos de familia, las lámparas de araña y los ascensores de película se conjuntan con unas habitaciones empapeladas en colores pálidos. La piscina en la azotea permite sacar la cabeza. Pero toca tomar uno de los 25 asientos instalados en la barra circular del bar, una chifladura irresistible que lleva girando desde finales de los años 40. The Carousel Bar & Lounge puede transportarnos a Las Vegas o a Montmartre. Adornado con profusos relieves, angelitos, sillas tapizadas con motivos exóticos y muchas bombillas, el bar completa su vuelta cada 15 minutos. Si el cliente se marea no es por la velocidad sino por llevar demasiado tiempo atornillado al divertido artilugio para adultos sumando una copa tras otra.
Los más fieles no olvidan a Marvin Allen, el veterano bartender de Michigan que durante años ha contribuido a revivir el Vieux Carré en el Carousel. El cóctel fue inventado por Walter Bergeron, el otro barman que aquí dejó huella, sobre 1938. La fórmula, en la que se ha vuelto a poner más empeño, combina whisky de centeno, coñac y vermut rojo a partes iguales, además de algo de Bénédictine, bitters Peychaud's y aromáticos. Lo clava François Monti en su libro Mueble Bar (Abalon Books, 2022): «En esta fecha, esta receta ya pintaba retro». Un cóctel removido, servido en vaso on the rocks y decorado con piel de naranja, que Bergeron creó para recordar lo multicultural de The Big Easy. Estadounidenses, franceses, italianos y caribeños representados en un trago que se convirtió en uno de los emblemas de la coctelería sureña. En el bar se puede pedir por 21 dólares, igual que el Sazerac, otro de los cócteles oficiales de la ciudad.

King Cole bar, punto de encuentro de la 'nobleza' neoyorquina
«En Estados Unidos, algo que distingue el bar de calle del de hotel es que muchos hoteles tienen sindicatos, con lo cual los bármanes están allí casi de por vida», prosigue Monti. «Es un problema porque se pone menos interés. Hay muchos hoteles conocidos por sus coctelerías en Reino Unido, pero casi ninguna en Estados Unidos se ha actualizado». Pero no es tanto problema en una ciudad como Nueva Orleáns que no busca las últimas tendencias. «Para un fan de la coctelería es como hacer turismo coctelero en el pasado. Vas a Ramos Gin Fizz, Sazerac, La Louisiane, Vieux Carré, todos esos tragos de la era clásica que estos bartenders a la antigua controlan. Igual no los hacen tan buenos como deberían pero tienes ese vínculo old school y con la historia».
Al Carousel se pudieron subir Liberace y Louis Prima cuando compartió ubicación con el club nocturno Swan Room. Uno de los pocos hoteles del país declarados monumento literario, sirvió de refugio a Tennessee Williams, Faulkner y, qué raro, Hemingway, que aprovecharon su estancia para avanzar en La rosa tatuada, El ruido y la furia, o La noche antes de la batalla. Truman Capote pasó tanto tiempo en él que afirmaba haber nacido dentro, aunque fuera mentira. Más recientemente el bar giratorio se estableció como meca de la coctelería mundial por albergar el festival Tales of the Cocktail, que en su última edición premió a los bares madrileños Cock y Devil's Cut. Quedar en el Carousel era una cita anual: «Durante años fue su sede», confirma nuestro interlocutor. «Dejabas tu maleta en la habitación y lo primero que hacías era bajar al Carousel, intentar conseguir una plaza en la barra, y quedar con gente de la industria y viejos amigos para tomar un dry martini, un Vieux Carré o cualquier otra bebida de Nueva Orleáns». En la ciudad hay bares históricos como el Sazerac Bar o el Old Absinthe House, pero ningún otro te dará esta vuelta.

