- Bares históricos de hoteles (I) Los secretos del bar del Palace: de Hemingway a la Generación del 27
Nueva York necesita aferrarse a sus leyendas, ya casi no le quedan. Una que se resiste a esfumarse es la del hotel St. Regis, operado hoy por Marriott (como el Palace de Madrid, nuestro anterior invitado), aunque en manos cataríes. Si apuramos, la leyenda es la del King Cole Bar, que por derecho da continuidad a nuestra saga de bares mitológicos dentro de hoteles, deliciosa especie en extinción.
Toca enfilar la 5ª Avenida y, a la altura del Peninsula Hotel, doblar en la calle 55, conocida en otra época como el callejón de los millonarios. De bruces nos damos con la marquesina que da pie a una mole elegante –tan solo 20 plantas–, demasiado enclaustrada hoy como para que cualquiera se acuerde de otros tiempos. Al menos sabemos que, por hitos como este, en Nueva York empezó todo, kilómetro cero de las bebidas mezcladas.
Sin su concurso no habría escrito la neoyorquina Alia Akkam un libro como Cócteles del Mundo: 50 Combinados de Bares de Hotel Emblemáticos, editado en España por Cincotintas. En él incluyó el bloody mary del King Cole Bar, atracción que sirve de excusa para adentrarse en el pasado.
Sin embargo, la autora prefiere el bar Bemelmans del hotel Carlyle, «porque es una puerta de entrada al Nueva York de antaño», nos confiesa. «Desprende un glamour que no se ve, hay algo sencillo y a la vez refinado en tomar un sidecar en ese espacio». Su libro referencia todo tipo de bares de hotel, no solo antiguos, pero ¿qué los atraviesa?: «Hay algo enigmático en ellos», responde Akkam, «un fugaz atisbo de posibilidad y promesa acentuado por la presencia arriba de las habitaciones».
El St. Regis está ahí desde 1904, dedicado el magnate John Jacob Astor IV –como para no serlo con semejante nombre– a seguir el capricho familiar de coleccionar hoteles de lujo, del Astor House al Waldorf-Astoria o el Knickerbocker. El jesuita francés Juan Francisco Regis nunca sospechó que su hospitalidad tomaría esta forma. Y Astor IV apenas pudo presumir de ella, pues ocho años después se embarcó en el Titanic. Dejaba en manos de su hijo Vincent un colosal despliegue Beaux Arts de lámparas de araña, mármoles, alfombras orientales y moblaje Luis XV, además de la afición por el espionaje y las intrigas, de las que el hotel fue testigo. Ya que estamos, Ian Fleming hizo que el agente secreto más famoso se hospedara en la última planta para su libro Live and Let Die. Y para qué contabilizar el famoseo real que jugó escandalosamente a no ser visto: Marilyn y DiMaggio, John y Yoko, la Dietrich y su aura… O Dalí y su ocelote, séquito incluido, durante sus delirantes fiestas de pop absurdo.
Hora de entrar al bar, inaugurado en 1932 tras la Ley Seca para ser imán de la high society. El King Cole, ciertamente tenue y sin ventanas, anima a la intimidad tras la renovación millonaria llevada a cabo el año pasado por el 120 aniversario del hotel. Moqueta azul oscuro, tanto como las maderas, y sillas de terciopelo malva con flecos. La barra de granito negro, sin embargo, armada con utilería más básica que la mayoría de locales modernos, se ve algo cascada.
Pero quién se fija en la barra si nada nos aparta de su impactante telón bufonesco, el Old King Cole. Un mito dentro de otro mito, y otro más. Este mural triple de nueve metros de ancho pintado en 1906 por Maxfield Parrish entroniza en el centro al personaje infantil. Aquí desde 1932, tras dar algunos tumbos, fue encargo del coronel John Jacob. El más arrogante de los Astor quiso que su rostro sustituyera al del monarca Cole y un abstemio Parrish bien pudo burlarse dibujándolo en pose de flatulencia, venganza que siempre negó. La reapertura del bar, tras ocho meses de obras, fue un sarao de órdago con el diseñador de moda Jason Wu como anfitrión. Pero la estrella fue el mural, restaurado y colocado otra vez para orgullo de los neoyorquinos.
Una reforma anterior provocó que la clientela del King Cole Bar, huéspedes y visitantes a partes iguales, bajara veinte años de media. Se mantienen ciertas formas, se deja notar algo del aire distinguido del Midtown, pero también acuden turistas y familias con bebés.
"Desprende un glamour que no se ve, hay algo sencillo y a la vez refinado en tomar un sidecar en ese espacio"
Bill Dante es su experimentado head bartender. Creció viendo a su abuelo preparar martinis en Boston hasta que se trasladó a Nueva York con el sueño de ser actor. Y acabó en este otro oficio que tanto se le parece y que comparte con otros veteranos, uniformados también de chaleco, corbata o pajarita, con más de treinta años en el bar. Prototipos de vieja guardia que no han olido la reciente revolución de la coctelería, al contrario de hoteles como el Mandarin Oriental.
Uno más joven de origen chino lleva 11 años siendo barback, ayudante de barra. Curiosamente mientras los séniors atienden las mesas es él quien prepara los cócteles. El bloody mary, por encima de todos, registrado en 1934 por el barman Fernand Petiot, alías Pete. Tras inventarlo antes en el Harry’s Bar de París se lo llevó a Manhattan, camino normalmente a la inversa, aunque fue en el King Cole donde terminó la receta de vodka y zumo de tomate con pimienta, zumo de limón, salsa Worcestershire y tabasco.
El origen de la motivación forma parte de la nebulosa de tantos cócteles. Ante la certeza de estas invenciones, siempre la duda. Lo que sí es cierto es que el reconstituyente pasó a llamarse Red Snapper para salvar la moral bienpensante. Aunque el bar propone otros tragos de especialidad, o sirve un atractivo old fashioned con brandy, es este el cóctel por el que se ha hecho inmortal. Muy ligero y americano, por su fuerte acento ahumado y spicy, se decora con una simple rodaja de limón.
El menú ofrece además las versiones de todos los bares de St. Regis repartidos por el país. Ninguno hace las paces con la historia como el de la calle 55.
