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Las Navidades de este año pueden ser tristes para Andrés de Inglaterra. Según parte de la prensa británica, el hijo de la reina Isabel, no va a ser invitado a las celebraciones navideñas de la familia real británica. Es un paso más en el descenso en la jerarquía de los Windsor de quien hasta 1982 fue el segundo en la línea de sucesión al trono, solo por detrás de su hermano, Carlos, que ahora es rey. En estas cuatro décadas, Andrés ha perdido siete puestos en el escalafón sucesorio. Pero, en consideración social, ha caído al abismo.
La razón se reduce a una persona: Jeffrey Epstein. Sus vínculos con el proxeneta de la élite mundial han vuelto a aparecer, y el precio que Andrés ha pagado ha sido una mayor exclusión social. Su ex esposa, Sarah Ferguson, duquesa de York, ha parecido también sorprendentemente cercana a Epstein, y, como consecuencia, media docena de organizaciones sin ánimo de lucro la han expulsado de sus patronatos. Sarah ha tenido que cancelar prácticamente toda su agenda pública.
Los escándalos de Andrés y Sarah con Epstein pueden ser valorados con un cierto cinismo optimista: al menos, los compañeros de viaje de Epstein en el Reino Unido están pagando un precio, aunque sea mínimo, por haberse relacionado con semejante individuo. Es mucho más que lo que ha pasado en Estados Unidos, donde personajes de la talla de Donald Trump,Bill Clinton,Elon Musk, Peter Thiel y Bill Gates no han sufrido ninguna consecuencia por sus relaciones con el chulo de los más ricos y poderosos de Occidente.
Pero, para quien se lea las 385 páginas del libro Entitled (una palabra que significa lo mismo "engreído" que "con derecho a"), del veterano historiador británico Andrew Lownie, las andanzas de Andrés con Epstein no son más que la consecuencia lógica de una vida dedicada al cultivo más narcisista de los placeres, algo que solo se puede permitir quien ha nacido en un entorno del máximo privilegio. Los medios de comunicación se han centrado en la lista interminable de ligues y de episodios de acoso sexual del príncipe. Pero Lownie, profesor visitante en la Universidad de Cambridge, y autor de biografías del espía de Stalin Guy Burguess y de los Mountbatten, una de las familias de la más alta nobleza británica.
El retrato que Lownie hace de Andrés es el de un príncipe corrupto, derrochador y dispuesto a usar su cargo para beneficio personal, lo que incluye poder acosar sexualmente a amigas, conocidas y hasta al servicio de sus palacios. El hecho de que Andrés mantuviera esa conducta durante décadas no solo le cuestiona a él, sino que arroja una nube muy oscura sobre la monarquía británica, que no tuvo ningún problema en tolerar esas actividades hasta que éstas salieron a la luz. El hecho de que el libro se base en más de un centenar de entrevistas y en una montaña de documentos obtenidos mediante solicitudes realizadas por medio de la legislación de transparencia británica dibujan un retrato lúgubre de los Windsor, una familia que, pese a toda su pompa y boato, no tiene problemas en alquilar estancias del Palacio de Buckingham a grandes empresas para eventos corporativos, una actividad por la que la realeza ha llegado a embolsarse hasta ocho millones de libras (9,2 millones de euros) en un año.
Lowney aporta datos que han sido olvidados y que explican la cercanía de Ferguson a Epstein, ya que éste le prestó a la duquesa 15.000 libras (17.300 euros) para saldar una disputa laboral con un empleado en 2011, cuando ella estaba sin blanca. Más seria es su afirmación - que, sin embargo, cicula por todos los corrillos de Washington, Nueva York y Londres - de que fue Epstein quien presentó a Melania a Donald Trump. Solo la primera edición de Entitled contiene esa afirmación. La primera dama de Estados Unidos amenazó con poner una demanda de mil millones de dólares a la editorial HarperCollins y a Lowney, y ese texto dejó de aparecer en las sucesivas reimpresiones. Lo que sí continúa, pese a los desmentidos y a las amenazas de demandas, es el relato de un presunto altercado físico entre Andrés y su sobrino, Harry. En ambos casos Lowney solo basa sus afirmaciones en testimonios, no en documentos, lo que reduce la credibilidad de un libro que, en general, tiene un aire de rigor y buena documentación.
Entitled no solo desnuda a un príncipe caído en desgracia, al igual que su ex esposa, sino que cuestiona a toda la monarquía británica. Lo que emerge del libro es una figura incapaz de entender la noción de responsabilidad pública, convencida de que su apellido lo hacía intocable. Esa mentalidad, para Lowney, no es un caso aislado sino un reflejo de la cultura cortesana que la monarquía ha tolerado durante generaciones.
La Casade Windsor, presentada como un baluarte de tradición, aparece como una empresa de privilegios y negocios turbios, incapaz de frenar los excesos de sus miembros hasta que estallan en escándalo. La Navidad sin invitación para Andrés es solo el epílogo de una larga decadencia. La incómoda pregunta que deja Lownie es cómo la institución, nacida en un mundo de opacidad en el que los monarcas vivían muy lejos de los focos mediáticosy de internet, podrá resistir mucho más tiempo semejante sangría de prestigio en un mundo de redes sociales, transparencia y medios de comunicación.



