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En la mítica noche neoyorquina del martes 26 de abril de 1977, dos madrugadoras parejas fueron las primeras almas en presentarse en la inauguración de Studio 54, la discoteca más legendaria de todos los tiempos. La socialite Nikki Haskell, que tenía un par de invitaciones junto a su cita de aquella noche y el matrimonio Trump, Donald e Ivana. Casi 48 años más tarde, Trump hace historia de nuevo, ahora como el segundo presidente de EEUU en ser elegido para dos mandatos no consecutivos (después de Grover Cleveland en 1892).
Studio 54 fue el primer episodio en ese largo trayecto de cinco décadas como celebridad incombustible que ha acabado conduciéndole de nuevo a la Casa Blanca. "Fuimos los primeros, tuvimos que llamar a la puerta", recordaba Haskell en The Last Party (La última fiesta), el libro de Anthony Haden-Guest sobre la escena disco de Nueva York. "Donald todavía no había construido Trump Tower. En aquella época no le conocía nadie". Que Trump y sus acompañantes llegasen tan pronto les permitió entrar antes de que una verdadera marabunta de noctámbulos invadiese 54th Street deseosa de participar en la apertura. Tal fue el caos resultante que estrellas en pleno esplendor como Warren Beatty, Jack Nicholson o Robert Duvall se quedaron con las ganas.
Aquella aparición inicial en Studio 54 fue trascendental para que Trump, rico y apuesto heredero pero procedente del poco glamuroso barrio de Queens, pudiese establecer un primer contacto con el famoseo local. Sin ella no es nada seguro que hubiese podido eludir posteriormente el exigente filtro en la puerta de la discoteca, una misión casi imposible. Su perfil no era ni mucho menos el más bienvenido.
"Venían peces gordos y no entraban", explicaba Ian Schrager, uno de los dueños, en su libro de fotos de Studio 54. "Los tipos ricos con mujeres cubiertas de diamantes no aportaban nada y no los queríamos allí. Debíamos asegurarnos de no perder la espontaneidad de la fiesta, esa mezcla ideal entre gays y heteros, ricos y pobres, jóvenes y mayores, negros y blancos...".
Trump ha popularizado en los mítines de campaña sus pasos de baile al son del YMCA de Village People, pero nadie recuerda verlo sobre la pista de Studio 54. Nunca fue Disco Donald. Ni bailaba ni bebía ni se drogaba. "Era un tipo serio", aseguraba Schrager. En un reciente podcast de la BBC, Haskell indicaba que "estaba centrado en sus negocios, no en ir de juerga, porque entendió que Studio 54 suponía una oportunidad para ser visto con los famosos, para establecer contactos".
A partir de ahí, Trump nunca miró atrás. Entre proyecto y proyecto empresarial llegaron los cameos en Hollywood, las 14 temporadas al frente del reality The Apprentice (El aprendiz), los romances reales e imaginados, los escándalos, los juicios, los innumerables reportajes en la prensa del corazón y, por fin, la política, donde pasó de ser un iluso del que se reía todo el mundo a convertirse en el 45 presidente de EEUU y, dentro de unos días, en el 47.
Quizá el capítulo más extraño del Trump celebrity haya sido el de su presunta relación con la supermodelo y cantante Carla Bruni, esposa del ex presidente francés Nicolas Sarkozy. Es cierto que ella y su hermana aceptaron una invitación suya en 1991 para alojarse gratuitamente en el Hotel Plaza, pero Bruni, que ha calificado a Trump como "el rey del mal gusto", jura que no hubo absolutamente nada más.
En 2008 Trump, que también presumió del supuesto interés que despertaba en Madonna o Kim Basinger, despreció a Bruni en una de sus numerosas intervenciones en el popular programa de radio del polémico Howard Stern (hoy enemigo acérrimo): "Tiene un pecho muy plano, menos que una talla A, más bien una A menos".
Después, sin embargo, se negó a dar detalles pese a la insistencia de Stern en que contase cómo era la supermodelo en la cama: "Se va a casar con el presidente de Francia y deseo mantener buenas relaciones con ese maravilloso país. No quiero criticar a su primera dama".
Trump y Sarkozy jamás coincidieron como mandatarios, lo cual evitó momentos embarazosos entre los dos machos alfa. No puede decirse lo mismo, sin embargo, respecto a Justin Trudeau, primer ministro de Canadá desde 2015 y que acaba de dimitir esta semana. Sus padres fueron Pierre Trudeau, jefe de Gobierno entre 1969 y 1984, y la escandalosa Margaret Trudeau, una habitual de Studio 54 que protagonizó allí un revelador momento Marta Chávarri, aunque en su caso aparentemente bajo la influencia de la metacualona, droga predilecta de la era disco.
TRUMP Y TRUDEAU
Trump y Justin Trudeau nunca se llevaron demasiado bien. Las malas lenguas murmuran que la dimisión, no implementada aún, quizá obedezca también a que el canadiense prefiere eludir un incómodo reencuentro con el revivido presidente debido a cierta conversación desvelada en 2021 por Stephanie Grisham, portavoz de la Casa Blanca entre 2019 y 2020. Durante un vuelo en el Air Force One, Trump, con su habitual delicadeza, soltó de repente y sin que viniese a cuento: "La mamá de Trudeau se folló a todos los Rolling Stones."
No parece que fuese así. Como mucho, a Ronnie Wood. Mick Jagger, también con gran tacto, negó hace años al tabloide londinense Evening Standard cualquier implicación con la desbocada esposa del primer ministro: "Era una chica muy enferma en busca de algo. Lo encontró, pero no conmigo. No me acercaría a ella ni con una pértiga".
La omnipresencia de Trump, dueño además del concurso de Miss Universo entre 1996 y 2015, en el panorama de las celebridades estadounidenses se debe también a sus cameos en películas, siempre interpretándose a sí mismo, o en series como El príncipe de Bel-Air o Sexo en Nueva York. El cameo más conocido es el de Sólo en casa 2, seguido por los de Zoolander y Celebrity, obra de Woody Allen de 1998 donde anuncia que planea demoler la catedral de San Patricio en Nueva York para sustituirla por un rascacielos "muy hermoso".
Sin embargo, fue su rol como juez y productor en el exitoso reality The Apprentice, una competición entre aspirantes a empresario, el que le propulsó definitivamente a la estratosfera de la fama. Catorce temporadas (2004-2015) que le reportaron 428 millones de dólares e instalaron en el imaginario americano, al menos entre sus futuros votantes, el personaje de Trump como el líder fuerte y determinado que siempre consigue lo que desea.
