- Alicia González, psicóloga y autora de 'Parejas mejores': "Muchas relaciones se rompen porque hay personas que sienten que están con alguien que no avanza en su vida"
- Walter Riso, psicólogo: "A la sociedad no le gusta el amor propio porque a una persona segura de sí misma no se le puede manipular"
- Miriam Al Adib, ginecóloga: "La hipersexualización de la infancia es un hecho, no hay más que ver TikTok"
No puede evitar la emoción cada vez que una seguidora le manda el pantallazo con su primer libro Ya no dependo de ti (Ed. Grou). Miriam Ruiz (Albacete, 28 de abril de 1990), psicóloga experta en dependencia emocional y relaciones de pareja, es la primera sorprendida ante el éxito arrollador de su plataforma @aterapiaconmiriam, que suma más de un millón de personas atentas a sus consejos sobre llamadas sin responder, señales contradictorias y bucles overthinking.
Confiesa que siempre le ha dado miedo exponerse, pero se siente muy realizada cuando una simple frase ayuda a alguien a dejar de buscar respuestas para abrirse a algo mejor. "Mis padres fueron quienes me animaron en la pandemia a abrirme un canal. Me decían que tenía la capacidad de comunicar muy bien y conectar con la gente", desvela.
Pero, en realidad, empezó a divulgar sobre el amor por necesidad. "Yo quería dedicarme a la psicología clínica, acababa de salir de un trabajo y no tenía las suficientes recomendaciones para que vinieran por mí". Así que puso foco y comenzó a escribir, una de sus herramientas terapéuticas favoritas. Viendo las respuestas que generaba, hasta en Latinoamérica, se dio cuenta de que su impacto era real. Hoy gestiona a todo un equipo de terapeutas y suma un pódcast.
- ¿Es el amor la mayor causa de sufrimiento?
- No es el amor, es la autoestima. Si tuviéramos un amor propio fuerte y bien cuidado, se resolverían muchos asuntos en el amor, en el trabajo, en la familia... Por eso en el libro hablo tanto de cuidarte y de que siempre te tienes a ti. Quien se tiene que gestionar eres tú. Hay todavía una idea muy romántica de la pareja, pero en el día a día te aportas tú, no necesitas un salvador. La que tiene un diálogo interno que determina si tienes un buen día o uno malo eres tú misma. El amor está muy bien, el trabajo está muy bien, la familia está muy bien, pero lo importante de verdad eres tú.
- ¿Hubo algún detonante para tu especialización en dependencia emocional?
- En consulta lo veía muchísimo. Además, es algo que inquieta y que cuesta mucho soltar. Vi como una necesidad de ayudar. Salir es sencillo cuando tienes las herramientas, cuando haces ese clic con recursos, pero los tiempos también ayudan. Y, obviamente, lo vi en mí.
- Entonces, aunque las psicólogas os sepáis la teoría, ¿os cuesta luego aplicar la práctica?
- (Ríe). Hay muchos perfiles diferentes. Sin embargo, normalmente una psicóloga tiene mucha sensibilidad y se empapa de todo. Yo me fijo en muchos detalles, porque sobreanalizas. Parte es innato y parte viene de la experiencia y la formación, pero eso también te hace darte cuenta de muchas cosas que a lo mejor otra persona no ve. Y eso te hace estar más vulnerable y más sensible. Claro que te lo puedes saber todo a nivel teórico, pero esto nos pasa a todos. Cuando te cuentan algo de forma objetiva, lo ves claro y sano. Pero cuando te pasa a ti, ya estás sesgada. Todo es subjetivo. Todos tenemos heridas y pequeños traumas, y no es tan fácil.
- ¿Hay alguna señal para identificar que estamos en un punto de dependencia emocional?
- Sí. Sobre todo cuando tu estabilidad depende de la otra persona. Cuando te das cuenta de que estás amargada en un día que va bien es dependencia emocional: tienes planes, te felicitan en el trabajo... pero estás mal porque has discutido con él, porque no te escribe, porque lo notas raro. Ahí es una alarma clarísima. No puede ser que una persona condicione tu vida. No puedes darle ese poder.
- ¿Crees que las redes sociales y las nuevas tecnologías están influyendo en el aumento del control dentro de las relaciones?
- Totalmente. Ahora tenemos acceso constante a cualquier detalle. Antes no existían estímulos tan continuos: la última conexión, un "me gusta" a otra persona, un comentario, a quién sigue ahora que ha salido de fiesta... Son detonantes nuevos que antes no teníamos y que afectan mucho.
- Aseguras que nos han hecho creer que si el amor duele es más auténtico. ¿Por qué no es sano vivir en esa adrenalina constante?
- Estamos programados por películas, novelas, series... Nos han vendido que el amor duele, es adrenalina y fuegos artificiales, pero eso no es sano. Todo lo que te desconfigura, te desubica y no está alineado con tu bienestar no es para ti. Por eso tenemos que reprogramarnos. En el libro hablo de crear una nueva identidad, una nueva tú. No se trata de volver a lo de antes, porque eso también estaba basado en la idea de que hay que luchar, de que si duele es amor. Hay que dejar eso atrás y construir una nueva versión de ti que quiera calma, no una montaña rusa emocional.
- ¿Por qué enganchan tanto las dinámicas de: 'ahora te escribo, después no te contesto; hoy sí y mañana no'?
- El refuerzo intermitente es lo que más engancha y acaba creando adicción. Al ser humano lo que no encaja, lo que deja huecos, le fascina. Necesitas ese chute, y no es sano. Te desregula, te amarga y te saca de tu vida y de tu camino. Es un bucle de dependencia emocional.
- En el libro hablas de quitar la culpa, pero a la vez asumir la responsabilidad para salir de ahí. ¿Cómo se llega a ese punto?
- Es muy duro porque, sin darnos cuenta, muchas veces entramos en un rol de víctima. Hay que llorar, sacarlo todo y reconocer: "Estoy jodida". Pero también llega un momento en el que tienes que entender algo clave: de ahí nadie te va a sacar. A veces, ni una psicóloga ni una amiga ni un familiar te pueden sacar de ahí si no te responsabilizas tú. La culpa no sirve para salir del hoyo. Hay que dejar eso atrás y responsabilizarse, porque es la única forma.
- ¿Por qué se llega a perder la dignidad hasta el punto de arrastrarse por mantener la relación?
- Cuando estás desregulada emocionalmente, la dignidad desaparece y es como si nadie estuviera al volante. Es progresivo: poco a poco te vas callando, te vas dejando, te vas minimizando. Y, cuando te das cuenta, no pilotas tu vida. Luego, con el tiempo, lo ves y te da vergüenza. Pero pasó porque, poco a poco, dejaste de ser tú.
- ¿Por qué aconsejas jamás mendigar amor?
- Mendigar amor es destrozar tu autoestima de forma silenciosa. Porque empiezas a contarte una narrativa en la que no vales, no eres suficiente. Por eso hablo tanto de dignidad, de límites, de rabia sana. Si no, te haces pequeña y acabas tolerando cosas que no son normales.
- Muchos programas como La isla de las tentaciones muestran modelos de pareja muy autodestructivos. ¿Qué sentimientos te generan como profesional?
- A mí me da mucha pena. Si fueran actores, lo comentaría como hacen otras compañeras con mucho respeto, pero son personas reales y muy jóvenes. Están completamente desregulados, no hay nadie al volante. En unos meses lo verán y dirán: "Dios mío". Espero que a los jóvenes les chirríe, que no lo normalicen, que digan: "Yo esto no lo quiero". Y que también, quienes puedan verse reflejados, entiendan que eso no está bien y salgan de esas dinámicas.
- ¿Cómo se rompe con el amor romántico, ese patrón aprendido desde críos con Disney?
- Yo creo que se rompe con la propia vida o la de tus amistades. A base de ensayo y error, dándote cuenta de que eso no es verdad, de que no es una realidad y de que, además, hace daño. Una historia así puede ser muy emocionante y muy pasional, pero no se puede sostener en el tiempo. Lo que se sostiene es una pareja que te dé paz, que te apoye y que te dé estabilidad emocional.
- ¿Nos puedes dar algunos consejos para hackear esa adicción al personaje y recuperar el control?
- Podemos ser más o menos tajantes. El contacto cero es lo mejor del planeta, pero entiendo que hay momentos en los que no se puede hacer, y está bien, porque todo requiere su tiempo. Lo importante es volver a ti, poco a poco.
- ¿Y cómo se vuelve a ti?
- Recordando la persona que eras o, mejor aún, la persona que quieres ser. Preguntarte: "¿Cómo me gustaría ser a mí?". Por ejemplo: una persona que por la mañana, en vez de mirar el Instagram de él, haga un diario emocional, escriba, lea algo que le guste, se prepare un desayuno nutritivo, salga a pasear, le dé el sol. Esa es la clase de persona que quiero ser. Y se empieza así, poquito a poquito.
- Intuitivamente sabemos que ayuda un café para hablar con una amiga o hacer deporte, pero como profesional, ¿qué pautas das a tus pacientes?
- Ve a tu trabajo, intenta poner el foco en lo que estás haciendo. Luego queda con una amiga, sal a hacer deporte, duerme bien, apúntate a cerámica si eso es lo que te gusta. Piensa en la persona que quieres ser. No en la que eres ahora. ¿Qué le gustaría a esa persona? Igual vestir mejor, pues inspírate en Pinterest. O ser una persona deportista: yoga, pilates, baile... Dos días es suficiente, no hay que forzarse. Toda tu atención hay que redirigirla poco a poco hacia ti. Y así vas ganando autoestima, poquito a poquito, hasta que llega un momento en el que ya no tienes tiempo para poner el foco en esa relación ni te importa, porque todo tu foco va contigo.
- ¿Hasta qué punto podemos superar los tipos de apego de la infancia y los modelos familiares que hemos visto, especialmente si se ha normalizado el maltrato o la falta de respeto?
- Lo primero es ponerle nombre. Darse cuenta. Solo eso ya es muchísimo. Venimos de una generación cuyos padres no tenían recursos emocionales. Muchas madres no trabajaban y dependían económicamente, y han seguido en relaciones que no les hacían felices. Identificarlo sirve como ancla: "Esto no es lo que quiero". No normalizarlo. Una vez identificado, ya sabes que eso no es lo normal ni lo que deseas para ti. Te da coraje para decir: "De aquí tengo que salir". Puedes respetar la historia de tus padres, entender que no tuvieron recursos, pero decidir que tú no quieres eso para ti.
- Y cuando se consigue salir de una relación así, ¿cómo mantenerse fuerte si la otra persona vuelve a buscarte?
- Esto pasa muchísimo. La otra persona puede volver, o puedes recaer tú. Y es natural. Lo primero es no sentir culpa. Lo segundo es echar mano de la cabeza. El corazón puede decir que sí, pero ahí hay que usar el raciocinio. Por eso en el libro hay muchos ejercicios escritos. Escribir ayuda mucho, porque cuando estás mal puedes volver a leer lo que te hizo salir de ahí: lo que no querías tolerar, lo que no te gustaba. Porque la memoria borra lo malo muy rápido. Hay que recordar que esa persona no ha cambiado. No es una versión 2.0 mejorada. Volverás a lo mismo.
- Como psicóloga, ¿recomiendas bloquear o borrar a esa persona si ya se ha superado?
- Si tienes la posibilidad, sí, sobre todo en este mundo interconectado. Todo lo que sea proteger tu energía y tu foco atencional es clave. Las redes son un distractor y un detonante de recuerdos negativos. Si no trabajas con esa persona ni es tu vecino, no tienes vínculo obligatorio y bloquear es maravilloso. De un plumazo eliminas el acceso.
Ya no dependo de ti. Sin ansiedad, sin cadenas y con la versión más fuerte de mí
Está editado por Grou y se puede comprar aquí.
