YODONA
La Vitalista

Gwyneth Paltrow y el placer de comerse unos buenos macarrones con chorizo (sin culpa)

O no llegamos o nos pasamos tres pueblos. Hemos llevado hasta tal punto nuestra obsesión por cuidarnos que, con tanta presión, ya nos cuesta hasta tomarnos un plato de pasta -que no sea integral- sin sentir culpa

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Gwyneth Paltrow y el placer de comerse unos buenos macarrones con chorizo (sin culpa)
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El hecho de que algo tan -aparentemente- intrascendente como que Gwyneth Paltrow haya vuelto a comer macarrones sea noticia lo dice todo sobre el peligroso nivel de tontería que estamos alcanzando en esa búsqueda obsesiva de un 'wellness' que, tal y como defiende la psicóloga Isabel Serrano-Rosa, lo que debería ser, en realidad, es un equilibrado y saludable BIEN-ESTAR sin tanta ínfula ni tanta pijería de cara a la galería de las redes sociales. Sin embargo, para calibrar en su justa medida la magnitud del 'volantazo' que la musa global del bienestar por antonomasia ha dado a su vida, convendría recordar que, hasta hace nada, Paltrow llevaba una dieta paleo tan estricta y restringida en calorías que resultaría incompatible con la vida cotidiana de cualquier ser humano normal.

Según ella misma reveló hace un par de años durante una charla que mantuvo con el doctor Will Cole en un episodio del podcast 'The Art of Being Well' ('El arte de estar bien'), su receta 'para estar bien' era esta: desayunar un café (de este modo, supuestamente, conseguía mantener estables sus niveles de azúcar en sangre); almorzar un caldo de huesos y cenar un plato de verduras. La cosa no quedaba aquí porque, entre el almuerzo y la última ingesta del día, entrenaba durante una hora con su amiga Tracy Anderson (cualquiera que haya probado sus sesiones sabe que son absolutamente extenuantes) para, posteriormente, meterse 30 minutos en la sauna.

Como era de esperar, la confesión de la actriz provocó una fuerte controversia y en Estados Unidos no dudaron en comparar su dieta (por denominarla de alguna manera) con la de las denominadas 'almond moms', mujeres de mediana edad que, para conservar su delgadez, apenas catan bocado y recurren a snacks, tipo frutos secos, para engañar al hambre en lugar de a comidas completas y saludables.

En aquel momento, cuando estalló esta polémica (la enésima en la que se ha visto involucrada la fundadora de Goop en los últimos años), hablé con mi amiga María Amaro para que, en calidad de especialista en nutrición, me diera su opinión profesional sobre la dieta de la actriz y lo que me dijo es tan revelador como inquietante: "Personajes como Gwyneth Paltrow lo que hacen es maltratar su cuerpo. Y el problema es el poder de convicción que ejercen sobre muchas personas, sobre todo jóvenes, con todas las consecuencias que ello acarrea. Hablamos, obviamente, de trastornos de la conducta alimentaria".

Más allá de la coña con esos macarrones con queso que ahora devora y que, hasta hace nada, demonizaba como si fueran una especie de amenaza para la supervivencia de la humanidad (perdón por la exageración), lo que revela la flexibilización de esa receta para estar bien de Paltrow es que no hay cuerpo ni mente que resista, a largo plazo, una existencia restringida por la privación en la que la comida, al igual que muchas otras cosas (como la actividad física) se conciba desde un punto de vista puramente mecanicista, es decir, como mero combustible para hacer funcionar una maquinaria sin alma.

Especializada en ayudar a mejorar su relación con la comida y su propio cuerpo a mujeres atrapadas en la cultura de la dieta, el estrés y la autoexigencia, la psicóloga y dietista Mireia Hurtado, lo explica a la perfección en su libro 'Alimentación compasiva': "Estamos perdiendo el sentido del comer compartido, del gozo, de la conexión cultural y emocional que tiene la comida. La obsesión por hacerlo todo perfecto desde el punto de vista nutricional está erosionando nuestra capacidad de disfrutar y eso también es un problema social, porque las personas que comen en busca de puro placer acaban cargadas de culpa y vergüenza y esto no debería ser así. En una relación sana con la comida, el placer tiene que tener su espacio, porque, renunciar a él, nos conducirá a las sobreingestas y los atracones de esos alimentos de los que nos privamos habitualmente".

Y todo este discurso no es más que una invitación a que, cuando vayamos al chiringuito a tomarnos unos pescaditos con una caña bien fría, lo disfrutemos a tope sin pensar en contar calorías; y que, si aprieta el pantalón, como dice Emilia Landaluce, nos pongamos el de la cinturilla elástica y tan ricamente. Que nos movamos, eso sí. Que nademos, que juguemos a las palas... ¡Que bailemos! Y que dejemos de fustigarnos. Si Gwyneth puede, nosotras, también. ¡Felices vacaciones!