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Hace tiempo que la tarta de queso se ha convertido en el postre estrella en las cartas de los restaurantes españoles. Un dulce que se ha hecho viral, como Julita, la nueva reina de la tarta de queso, una alicantina a la que no le gusta cocinar y que hasta hace muy poco tiempo no tenía ninguna gana de ponerse el delantal y entrar en la cocina. Pero que en menos de dos años se ha coronado como toda una maestra pastelera en este tipo de dulce tentación: es la artífice de una de las más reconocidas del país. Traducido a cifras, este salto mortal a golpe de tarta de queso, de receta propia y "fruto del ensayo-error", dice, la ha convertido en una empresaria de éxito. Así lo afirman sus cuatro tiendas propias -sólo en la de Alicante facturó el año pasado casi un millón de euros-, dos pop-pus en importantes centros comerciales, y su comunidad de seguidores, que supera los 80.000 en Instagram (@lastartasdejulita), todos entregados y ávidos por probar un manjar que ahora mismo Julita elabora en más de 30 sabores diferentes. La primera pregunta cuando hablamos con ella surge sola: ¿pero puede una tarta de queso saber a otra cosa? "Sí, sí, claro, ahora mismo las hago de muchos sabores distintos, es la fórmula para crecer y para que la gente no se canse de comer siempre lo mismo, responde convencida Julia Sala Bertomeu (Alicante, 1996), la mujer detrás de Las tartas de Julita que ha levantado este imperio que, además de en su ciudad natal, ahora está presente también en Valencia y Murcia y que está a punto de desembarcar también en Madrid. "A veces me paro a pensarlo y me da un poquito de vértigo crecer tanto..., no me da tiempo ni a asimilar lo que está pasando, tengo un ritmo de vida frenético. Obviamente nos expandimos tan rápido porque a la gente le gusta, y hay que aprovecharlo", confiesa. Cuando abrió su primera tienda, en 2023, un local mínimo en una calle poco transitada de la ciudad donde apenas había espacio para atender al público, estaba ella sola e incluso en alguna ocasión se vio obligada a dormir junto al horno, pero al finalizar ese año ya trabajaban con ella otras cinco personas, en un local mucho mayor y mejor situado, y hoy, pocos meses después de lanzar sus franquicias, da empleo a 60.
La historia de Julita comenzó como tantas otras, prácticamente en casa. "Entre otras cosas, trabajaba de camarera en el restaurante de mis padres, Le Sol, en Alicante, para sacar un extra. Y un día nos llegó una opinión muy mala diciendo que la tarta de queso que servíamos era malísima. Nosotros la comprábamos, así que le dije a mi madre: 'No puede ser tan difícil hacer una buena aquí mismo'. Y, por puro aburrimiento, me metí en la cocina y empecé a probar. Busqué una receta y no salió tan mal", afirma. Fue cuando le picó el gusanillo, a pesar de que no sabía cocinar y de que nunca le había gustado ponerse a los fogones. "Empecé a repetirla muchas veces, cambiando los ingredientes, las cantidades, la base...", recuerda. Así surgió su primera receta propia, la que entonces llamó La clásica, suave, ligera y fluida, y la misma que a día de hoy continúa vendiendo sin parar. Con su tarta perfeccionada, Julita comenzó a ofrecerla en el menú del restaurante, sin más intención que recibir feedback sobre su creación. "Gustaba mucho y la alababan, pero al principio pensaba que lo decían sólo por quedar bien y agradarme, porque sabían que la hacía yo", ríe. Hasta que un día supo que nadie la engañaba: "Una clienta me dijo, Julia, esta es la tarta favorita de mi marido y necesito pedirte el favor de que me la pongas entera para llevar a casa. Yo no sabía ni cómo desmoldarla, así que se la entregué con molde incluido, pidiéndole que me lo devolviera después", recuerda entre risas. Aquella primera tarta, por la que cobró 15 euros -"tampoco sabía qué precio ponerle", añade-, fue el germen de su negocio actual; "después de esta chica vino otra, y luego otra, y otra más...". Julita empezaba a hacerse un nombre en el restaurante familiar, muchos clientes acudían a él sólo por probar su tarta de queso, que corría de boca en boca por la ciudad. "Por eso decidí crear un Instagram de las tartas", apunta. Al principio tuvo poquitos seguidores, unos 500, pero la cosa se disparó y "todo el mundo empezó a pedirme tartas".
Tantas que no daba a basto. Y la cocina del restaurante familiar, tampoco. "La gente venía a encargarme la tarta y muchas veces, de paso, se quedaban a comer", añade. El punto de inflexión llegó el día en que el pequeño negocio de sus padres apareció en la Guía Repsol con un solete y una mención especial a las tartas de queso que servía a los postres. Ahí llegó la locura y la necesidad de buscar un local independiente; sólo en un día podían hacerle 50 encargos. "Molestaba a mis padres con tanto queso en la nevera, usando el horno a todas horas..., no había espacio suficiente para todos", asegura. Y lo que fue un impedimento al principio, resultó el empujón definitivo: Julita se independizó y montó su propio negocio, "algo muy pequeñito, simplemente para recoger los encargos y cocinarlos, porque me daba miedo la cantidad de gastos que esto implica". Tenía la intención de vender las tartas enteras, pero una vez más un giro de guion cambió la perspectiva. "Ofrecí porciones el día de la inauguración, sólo para que la gente las probara y las encargara enteras. Cociné tantas tartas que pasé dos noches sentada en una silla durmiendo junto al horno, porque el aparato no tenía mucha capacidad y las hacía de dos en dos". Y una vez más, se sorprendió: a las cinco de la tarde, cuando Julia abría por primera vez la puerta de su empresa, la cola de personas para comprarlas daba la vuelta a la esquina, en 45 minutos había agotado existencias y ella supo que tenía que ofrecer también porciones como parte del negocio.
Esa primera tienda sigue existiendo, pero ahora hay muchas más, grandes, espaciosas, con obradores a la vista y en lugares céntricos y bien ubicados, y la receta original ha dado paso a los distintos sabores -pistacho, lotus, gofre, kínder e incluso Doritos, "el más extraño" de los que hacen-, todos con el queso como base y una receta simple pero poderosa que Julia extiende ahora también a la elaboración de helados, con la intención de reproducir en ellos sus sabores best sellers y su modelo de negocio. Y entre sus planes a medio plazo, exportar sus tartas fuera de nuestro país: "Ya he tenido peticiones de Dubái, Suiza y Nueva York, pero de momento, prefiero centrar mi energía en asentar las tiendas aquí", concluye.


