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Dios le guarde, Tenebrón, Zarzoso, Sepulcro-Hilario... Los inquietantes nombres de estos pueblos ignorados concuerdan con la soledad que se adueñado del campo charro. Una estrella reluce, sin embargo, en este remoto rincón de la España vaciada, a una hora escasa de Salamanca. Brilla en un lugar habitado por 220 almas. Minúscula población cuyos atractivos no van más allá de la iglesia parroquial, de retablo barroco policromado y maciza espadaña que recuerda a la de tantos templos hispanoamericanos, y la plaza con el típico frontón.
Es Morasverdes, el lugar elegido por la Fundación María Cristina Masaveu Peterson (FMCMP) para erigir uno de los más inusuales y sorprendentes espacios culturales que existen en España. En la Salamanca profunda, a tiro de piedra de la Raya con Portugal y a los pies de la Sierra de Francia, la entidad ha puesto aquí en marcha un centro de arte para acoger, y mostrar, las obras vinculadas con el paisaje que atesora su colección. Hermoso y original proyecto que es a la vez "espacio cultural y albergue, concebido como lugar de encuentro e intercambio cultural y educativo entre la juventud y la naturaleza", en palabras de Fernando Masaveu, presidente de la Fundación.
La FMCMP es una entidad cultural privada sin ánimo de lucro e interés general, creada en 2006 por María Cristina Masaveu, con la vocación de impulsar la cultura, la educación y la investigación científica a través del mecenazgo tradicional de la familia. Con intensa actividad en ámbitos diversos, como exposiciones, iniciativas y proyectos culturales, posee una extraordinaria colección con más de 1.500 piezas. Entre ellas, la más popular es la monumental Julia, la cabeza de Jaume Plensa que se alza en una esquina de la Plaza de Colón, gracias a un acuerdo con el Ayuntamiento de Madrid. El centro de Arte de Morasverdes es la segunda sede que la fundación abre al público, tras la de Madrid, inaugurada en 2019.
En los campos salmantinos, a mitad de camino de las dehesas de toros bravos y de los bosques de castaños que habita el cerdo ibérico, próxima al tipismo de unos pueblos que conservan puras esencias medievales y en el centro de una naturaleza irresistible este centro cultural añade un atractivo inédito. El edificio minimalista situado en un altozano sobre el pueblo, acoge una idea que admite calificativos tan diversos como original, sorprendente, insensata e incomprensible. En mitad de la nada ofrece una potente batería de singulares obras vanguardistas. El objetivo es llevar el arte de alto nivel al mundo rural ignorado, rescatar del olvido a esa España vaciada tan de moda en tiempos pospandémicos. "Sabemos que se trata de un proyecto a muy largo plazo. No tenemos ninguna prisa, nuestro interés es traer la cultura a donde no llega", admiten los de la Masaveu. Solo por conocer una idea tan generosa y utópica merece la pena este viaje.
Exposición permanente
En Morasverdes se expone Arte y naturaleza. Las huellas son el camino, parte de la colección FMCMP consagrada al Land Art, corriente artística que surgió en el último tercio del siglo XX, que tiene como motivo, objetivo, soporte y medio expresivo la naturaleza y sus implicaciones con el ser humano. Se trata de una exposición permanente, en la que a lo largo del tiempo se incluirán nuevas obras y saldrán otras.
El proyecto está comisariado por el crítico de arte asturiano Ángel Antonio Rodríguez, quien señala "la clave de esta exposición es la idea del camino como metáfora de la vida. Caminar para crecer, para investigar; rememorar el camino para seguir creando, dialogar con el camino y marcar en él nuestras huellas". Organizado en cinco secciones, recorre este peculiar camino una apabullante nómina de artistas: Marina Abramovic, Richard Long, Robert Smithson, Agustín Ibarrola, Cristina García Rodero, Daniel Canogar, Cristina Iglesias, Denis Oppenheim y una importante pléyade de artistas emergentes.
Con las dos primeras secciones, Paisajes y territorios y Símbolo y memoria, se inicia un gran viaje. De los desiertos de Nuevo México a las montañas de Covadonga, del remoto Congo a los neblinosos bosques británicos, las obras de Axel Hütte, Bleda y Rosa, Elger Esser, Richard Mosse y otros fotógrafos proponen un periplo que en su hermosura se torna enigmático y avasallador. Naturaleza pura y desnuda en algunos casos. En otros, imágenes que visitan la memoria y el paso del tiempo.
Este periplo por el territorio donde arte y naturaleza son la misma cosa nos lleva Espacios para la acción que recoge algunas de las piezas más hermosas. En el centro de una amplia sala, uno de los inconfundibles círculos de piedra de Richard Long. Se trata de una mínima intervención, un círculo de bloques de cuarzo verde, Green Quartz Circle, que explora el diálogo que es posible establecer con paisaje a través de una intervención mínima.
Obras maestras
Muy cerca está otra de las piezas maestras del centro: Piedra de luna, de el artista indio Anish Kapoor, soberbia intervención minimalista en un enorme bloque de pizarra, en cuyo centro se abre un evocador hueco con forma de rabo de luna. Materia viva y Nuestras huellas recogen, entre otras, un pequeño bosque del vasco Agustín Ibarrola, una inconfundible creación de Cristina Iglesias, el impactante autorretrato de Marina Abramovic, convertida en un ángel rematado con alas de piedra, y una no menos abrumadora fotografía de Daniel Canogar, que denuncia la contaminación de los océanos.
Asombroso y extraño a la vez, el Centro de Arte de Morasverdes busca "revitalizar el medio rural y fortalecer el tejido local", asegura el comisario. La concepción del edificio, de bellas hechuras minimalistas, responde a la busca del encuentro entre juventud y entorno natural. La planta baja alberga el espacio expositivo y en la superior abre las puertas un flamante albergue, que permite la pernocta de 76 personas. "La idea es fletar autobuses para que los niños de los pueblos que nunca en su vida han ido a un museo conozcan el arte, participen en talleres y realicen actividades relacionadas con la cultura", señalan desde la FMCMP. De paso, entender que la naturaleza es algo más que ese vacío que está a las afueras del pueblo.
El contrapunto de este exquisito destino no está lejos, media hora escasa de coche. El viaje nos lleva a otro pueblo salmantino situado a los pies de la Sierra de Francia. Aquí también se hace y se vive el arte. Aunque de otra manera. Vamos a Mogarraz para encontrarnos con una manifestación artística que habita las antípodas del Centro de Arte de Monteverde. Hasta 2012 el pueblo solo era conocido por el tipismo de su tejido urbano y las tradiciones de sus vecinos. Unido a una poderosa gastronomía y un medio natural sobresaliente lo convirtieron en apreciado destino turístico de la España rural. Aquel año cambio todo.
Fue cuando Florencio Maíllo, profesor de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Salamanca y reconocido artista mogarreño, recibió un presente impensable: la viuda de Alejandro Martín Criado, antiguo fotógrafo del pueblo, le donó su archivo fotográfico. Se trataba de las 388 fotos que realizó en 1967 a todos los vecinos del pueblo mayores de edad. La razón fue evitarles tener que desplazarse a la entonces más alejada que ahora Béjar, para tramitar el carné de identidad que aquel año se hizo obligatorio.
Arte en la calle
Maíllo tuvo una idea que en Mogarraz le agradecerán siempre: realizó un retrato de cada una de las fotos. "Quise transmitir la memoria del municipio de aquellos años", ha reconocido el pintor. Aprovechó las viejas planchas metálicas, desechos del recién asfaltado de la carretera, luego las colocó en las fachadas de las casas donde vivieron, o seguían viviendo aquellas personas. El singular proyecto iba a ser una exposición que duraría seis meses. Han pasado trece años y aquella Retrata2/388 aquí continúa. La fuerza de estos retratos hace que los turistas pasen por alto otros atractivos que atesora una villa declarada Conjunto Histórico-Artístico en 1998. El tejido urbano, el trazado de las viejas callejas, los entramados de madera de las fachadas, los tejados que rozan sus tejas con los de enfrente, la amplia Plaza Mayor y rincones como la ermita del Humilladero y la Cruz de los Judíos, no despiertan la admiración que levantan estos rostros colgados de las fachadas. Dueños y señores del pueblo, sus miradas conectan el pasado con el presente.
Los recelos que muchos tuvieron por aparecer en aquellas segundas 'fotos' han transmutado en orgullo. Al principio solo pintó a los 388 que retrató Martín Criado, después han pedido su retrato otros vecinos. Ya van 833 pinturas y en el pueblo nadie duda que pronto serán más de mil. Desde la fachada de casi todas las casas, también en los muros de la parroquia, cuelga la cartografía antropológica de Mogarraz. Sus rostros, las expresiones, los ropajes que visten, son auténtico arte del paisanaje, la manifestación de un sincretismo entre el documento histórico y la manifestación social.
La última parada de este original periplo artístico está en la parte alta de Mogarraz. En la carretera que lleva a Miranda del Castañar el restaurante Mirasierra lleva medio siglo entregado en sublimar la gastronomía serrana. La escultura Memorias de esta Tierra, de Florencio Maíllo, oleada de oxidados aperos y herramientas de labranza utilizados antaño en el pueblo, que se esparce sobre unos berruecos y forma una monumental columna, recibe a los comensales.
Ya a la mesa, la vista tiene trabajo. Debe elegir entre las panorámicas de la Sierra de Béjar que regalan los ventanales y la galería de lienzos de corte realista de pueblos y paisajes serranos, del propio Maíllo, que decoran las paredes de la sala. Las dudas se disipan con la llegada de otras creaciones artísticas más mundanas. Sus nombres lo dicen todo y es imposible mejor punto final para este recorrido que desborda arte por los cuatro costados: patatas meneás, limón serrano, cochifrito, asadurillas de cabrito, chícheres, zorongollo, hornazo, nuezadas, maimones y roquillas.
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