EDITORIAL
Editorial

Una Europa fuerte en un nuevo orden

La Conferencia de Seguridad de Múnich confirmó la mutación del tablero geopolítico, lo que obliga a los aliados europeos a asumir su defensa desde el "realismo con valores" que defiende el líder alemán Friedrich Merz

Marco Rubio, secretario de Estado de EEU, y Friedrich Merz, canciller alemán, en la Conferencia de Seguridad de Múnich.
Marco Rubio, secretario de Estado de EEU, y Friedrich Merz, canciller alemán, en la Conferencia de Seguridad de Múnich.AFP
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La Conferencia de Seguridad de Múnich celebrada este fin de semana ha confirmado la mutación del orden internacional en un escenario en el que EEUU y Europa, pese a la quiebra de la confianza entre ambas partes, ofrecen señales de reencuentro. Si el influyente foro presidido por Wolfgang Ischinger, en el que más de 60 jefes de Estado y de Gobierno debaten sobre las amenazas globales a la seguridad, sirve de termómetro del vínculo transatlántico, cabe concluir que este atraviesa una encrucijada que, tal como avisó el canciller alemán Friedrich Merz, exigirá no sólo el rearme, sino un papel ambicioso de Europa.

Estados Unidos, por boca de Marco Rubio, ha tendido la mano a los europeos, pero apelando a unos fundamentos «civilizatorios» que han roto la comunidad de valores que actuaba de cimiento entre los aliados. El discurso del secretario de Estado de EEUU estuvo lejos en la forma del ataque al proyecto comunitario verbalizado el pasado año por J.D. Vance, pero su mensaje fue sustantivamente el mismo. Desdeñó la «globalización» y el «multilateralismo» y, exhibiendo una ambigüedad calculada con relación a Ucrania, mostró la determinación de Washington a redefinir la OTAN bajo su liderazgo.

Desde el lado europeo, Merz llamó al Viejo Continente a despertar de sus «vacaciones» y ratificó la vigencia del pacto transatlántico desde un «realismo con valores», en línea con mandatarios como el canadiense Mark Carney o el finlandés Alexander Stubb. Acreditando un liderazgo emergente, claro, pragmático y de vocación ejecutiva, el canciller subrayó que la extinción del «viejo orden mundial» y la amenaza existencial que encarna Putin obligan a construir «una Europa fuerte y suficiente». En aras de este fin, Berlín confirmó conversaciones con París para extender el paraguas nuclear francés al conjunto del continente. La europeización parcial de la disuasión atómica como respuesta al deterioro del equilibrio estratégico -después de que Trump amenazara con romper en Groenlandia la integridad territorial de un aliado- supone un paso decisivo. Por eso, en un contexto en el que la mayor dificultad de Europa estriba no sólo en la falta de unidad entre los Veintisiete sino en sus respectivas sociedades, es más necesario que nunca preservar la apariencia de cohesión. Justo lo contrario que hace Pedro Sánchez.

El portazo del presidente del Gobierno a la vía que exploran Alemania y Francia sólo puede entenderse desde un cálculo tacticista o desde prejuicios ideológicos superados. La ostensible visibilidad con la que Sánchez agrieta el planteamiento realista del resto de Estados miembros, al igual que hizo abanderando el rechazo a elevar hasta el 5% el gasto en defensa, aboca a España a una posición aislacionista incompatible con el peso de la cuarta economía del euro.

Al contrario de lo que defendió el presidente, reforzar las inversiones en el seno de la OTAN es la única senda que tiene Europa para acabar con su tradicional dependencia de EEUU. Ni España ni el conjunto del continente tienen tiempo que perder en la consecución de este objetivo.