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¡Quia!

Toda su cordura procede de su calificación de secreto

La plusvalía de veracidad de que goza lo que no está destinado a conocerse es un viejo asunto del periodismo

El Rey Juan Carlos I, en la noche del 23 de febrero de 1981.
El Rey Juan Carlos I, en la noche del 23 de febrero de 1981.THOMAS COEXAFP
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No hay base objetiva para que un documento sea calificado como secreto. La decisión la toman las autoridades, generalmente el Consejo de Ministros. Este carácter con frecuencia arbitrario y subordinado a los intereses políticos del momento se exhibe de una manera casi bochornosa en los papeles sobre el 23 de febrero, liberados desde este miércoles por la autoridad del presidente del Gobierno. Uno de los ejemplos notables de la hipérbole secretora es un documento titulado Campaña contra SM, siendo SM el Rey Juan Carlos. El autor no consta, pero su intención la aclaran las últimas frases: «En Alcalá de Henares un patriota y hombre de honor, movido no por la política, sino por un juramento de fidelidad a España, espera un Consejo de Guerra y no podemos olvidarlo». El hombre es Tejero y el documento explica cómo fue traicionado, a partir de hechos y ficciones que se han explicado mil veces. Su presunto interés estaría no en lo que relata, sino en el quién lo redactó y el cuándo, siempre que el chiflado y su circunstancia tuvieran algún interés; pero nada de eso figura. Otro documento más ha concitado la atención mayoritaria de las webs noticiosas. No hay tampoco autor ni contexto y se trata de un análisis posterior al fracaso del golpe. No destaca por su agudeza, meramente escolar, pero sí por su intención: su mensaje es que el Rey no se comportó como un caballero (ergo, fue un Capitán Araña) y que el mayor error que cometieron los golpistas fue el no arrestarlo. Por fortuna las noticiosas le devuelven brillantemente la jugada: «El mayor error fue dejar al Borbón libre», titulan. Y jódete, caballero.

Los documentos están tendidos al sol: toda su cordura es añadida y procede, estrictamente, de su carácter secreto. La plusvalía de veracidad de que goza lo que no está destinado a conocerse es un viejo asunto del periodismo. Pero ni la interceptación de una llamada telefónica, ni la captura de una conversación digital ni siquiera la solemne firma debajo de un documento garantizan nada: su única verdad, muchas veces, es la cláusula privada. Y es, precisamente, gracias a ella que la mentira fluye cómodamente.

Yo tenía una ilusión, también secreta, sobre los papeles. Y es que finalmente se aclarara la frase más misteriosa de la Transición, escrita y pronunciada por Adolfo Suárez, el 29 de enero de 1981: «No quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España». Pero ya sé que, en realidad, tampoco significaba nada.