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Está prohibido, soy libre

La prohibición del velo supone que el Estado puede favorecer la libertad de las mujeres que, sin querer llevarlo, ceden a la presión paterna, conyugal, amical, académica y laboral

Está prohibido, soy libre
Sequeiros
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(Tapados) El Congreso rechazó esta semana la prohibición del uso público del burka y el niqab porque la promovió el partido Vox, habráse visto. Por suerte pronto llegarán otras iniciativas, entre las que despunta la del partido Junts, que plantea la prohibición del burka catalán. El debate sobre el repugnante saco está animado. Hasta Félix Ovejero ha intervenido para señalar que todo el problema se resume en la libertad de ponérselo o quitárselo. Es un comentario lleno de agudeza, desde luego, pero extraño al arpegio moral de nuestro primer especialista vivo en Lenin, libertad para qué.

La iniciativa de Vox, y por supuesto las que vendrán, acotaba la prohibición a los llamados «velos integrales». Nada decía, concretamente, sobre el llamado hiyab, el velo parcial islámico. Y eso a pesar de que su portavoz, Blanca Armario, dijo en un momento del debate: «En Vox creemos que, más allá del burka y el niqab, toda prenda que simbolice la sumisión de la mujer debe ser eliminada del espacio público». Quizá la renuncia se debió a motivos tácticos, quizá Vox se hiciera la ilusión de que acotando la prohibición al exhaustivo tapado otros partidos podrían apoyar su iniciativa. Así perdieron la ocasión de exhibir sin complejos sus principios y de decir la verdad. La verdad de que entre burka, niqab y hiyab solo hay una diferencia textil.

El hiyab no es un pañuelo. La trágica prueba es Mahsa Amini y tantas Mahsas ignotas y repartidas por la inmensa provincia iraní. La muchacha, de 22 años, fue detenida por la policía en Teherán y murió después de tres días en coma. No la detuvieron por llevar desnuda la cabeza, sino por llevar mal puesto el hiyab. De modo que esa inocencia que tantos le atribuyen —«El hiyab es un simple pañuelo, como los que llevaba Grace Kelly por la Riviera»— es una despreciable impudicia. El hiyab va con instrucciones: cubre por completo el cabello, impide que asomen mechones y ciñe rígidamente la cara, tapando la nuca y el cuello. De ahí se desprende técnicamente algo sustancial: el hiyab no es un símbolo sino un síntoma; el símbolo puede mentir; el síntoma, nunca; un pañuelo puede ser un símbolo de la opresión o la libertad, de la gracilidad o del refajo, según; un hiyab solo puede ser la represión.

En consecuencia las sociedades libres deben prohibir su uso en el espacio público, que es el espacio política y civilmente significante. Una mujer con hiyab por las calles de Madrid legitima que otra muera en Teherán por llevarlo mal puesto. Véase la posibilidad de que este veranito se pusieran de moda unas camisetas con la cruz gamada cubriendo la totalidad pectoral, y con tal atuendo desfilaran entre Jorge Juan y Hermosilla, yendo y viniendo, nuestros rubitos. Y que cuando los llevaran a la comisaría acusados de un delito de odio se defendieran diciendo: «Es mi religión: creo en Wotan». Y el más pedante: «Yo en Odín». Pero admito que haya una diferencia sustancial: la cruz gamada mató y el hiyab mata. Serviría también para explicar las diferencias entre la cruz gamada y la hoz y el martillo, pero dejaré eso para nuestro leninista. Y sentenciaré: una democracia no debe tolerar prácticas que aunque puedan ser voluntarias forman parte de sistemas normativos criminales.

La prohibición del hiyab es una taxativa instrucción a la religión para que se meta en sus asuntos. Pero dice también algo importante sobre el espacio público, que no es la suma exhibida de todas las querencias y obsesiones individuales, sino el espacio de la neutralidad consensuada. El 1 de julio de 2014 el Tribunal Europeo de Derechos Humanos dictó sentencia en el famoso caso S.A.S. contra Francia. Una ciudadana francesa, musulmana practicante, reivindicaba su derecho a llevar el velo integral en el espacio público. Declaró que llevaba el velo por convicción personal, sin imposición ninguna, y que solo lo usaba a veces. No se le había instruido proceso penal en el momento de la demanda. El procedimiento se inició por su impugnación de una ley que creía que la perjudicaba. Y el tribunal rechazó su demanda en razón del sintagma vivre ensemble: «El efecto de ocultar el rostro en lugares públicos es romper los lazos sociales y manifestar un rechazo del principio del 'vivir juntos'». El tribunal ratificó el punto de vista de Francia de que la convivencia está vinculada estructuralmente al modelo republicano del espacio público.

La del caso francés es la sentencia más célebre sobre los tapados islámicos, pero hay otra más profunda e interesante, y que se ciñe con el rigor de un hiyab a mis intenciones. Ni un mechón se le escapa. El 10 de noviembre de 2005 el mismo Tribunal Europeo sentenció sobre el caso Leyla Sahin contra Turquía. La joven, estudiante de Medicina en la Universidad de Estambul, desafió una instrucción universitaria de 1998 que prohibía cubrirse la cabeza en la Universidad. Fue sancionada por su falta de disciplina y finalmente abandonó Turquía, llevando su caso al Tedh. La sentencia sostuvo, genéricamente, que Turquía tiene una historia particular respecto a la laicidad, que la laicidad es un principio constitucional, que el uso del hiyab podía tener en ese contexto una connotación política determinada y que el Estado turco disponía de un amplio margen de apreciación para regular las prácticas religiosas en el espacio público. Pero la sentencia iba más allá cuando aludía a la protección del individuo frente a la presión comunitaria. El tribunal recordaba el precedente de 1993 Karaduman contra Turquía (una joven que exigió lucir el velo islámico en la foto de su diploma universitario, sin éxito judicial), en el que se aceptó que las universidades podían adoptar medidas para impedir que los fundamentalistas presionaran a los estudiantes que no practicaban su religión. Es un argumento de una gran calidad. La prohibición del velo supone que el Estado puede favorecer la libertad de las mujeres que, sin querer llevarlo, ceden a la presión paterna, conyugal, amical, académica y laboral. La maravillosa paradoja: ¡está prohibido, soy libre!

Cuando leí estos argumentos, de una claridad y limpieza aún superiores a la de esta mañana inexorablemente jornalera en la que escribo, recordé una anécdota personalmente exaltante. A partir del año en que culminó el Proceso, aquel miserable 2017, los vainas empezaron a ponerse en la solapa el lazo amarillo. Se señalaban, claro está. Pero, sobre todo, nos señalaban. Evidentemente los lazos rompían la neutralidad del espacio público y esa fue la razón por la que me dediqué a arrancar cualquiera que veía, si no llevaba prisa. Hasta que una noche de agosto de 2018, en una de esas operaciones de limpieza, en L'Ametlla de Mar, la Policía nos detuvo —éramos un alegre grupo: acabábamos de cenar dentón al horno con un raro chardonnay argentino— y el alcalde del pueblo lo celebró llamándonos «bichos». Dejadme explayarme como lo hice entonces: Faeries de Norteamérica, Pájaros de La Habana, Jotos de Méjico, Sarasas de Cádiz, Apios de Sevilla, Cancos de Madrid, Floras de Alicante, Adelaidas de Portugal, Bichos de L'Ametlla.

La proporción de lazos amarillos en las calles nunca fue suficiente para intimidar a los mudos discrepantes. El problema estaba en otros lugares. Estaba en las universidades, en las escuelas, en las oficinas, en los hospitales, en las asociaciones. El lazo amarillo era un síntoma del atropello nacionalista de los derechos fundamentales. Pero su efecto más perverso era la intimidación. Por supuesto no de los ya significados, esa palabra tan refinada con la que el franquismo nombraba a los miembros de la oposición tertuliana. La intimidación afectaba, sobre todo, al becario en la universidad, al suplente en las guardias médicas o al conserje en las escuelas. Ni siquiera había necesidad de que fueran constitucionalistas; podían ser incluso independentistas disconformes con el método, o indiferentes felices. Pero la protección que les debía el Estado frente a la presión comunitarista —eso que tan tarde entendió el benemérito señor don Mariano Rajoy— había desaparecido.

Así que llevad hiyab solo cuando con él podáis limpiaros los mocos.

(Ganado el 21 de febrero, a las 15:28, accediendo en exclusiva al anteproyecto de la Ley de Lenguas Andaluzas que ha elaborado la Loca de la Casa, donde se fijan con gran detallismo el cuidado y los usos de las 8.733.535 lenguas de los andaluces, como el imprescindible cepillado de la saburra lingual, los significados diversos del gesto de sacarla, churro, media lengua, langotero, la descodificación del chasqueo: cuándo desaprobación, cuándo impaciencia, cuándo tanguillos del Piyayo, una catalogación utilísima, y propia de la médica, de las enfermedades que la lengua muestra: deshidratación, barriga sucia, anemia o candidiasis, y, en fin, no acabaríamos, las múltiples modalidades del beso, con y sin, y el afroamericano)