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Bajad las armas

La verdad de José Luis

Nunca había pensado en mi propio oficio de un modo tan ennoblecedor. Uno que reivindica el unicornio de la confianza, que creíamos extinguido en el ecosistema digital

La verdad de José Luis
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Ayer a las once de la mañana yo estaba cansado y tenía frío. Un aire pirenaico toma Córdoba en enero, este mes crudo de la Andalucía interior en que se encogen hasta los naranjos y tiritan los olivos. Llevaba desde las cinco en la calle con el micrófono de Cope en la mano junto al centro cívico Poniente Sur de Córdoba, donde dormían (lo intentaban) cincuenta familiares de víctimas que no habían querido ir a un hotel: pensaban que estarían mejor informados del paradero de sus allegados. Se aferraban a la esperanza. Otros aguardaban la noticia que acabaría con la inhumana fase de la incertidumbre y les permitiría abrir el periodo inhumano del duelo.

Entonces se acercó José Luis.

-¿Eres Jorge? ¿Puedo contarte mi historia?

José Luis empezó a hablar. Me contó que su hermano iba en el octavo vagón del Iryo, el que viró como un látigo tras el descarrilamiento y topó con la cabecera del Alvia que venía de frente a más de 200 kilómetros por hora. Me contó que sabía que su hermano había muerto, y lo sabía porque su cuñada había pasado tres horas abrazada a su cuerpo inerte en el interior del vagón descuadernado. Un azar odioso había decidido que viviera para contarlo. A su cuñado, a José Luis, le pintó escenas capaces de envejecerlo de súbito. La muerte de un hermano nos inflige, supongo, una brusca abreviación de nosotros mismos.

Se me iban disipando el frío y el cansancio a medida que José Luis narraba serenamente su tragedia, y se quejaba de la demora incomprensible de las autoridades para confirmarle lo que sabía de primera mano. Hacía ya 24 horas que había ofrecido su saliva a los forenses de la Guardia Civil para que cotejaran su ADN con el del cuerpo del vagón número 8. Me confesó que confiaba en que yo pudiera darle la noticia que ya conocía pero que necesitaba recibir de una instancia ajena y a la vez familiar. Nunca había pensado en mi propio oficio de un modo tan ennoblecedor. Uno que reivindica el unicornio de la confianza, que creíamos extinguido en el ecosistema digital.

Es cuestión de poco tiempo que José Luis conozca la verdad ya presentida. La certeza nonata que necesita para tratar de volver a nacer. Seguramente ocurra hoy. Ojalá sepa entonces, en medio de la catarsis, que su necesidad de realidad (por dura que sea) justifica el diario renacer del periodismo. El héroe trágico es él; nosotros sus cronistas.