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Bajad las armas

O truhan o señor

Ante la denuncia contra Julio Iglesias, yo recomendaría prudencia. Antes de cancelar, pensar en tu abuelo. Antes de absolver, pensar en tu hermana

Julio Iglesias en un concierto en Pamplona en julio de 1997.
Julio Iglesias en un concierto en Pamplona en julio de 1997.JESÚS DIGESEFE
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No sé si Julio Iglesias es inocente o culpable. Estudiada la denuncia por quienes saben derecho, juzgan probable que la Fiscalía termine presentando una querella criminal contra el cantante. Se abrirá en tal supuesto un proceso penoso que amargará la última vejez del acusado pero no apagará el brillo de la mayor estrella latina de todos los tiempos, como no lo hizo la acusación de pedofilia con Michael Jackson.

No hay nada original en esta lección de antropología que los griegos cifraron en sus mitos. Si acaso sorprende la tardanza de las erinias en visitar al héroe que se creyó divino: quizá es que también ellas fueron seducidas por la dulzura de su voz.

En el caso de Julio, el personaje devoró a la persona hace tantas décadas que un final así parecía escrito. Pero la leyenda seguirá imprimiéndose: si se archiva la causa como apoteosis, y como tragedia si sobreviene el procesamiento. En ambos casos el personaje mítico en el que la persona desapareció hace mucho permanecerá intacto.

A la espera del recorrido judicial, lo interesante del caso es la emoción política que despierta. No provengo de eso que llaman una familia acomodada, ni tampoco me ampara esa otra instancia de prestigio para quienes -con mayor orgullo todavía- se reivindican de clase obrera. Me temo que estoy condenado a la austeridad emocional de la mesocracia, aquella pequeña burguesía analógica que inculcaba un recelo creciente hacia las grandes causas. Mis certezas ideológicas llevan años cediendo a las lealtades personales, y estas a su vez se definen exclusivamente por la calidad moral que soy capaz de calibrar.

De Julio Iglesias no me importa ni su género ni su dinero ni su ideología: solo saber si es un pobre miserable o una presa vistosa. Así que ante su caída no siento ni el desquite del envidioso ni la rabia del misógino, porque ambas emociones presuponen una ignorancia total de las circunstancias del caso y un empacho de prejuicios que solo movilizan a los corazones apasionados, precisamente como el del protagonista de las ficciones cantadas por Julio.

Ya sé que no es el siglo para hacerlo, pero yo recomendaría prudencia. Antes de cancelar, pensar en tu abuelo. Antes de absolver, pensar en tu hermana. Se puede ser un truhan y un señor a la vez, pero solo en las canciones. Fuera de ellas, que actúe la Justicia.