En la era secular los bancos tenían que haber sustituido a la Iglesia como grandes mecenas de la arquitectura, pero no lo hicieron. Cosas del capital, que gusta más de la caja fuerte que del sagrario. Fueron tacaños y tampoco se vieron presionados por el Barroco, que uno no cree que sea un movimiento artístico sino la más grande y exitosa campaña de publicidad diseñada por el ser humano. Luego vinieron los magnates de Silicon Valley, que son aún menos amantes de la belleza que los bancos y ni siquiera invierten en pinacotecas y grandes bibliotecas, sino que se gastan billones en buscar la inmortalidad o para llegar a Marte.
Vivimos en un tiempo en el que las grandes fortunas occidentales no sufragan espectaculares construcciones como sí hacían sus equivalentes hace siglos. Me pregunto por qué. ¿Dónde está la catedral de Elon Musk? ¿Y el parque de 125 hectáreas con fuentes del escultor del momento sufragado por Amancio Ortega? ¿Cómo es posible que Jeff Bezos haga una boda hortera en Venecia, epifanía de la belleza anfetamínica, y no construya un edificio con el señorío del Partenón?
En el mundo tecnificado, en el que hay más ricos y menos pobres que nunca, no hay obras comparables a las Siete Maravillas del Mundo Antiguo. Una causa podría ser el coste que tenían en tiempos pretéritos la mano de obra y los materiales. Los reyes y patriarcas tenían esclavos y trabajadores cualificados con sueldos miserables. Algo que ahora, por fortuna, no es posible. A Keops la gran Pirámide le debió costar -bueno, al papá-estado egipcio- una cantidad inasumible en la actualidad de recursos humanos y económicos.
La teoría que a mí más me seduce es la de que los magnates de internet rechazan los valores eternos, es decir, no creen en la permanencia de las cosas y las ideas porque, según ellos, la tecnología cambiará todo. Defienden que el mañana será irreconocible por lo que no sabremos si seremos cyborgs con ganas de celebrar el Día de Todos los Santos. Si eso es así, para qué crear algo en honor de un dios o de una civilización.
Según Johann Kurtz, autor de Leaving a Legacy, un libro sobre el rumbo del dinero de las herencias más acaudaladas, otra posibilidad es la obsesión presente por la utilidad inmediata que se exige a los edificios. Esta tendencia hace inconcebible que alguien gaste una fortuna sin un objetivo práctico, como lo era dedicar un mausoleo a un amor perdido como el Taj Mahal o a la construcción de una tumba de papa renacentista. Como mucho los actuales levantan una fundación o un polideportivo de diseño. Nada de arquitectura para la posteridad, que sobreviva siglos o milenios.
Cuando la mayoría de los millonarios quieren pasar desapercibidos y evitar la ostentación -es el pudor new age- resulta impactante ver cómo el dinero cambia de manos cada vez más rápido. Las crisis, la torpeza inversora y las broncas entre herederos son las culpables. Muchos de los apellidos que eran ricos hace 125 años hoy no lo son. Quizás por eso ni siquiera los que lo son tengan ambición de pensamiento catedral para levantar una.

