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A simple vista

Los que votamos a IU

A veces uno debe renunciar, aunque esa renuncia te aleje del poder. A veces hay que cortarse un brazo para salvar el resto del cuerpo. A veces hay que decir que no, aunque esa negativa te cueste la vida.

Julio Anguita, jugando al dominó.
Julio Anguita, jugando al dominó.Sergio González Valero
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Conozco a un chico solidario y empático de 22 años que votó progresista y que dice que ya no volverá a votar. No es que diga que no volverá a votar a ninguna de las opciones progresistas. Es que dice que se acabó, que ya no piensa ir más a las urnas, que no contemos con él después de la decepción que está viviendo. 22 años.

Yo siempre iba a votar a Izquierda Unida (IU) con una chapa de la formación como quien presume de grupo de rock. Eran los que no se callaban. Eran los de los decibelios más altos. Eran los que rompían las guitarras en el escenario. Eran los que tenían las mejores letras.

Eras de IU porque detestabas la corrupción y el terrorismo de Estado. Elegías esa papeleta y no otra con un supremacismo algo pueril, pero justificado. Era el partido que más se parecía a los jóvenes: esa etapa de la vida en la que, más importante que ostentar el poder, es cuestionarlo.

Tuve la suerte de estar con Julio Anguita varias veces, el parlamentario del coche que se caía a cachos, el tipo que renunció a su asignación vitalicia como diputado, el Extraño Caso del Político con Principios. Pasen y lean. «Tengo una pensión de 1.848 euros, un Seat León y un ordenador. ¿Para qué más?», aclaraba. «Mi mensaje a los políticos es que estudien, que sean coherentes, y si hay algo que no vale, que lo digan»

-¿En quién confías? -le pregunté un día en su casa, cuando anunció que aquella sería su última entrevista.

-En la gente que, sin pensar como yo, es decente e intenta paliar injusticias. Aunque tenga un carné político distinto. Eso a veces hace que me enfrente a gente que tiene mi carné.

(...)

A veces uno debe renunciar, aunque esa renuncia te aleje del poder. A veces hay que cortarse un brazo para salvar el resto del cuerpo. A veces hay que decir que no, aunque esa negativa te cueste la vida.

Ocurrió en un partido de fútbol en 1942, cuando la ocupación nazi de Kiev. Se enfrentaban el Start, un equipo formado por panaderos locales, y el Flakelf, una escuadra de miembros de la Luftwaffe. Tipos famélicos contra nazis bien alimentados. El árbitro (un oficial de la SS) les pidió a los panaderos que hicieran el saludo hitleriano antes del partido. Nadie levantó el brazo. Y entonces echó a rodar el balón. Ya estaban advertidos de las posibles consecuencias de humillar a los alemanes: si ganaban, perdían. Si perdían, ganaban. Ganaron 5 a 3. Los mataron a todos por ello.

En su Elogio de la renuncia, Alejandro Dolina escribe sobre esta forma de negación y cuenta una de las renuncias más breves jamás conocida. La historia de un hombre que no se vendió, contada en ocho palabras: «Yo no me llamo 50 pesos. Firmado Ramón».

Decir que no como una forma de autoafirmarse. Dejarse matar para seguir con vida. Dar un paso atrás aunque hacer ese gesto te desaloje del Gobierno. Tener un gesto de decencia, en fin -al modo de aquella otra Izquierda Unida-, para que siga confiando en ti un chaval de 22 años.