COLUMNISTAS
A simple vista

Van Morrison, la verdad y la belleza

En tiempos en que la tosquedad y los decibelios te invitan a pasar de largo, la sutileza siempre es una invitación a detenerse.

Van Morrison, sonriendo, el miércoles en Madrid.
Van Morrison, sonriendo, el miércoles en Madrid.EFE
PREMIUM
Actualizado

Y frente a la creciente mierda del mundo, y en medio del dolor remoto y acaso del cercano, y como faro de costa ante la oscuridad de las cosas que no comprendemos; irguiéndose como una certidumbre clara, nos queda un señor bajito de Belfast de casi 80 años.

Sonriendo al fin.

Si este lunes estás rodeado de cosas feas, si estás cansado del Auto-Tune oficial y no puedes más con los vendedores de brebajes, si estás abatido o -incluso- atolondradamente feliz; siempre te puedes parar a escuchar a sir George Ivan Morrison.

He escrito el verbo parar. Porque en tiempos en que la tosquedad y los decibelios te invitan a pasar de largo, la sutileza siempre es una invitación a detenerse.

Siempre pensé que los álbumes de fotos eran esos únicos lugares del mundo donde ver a mucha gente alegre te podía poner triste. Pero esto también pasa de alguna manera en los conciertos del irlandés. Cierta tristeza de lo que se acaba. Melancolía de lo que se irá yendo antes de que se vaya.

Lo que nos dice Van Morrison en sus últimos vals es que, cuando salgas ahí fuera, más vale que te rodees de gente impecable y de belleza. Que la belleza y la verdad están muy juntas. Que tan importante en la vida es un contrabajo como el que hace sonar unos timbales. Que cada uno tiene su lugar en el grupo. Que no hace falta un altavoz muy potente, sino una forma de decir. Que no es posible la armonía sin esa rara avis llamada delicadeza.

Después de su concierto del jueves en Madrid, mi amigo Javier Tabarés me decía que -de las 55 veces que le ha visto en directo por todo el mundo- fue una de sus cinco mejores apariciones.

Porque hay gente que se te aparece como si no fuera de aquí. Ni de ahora. Ni de los códigos convencionales de estos tiempos.

"Estar delante de un milagro y no verlo. Eso pasa a diario", escribe el poeta Jesús Montiel.

Y allí estaba él.

Van Morrison es ese amor que no quieres que se acabe jamás, la posibilidad de que ocurra lo inesperado, la imbatible fortaleza de lo quebradizo.

"Vengo de una época pasada que ha desaparecido por completo", decías hace unos años en una de tus rarísimas entrevistas. "No pienso cambiar".

Y menos mal.

Y dios te bendiga por tanto.

Ese tipo de gente a la que le debes los mejores momentos de tu vida y a la que una noche despides pensando que ya no la verás jamás. Esa voz inacabable que estaba allí cuando llegaste a casa después del entierro de un amigo y cuando nacieron tus hijos. Ese hombre que habla en otro idioma distinto al tuyo pero al que tanto entiendes. Ese que seguía allí cuando te dieron un premio y sobre todo cuando vino el castigo.

Yo estuve allí, sí. Y ese tipo bajito de casi 80 años me hizo recordar lo que nos hace humanos. Sentir. Temblar. Celebrar que estamos aquí. Sonreír de medio lado al fin. No aceptar el ruido ni la mentira. Y desear más.