MADRID
El cubil

Y Robleño cerró el círculo de toda una vida en Madrid

Y Robleño cerró el círculo de toda una vida en Madrid
Efe
Actualizado

Aún en plena resaca y tsunami morantistas, el lunes o el martes, tan confusos los días, levanté el teléfono para hablar con Fernando Robleño. El mismo día del adiós inesperado de Morante de la Puebla venía anunciado el oficial de Robleño, 25 años después de su alternativa, concedida por el propio Morante. Eso es cerrar el círculo de toda una vida. La salida a hombros de uno y otro por las puertas diametralmente opuestas de Las Ventas como son la Grande y la de cuadrillas representaba, de algún modo, el camino recorrido de sus respectivas carreras. Tan distintas y distantes.

A Fernando le llamé para declararle una vez más el respeto que me provoca su trayectoria, la sincera admiración hacia el historial de temibles ganaderías que se ha metido entre pecho y espada. Y, por supuesto, por lo bien que había salido la tarde de su adiós. La despedida de un tipo cabal, honesto y seco. El pequeño titán forjado entre hierros de sílex. Desde el recibimiento caluroso de esta su plaza de Madrid a ese regalo del destino que le permitió reencontrarse con aquel niño que soñaba el toreo de otra forma, de otra manera y, también, con otra bravura. La vida deparó a Fernando Robleño un campo de minas, una guerra diaria, una prueba de fuego, la casta indómita de ganaderías de pedernal. No quemarse en ese terreno durante un cuarto de siglo, sólo sobrevivir, te concede la condición de héroe. Y el respeto de todos, que es la máxima condecoración.

No por conocer el historial de plomo de su trayectoria en Las Ventas, deja uno de asombrarse, o más bien asustarse, cuando se asoma uno a él: 20 toros de José Escolar, 13 de Adolfo, 10 de Victorino, ocho Cuadri, seis de Dolores Aguirre, cinco de Palha... Hace tres años un toro de Escolar se equivocó, embistió con bravura de la buena y Fernando armó un alboroto, sepultado como tantas veces por la espada.

Fui testigo a aquella lejana y reveladora temporada suya de 2002 cuando descerrajó su primera Puerta Grande con una corrida del Conde de la Maza y, hazaña tras hazaña, alcanzó la sustitución de El Cid en otoño con los victorinos -su quinta cita de aquel año en Las Ventas- y volvió salir por lel portón de la gloria: «Mi madre me dijo que iba a tener suerte porque mi primera Puerta Grande fue un viernes 13 y porque nací un día 13, en la habitación 13, de la planta 13 del hospital".

Cayó en 12 la última tarde de su carrera y, sin embargo, saltó un toro con la divisa de la justicia divina, para que Fernando soñara como aquel niño que un día ingresó en la Escuela de Tauromaquia que ahora dirige y se marchase a hombros de los suyos con toda su integridad a cuestas.