Nuestra percepción suele deslizarse sin fricciones por la superficie de lo cotidiano, esquivando los relieves de lo habitual, hasta que los objetos y los gestos pierden sus aristas y se vuelven, en cierto modo, transparentes. Existe una ceguera necesaria, una suerte de anestesia de los sentidos, que nos permite vivir sin naufragar en el asombro constante.
Ayegül Savas (Estambul, 1986) ensaya en Los antropólogos un ejercicio de ostranenie, o "extrañamiento"»: la técnica que los formalistas rusos atribuían al arte para desactivar los automatismos con los que solemos percibir lo que nos rodea -el orden en las estanterías, la coreografía al preparar el café, las convenciones con las personas más próximas- y devolvernos la mirada inaugural.
Los antropólogos
Traducción de Victoria Alonso. Tusquets. 216 páginas. 19,90 ¤ Ebook: 9,99 ¤
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En esta novela, su tercera, no se trata tanto de un artificio literario como de la manera en que Asya, protagonista y narradora, antigua estudiante de antropología, se esfuerza por sobrevivir en una cultura que no es la suya. Vive con Manu, a quien conoció en la universidad, también de otro país; entre ambos no hay lengua materna compartida. Para Asya, ver el mundo no es un acto pasivo, sino un trabajo de campo continuo: la mirada de quien se reconoce extranjera en su propia cocina y se ve obligada a descifrar la sintaxis de cada acto doméstico y social. Para ella (y para Manu), lo cotidiano es algo que se construye desde cero. Entablar amistad con alguien del país de acogida -los autóctonos, distintos de migrantes por su "aplomo a la hora de reclamar su espacio en la ciudad"- resulta arduo y, a menudo, tan efímero como un contrato de alquiler.
La pareja, instalada en ese tramo vital entre la juventud despreocupada y la edad madura, se enfrenta a preguntas existenciales y decisivas: qué conforma una "vida normal" sujeta a convenciones no escritas, como comprar una primera vivienda, tener hijos, ascender socialmente. En su caso, todo se complica: imaginar un futuro entraña más opciones y más obstáculos, porque viven en una pequeña burbuja creada por ellos mismos, que no es ni la cultura de origen ni la de destino, sino un espacio de cimientos frágiles donde todo se cuestiona y, a la vez, donde se resguardan de las presiones tanto del entorno local como de las familias, lejanas, con quienes van perdiendo la cercanía, reducida a videollamadas y visitas "turísticas".
Acoger a los defuera sin prejuicios
Ellos mismos se autodenominan "Los T", abreviatura de una palabra inventada que alude "a dos personas enamoradas, algo tristes, algo desgraciadas, que siempre habían sido un poco torpes y solitarias". Y es que no solo son "extranjeros" a ojos de los demás en esa ciudad occidental nunca nombrada: se sienten así incluso consigo mismos, especialmente Asya. De ahí, quizá, su ansiedad por crear pequeños rituales, porque toda "sensación de pertenencia" parece "esfumarse de un día para otro".
La novela se despliega con una estructura fragmentaria: una acumulación de momentos sin clímax aparente, que imita la sedimentación de los días o las observaciones anotadas en el cuaderno de campo de una «antropóloga imaginaria». Si quisiéramos señalar una acción que vertebre la obra, por una parte está la búsqueda de una primera propiedad, que les obliga a visitar otros barrios y a proyectar "identidades futuras" (título, por cierto, del relato publicado en 2021 que sirvió como punto de partida). Por otra, el documental que Asya inicia gracias a una subvención, para el que graba espacios y visitantes de un parque cercano -un lugar "que acogiera a los de fuera sin prejuicios"- en busca de la "gracia insustancial" de lo cotidiano; una mirada que evoca la curiosidad de Chantal Akerman o Agnès Varda.
La pulsión de echar raíces
La taxonomía de lo banal se convierte así en clave para entender las estructuras que conforman nuestras vidas, donde conviven miedos e inseguridades: la pulsión primigenia de construir una tribu, echar raíces; el eco del ensayo de Simone Weil sobre el arraigo como necesidad del alma, pero también como acto de participación real en la vida de una comunidad. Para Asya, esa participación no se hereda: debe inventarla cada mañana.
Y Savas captura, a través de un personaje femenino nada impostado, algo tan etéreo como la búsqueda de una respuesta a la pregunta que se repite, como un mantra, en la cabeza de Asya: "¿Cómo se supone que debemos vivir?". Para ella y para el lector, todo pasa por poner la atención en "los actos cotidianos, en lo banal, más que en lo extraordinario": esa es la brújula que revela que "todas las personas tienen algo verdaderamente extraño, algo único y excéntrico".

