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Teatro

Jordi Casanovas: destellos de esperanza en medio del caos

El director de la aclamada 'Jauría' se embarca ahora en una dramedia romántica sobre la finalidad de la nostalgia y la traicionera memoria que se estrena en Barcelona

Jordi Casanovas: destellos de esperanza en medio del caos
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En la angustiante coda final de Probablemente tengas razón, de Carolina Durante, Diego Ibáñez canta en bucle: "¿Qué nos ha pasado? Si no ha pasado nada". La película La La Land (2016) fantasea con ese '¿Qué hubiera pasado si...?'. Sirvan estos dos ejemplos de entre cientos para evidenciar que la nostalgia y la memoria tantas veces distorsionada siguen siendo una obsesión constante en el arte... y en la vida, a secas.

Göteborg, la nueva obra de Jordi Casanovas -autor de la aclamada Jauría sobre el caso de La Manada-, se enreda en estas mismas ideas. Una mujer se presenta en casa de un compañero de clase con quien tuvo una conexión muy intensa treinta años antes, en su viaje de fin de curso a la ciudad que le da el título, para intentar esclarecer qué fue mal con ellos para que tomaran caminos diferentes. Con ayuda de su memoria y el diario de ella, hacen juntos un recorrido por sus recuerdos.

No todos nos hemos plantado en casa de un amor pasado, claro, pero casi cualquiera tiene una anécdota de una amistad que se diluyó sin motivo aparente, una conexión que nunca llegó a resolverse, algo que se rompió sin aviso. De una historia así, precisamente, surgió la idea de Casanovas. "Me encontré en un tren con una compañera del instituto que había sido mi amiga. Charlando, recordando, nos dimos cuenta de que en ese momento nos gustábamos y nunca pasó nada".

Una historia ya sin recorrido en el presente, pero que prendió algo en su cabeza: "Fui pensando en qué pasaría si en una historia así una de las personas decide radicalmente ir a llamar a la puerta de ese otro". Es decir, si alguien se atreviese a cruzar el umbral entre la vida que se tiene y la vida que pudo haberse tenido.

"En las relaciones a veces no sabes qué ha pasado. No son como el fútbol, no puedes repetir y ver si ha sido penalti"

A partir de ahí, Casanovas construye un diálogo en dos tiempos: los personajes con 50 años y sus versiones adolescentes. El pasado y el presente chocan, se contradicen, se reescriben. "Vemos que la memoria no es muy fiable, los recuerdos no son infalibles", dice. Y es ahí donde aparece uno de los hallazgos más brillantes de la obra: el diario de ella funciona como un sistema de videoarbitraje emocional: "En las relaciones no hay pruebas, como en el fútbol. No puedes repetir la jugada para ver si es penalti o no. Pero en este caso sí tienen pruebas porque tienen el diario de ella".

En ese viaje hacia atrás no solo hay una nostalgia del pasado, sino también una especie de melancolía del futuro: esa sensación anticipada de que algo que no ha ocurrido ya puede doler. "A veces proyectamos e incluso sentimos tristeza de lo que va a suceder y que aún no ha sucedido", dice el director.

Los personajes, jóvenes y adultos, viven atrapados entre lo que esperaban ser y lo que han acabado siendo, entre lo que creen recordar y lo que necesitan creer. Casanovas indaga en la finalidad de la nostalgia y en cómo la manera en que recordamos lo que nos pasa nos hace ser quienes somos. El reparto ha sido clave para darle al montaje esa doble dimensión. Casanovas escribió pensando específicamente en ellos: Maria Molins, Roger Coma, Berta Rabascall y Jan Mediavilla. "En las primeras reuniones me contaron sus historias, y algunas se han ido filtrando en la obra". Las versiones de 18 años de los protagonistas aparecen abiertas, sin armaduras, sin tanto cinismo. Las de 50 cargan con más capas y protecciones. Esa tensión sienta los cimientos de la carga emocional de Göteborg.

La música también refuerza esta idea. En la obra, el viaje coincide con un concierto de Depeche Mode, y Walking in My Shoes se convierte en el leitmotiv de la historia: si pudieras ponerte en mis zapatos, tropezarías como yo. La obra aspira a "ir descubriendo qué hay en las mochilas o en los zapatos de cada uno de ellos para entender los tropiezos que han tenido en la vida".

La escenografía acompaña este juego: una casa cálida y ordenada para el presente se contrapone a una ciudad, Gotemburgo, que es fría, nocturna y desconocida para los jóvenes del 93. El contraste subraya cómo recordamos: lo cercano se vuelve confortable, lo lejano adquiere la dureza de lo incierto.

Casanovas dice que quiere que el público salga "con el corazón calentito" de la función. Göteborg parece pensada para esta época del año en que los recuerdos se vuelven un poco más ruidosos. "Quiero que el público se vaya a gusto habiendo visto que la vida es compleja, pero tiene algunos destellos de esperanza también. Eso está en esta historia", explica. Quizá por eso también puede conectar con espectadores jóvenes: no tanto por esa historia ambientada en los años 90, sino por la parte adolescente de la obra, honesta, rara, tierna. Porque es difícil no reconocerse en ese momento en que uno todavía no sabe quién va a ser.

Con Göteborg, Casanovas alcanza su obra número cincuenta. A lo largo de su carrera ha abordado la pareja desde muchos ángulos, pero nunca con este tono de dramedia romántica, dice. En cambio, tiene "una obra sobre una ruptura de pareja muy dura... así que esta podría ser la otra cara de la moneda", reflexiona.

Y, después de esta pieza, el dramaturgo ya prepara un proyecto completamente distinto junto a Miguel del Arco y Antonio Rojano: "Un falso documental sobre una posible Segunda Guerra Civil española situada dentro de quince años, imaginando qué podría ocurrir para llegar a ese punto", dice sin tapujos. Una mirada hacia delante, casi como contrapeso de Göteborg.