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Teatro

Mangione, capitalismo y violencias de andar por casa

Un sorprendente montaje de Carol López con el IT Teatre Lliure recuerda en escena el aniversario del mediático asesinato de Brian Thompson por Luigi Mangione

Mangione, capitalismo y violencias de andar por casa
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Hace un año, el joven Luigi Mangioneasesinó a punta de pistola a Brian Thompson, director ejecutivo de la aseguradora médica United Healthcare. Lo que acababa de pasar era un delito, estaba mal. Pero más dudas tuvo la opinión pública, donde algunos lo convirtieron en mitad víctima del sistema, mitad Robin Hood milenial. Influencer del resentimiento: un tipo blanco y guapo matando, para algunos, más que a un hombre, a un concepto. El debate estaba servido.

Precisamente de esos hechos reales se ha valido Carol López para crear una ficción teatral en el Lliure, Manifest Mangione, donde se centra en esos personajes en los márgenes de la historia, más allá de víctima y verdugo. Periodistas o policías, entre otros, con actores recién graduados del IT Teatre Lliure que interpretan a varios personajes a la vez y entre los que jamás aparece Mangione como persona, "aunque sí como símbolo: como revolución, como una sudadera con capucha negra", explica la directora.

Con la promoción del IT Teatre, que multiplica personajes y energías sin cambios de vestuario, López construye un montaje "como un patchwork", que se mueve entre géneros con descaro. "Empieza casi como una comedia romántica y acaba en todo lo contrario, porque me interesa que el espectador no sepa por dónde va a ir el espectáculo. He intentado hacer un juego teatral rápido, pim pam, con ritmo", expresa López. Y esa volatilidad tiene una consecuencia curiosa: "Es una obra para la que no necesitas saber ni quién es Mangione", asegura López. "Pero es que, si además lo sabes, ya te la gozas".

"El sistema no duerme: mataron a Thompson y la reunión se hizo, a las 24 horas ya estaba su puesto en LinkedIn"

Una suma de historias que es, en esencia, "una radiografía de la sociedad capitalista", pero en cualquier caso sin pretender "hacer panfleto", como dice su directora, y limitándose a sembrar la semilla de la pregunta entre los espectadores. De todas las que López llama violencias diarias, de pequeña escala, que todos vivimos -donde ella destaca el abuso de poder de los jefes, la crisis de la vivienda o el bombardeo de productos de belleza para mujeres-, hay una que le obsesiona: ese capitalismo que no duerme, esa máquina inagotable que es el sistema. "Mataron a Brian Thompson y la reunión a la que iba se hizo igualmente, y a las 24 horas ya estaba en LinkedIn su puesto vacante", recuerda.

Esa lógica se traslada también a la propia escena. La escenografía, al igual que ese juego teatral de personajes que se multiplican, dice, nace de la necesidad de generar más espacios sin cambiar casi nada.

El resultado son mesas y sillas de oficina que, según cómo se disponen, pueden ser una redacción de periódico, una comisaría o cualquier otro engranaje cotidiano. "Van todos los personajes vestidos de traje y corbata, así que el espectador claramente ve ejecutivos, oficinistas, trabajadores... o sea, capitalismo", zanja. Todo es monocromático -gamas de grises, azules, marrones...- con una excepción: la comida basura estadounidense. "Patatas del McDonald's, café del Starbucks, pizza... es lo único que tiene color", dice la directora. América queda representada en la obra por su comida, con todo lo demás reducido a lo neutro e impersonal.

"¿Qué te llevaría a ti a coger un arma, salir y disparar? ¿Cuál sería tu motor? A partir de esa gran cuestión parte el montaje"

"¿Qué te llevaría a ti a coger un arma, salir y disparar? ¿Cuál sería tu motor?". A partir de esa gran cuestión, que suena tan frívola como contundente, parte este montaje centrado en los detalles secundarios. "Yo me fijo mucho en eso", comenta la directora. "Por ejemplo, existe un vídeo del momento en que Luigi Mangione dispara a Brian Thompson, que cae al suelo. Y ahí, cuando pasa eso, hay una mujer que está tomando un café y de repente desaparece, sale corriendo. Entonces yo empiezo a fabular: la madre denunció la desaparición, ¿dónde estaba?".

Ese fantaseo es precisamente lo que alienta la fascinación por el morbo, por el mal, que impera en la sociedad de nuestro tiempo y que representa un filón del que la directora reconoce haberse valido para la obra. "Atar cabos te hace sentir súper inteligente", concede, "y ver estas cosas tiene el don de hacerte sentir más bueno, de hacerte soñar con que en otra vida podrías haber vivido de manera más apasionante, o algo así".

Curiosamente, esta es la primera vez que López parte de un caso real para su ficción. Y la paradoja es que asegura que eso la ha liberado. Ha elegido ensayar sin tener que replicar a nadie, sin el encorsetamiento de "ser fiel" a una biografía, le ha dado margen para jugar. Ese juego incluye un desafío que ella misma reconoce como motor: "que no me importe Mangione". Es decir, no hacer un espectáculo sobre él, sino sobre todo lo que provocó a su alrededor.

La directora insiste en que el montaje funciona casi como un virus que se expande. "La gente sale con ganas de hablar", dice, y ese impulso -la conversación espontánea, a veces caótica- forma parte del propio dispositivo. Su espectáculo no se cierra en escena sino que se completa fuera, después, en la calle.

De esta función López celebra que pueda atraer a los jóvenes y, en general, a "la gente que no va al teatro, porque esa es mi obsesión, gustarles a ellos. Tengo vocación de ser popular, no quiero ser elitista, por eso hago teatro", cierra.

Por eso, además, el espectáculo hará una gira por municipios de Barcelona en el marco del proyecto Reverberacions, en una acción que López considera fundamental para acercar el teatro a lugares más periféricos y crear comunidad. Y lo que considera lo más importante: generar debate en esa cerveza de después.