Con el sistema de los ayatolás en su peor momento, ni Israel ni Estados Unidos han desperdiciado la oportunidad de descabezar al régimen. El agravamiento de la crisis económica en los últimos meses desembocó, en diciembre, en unas protestas reprimidas con especial dureza. Antes, en junio, los 12 días de guerra lanzada por Israel revelaron la vulnerabilidad de las estructuras iraníes: se destruyó buena parte de sus defensas, se atacó su industria nuclear y se ejecutó una cadena de asesinatos selectivos contra líderes militares, políticos y científicos. También entonces la mano de Washington fue decisiva, al atacar con bombas pesadas antibúnker las plantas atómicas de Fordow, Natanz e Isfahan.
Con el golpe del 28 de febrero han conseguido matar al líder supremo Jamenei y a buena parte de su cúpula. Es un paso inédito pero insuficiente para hacer caer a un aparato con varios centros de gravedad. Sea cual sea el futuro del régimen, Israel ya ha logrado redibujar a su favor el mapa regional en poco más de dos años. Ha degradado como nunca antes a grupos como Hamas y Hizbulá, ha neutralizado la amenaza siria y ha mutilado la capacidad de Irán de infligir daños en varios frentes de manera simultánea.
¿Qué logra Washington de la mano de Israel? Si sus planes salen adelante, puede reforzar su posición global en algunos frentes. Tras el terremoto regional que comenzó el 7 de octubre de 2023 con las matanzas de Hamas, Rusia ha perdido influencia en Siria y en el Mediterráneo, y está en el aire su acceso directo al mar que le facilitaba Bashar Asad en la base de Tartus. Ahora se arriesga a perder otro socio estratégico, como es Irán. Por territorio iraní discurre buena parte del corredor de transporte INSTC, proyectado para conectar Rusia con India -de San Petersburgo a Bombay-, reduciendo costes y sorteando rutas controladas por Occidente. Rusia ha sido un actor incapaz en los últimos movimientos en Oriente Próximo.
También lo ha sido China. Ninguno de los dos ha podido hacer nada para frenar la caída de Maduro en Venezuela, con quien mantenían fuertes relaciones. Washington controla ya el país caribeño y su producción de crudo. Si en el futuro consigue replicar el modelo en Irán, pondrá en riesgo una parte importante del suministro energético a China. Casi todo el petróleo que sale de Irán va a parar a refinerías de ese país y representa el 13% del crudo que le llega por mar. Pekín puede tener problemas para acceder a petróleo barato. Es cierto que Teherán no puede permitirse frenar las exportaciones pero, si se ve incapacitado para mantenerlas, el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz es un escenario probable. Por allí pasa cada día una quinta parte del comercio marítimo mundial de petróleo, procedente no solo de Irán, sino también de Irak, Kuwait, Arabia Saudí y Emiratos. Un bloqueo total dispararía los precios en el mercado.
Derribar el régimen no será fácil y Trump ha aprendido lecciones del pasado reciente. La invasión de Irak y el derrocamiento de Sadam Husein llevaron al país a una guerra sectaria que culminó con el repliegue estadounidense y la concesión de una mayor influencia a Teherán en los asuntos iraquíes. En 2021, Biden ordenó la salida precipitada de Afganistán, tras dos décadas de inversión en dólares y vidas, para volver al punto de partida con los talibanes al mando. Obama y la OTAN también se entrometieron en Libia. Hicieron caer a Gadafi y empujaron al país al caos que hoy continúa.
El escenario iraní es aún más complejo: cuenta con 90 millones de habitantes -principalmente persas, pero también azeríes, baluches, turcomanos, kurdos y árabes- y con una nutrida red de cuerpos de seguridad bajo el poder de los ayatolás. La Guardia Revolucionaria, con unos 150.000 efectivos, es un poder en sí mismo, más allá de la estructura de los clérigos y del ejército.
Trump quiere hacer del caso venezolano su marca personal. La receta consiste en convertir a una parte del régimen decapitado en una marioneta que garantice el control remoto de la Casa Blanca. Marco Rubio expresó sus dudas sobre su aplicación en Irán. Lo hizo a finales de enero, ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado: "No creo que nadie pueda dar una respuesta sencilla sobre lo que ocurriría si el líder supremo y el régimen llegaran a caer -dijo Rubio-, aparte de la esperanza de tener a alguien dentro del sistema para trabajar hacia una transición". Washington sueña con una Delcy Rodríguez entre los ayatolás.

