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Lama nunca imaginó que podría regresar a Siria, pero sus planes dieron un vuelco hace un año, cuando una ofensiva de milicias rebeldes provocó la caída del régimen de Bashar Asad tras 13 años de guerra. La joven huyó a Turquía con su familia en 2016 y tras probar suerte en varios lugares, se establecieron en la ciudad costera de Esmirna, donde Lama estudia ahora económicas. "La última vez que vi mi casa tenía nueve años. La verdad es que nunca me planteé volver porque no esperaba un cambio así, ahora veo las cosas de otra forma", explica a este periódico.
Turquía llegó a acoger a la mitad de los sirios que huyeron del país, con 3,7 millones de refugiados registrados en el año 2019. A día de hoy, un año después de la caída de Asad, 2,3 millones de sirios siguen acogidos en Turquía bajo un estatus de protección temporal, mientras que medio millón ha regresado a su país de origen.
Centenares de sirios salieron a las calles de Turquía a celebrar la caída del régimen, ondeando la bandera de la revolución, que se ha convertido en la oficial del país. La euforia del cambio dejó imágenes de largas colas de coches que se dirigían desde la frontera turca hacia Siria para volver a casa. Sin embargo, el número de cruces ha ido disminuyendo en los últimos meses ante la inestabilidad y los problemas de seguridad que sigue atravesando el país árabe.
"La mayoría de los refugiados estaban inicialmente entusiasmados con el regreso tras la caída de Asad, pero este entusiasmo se desvaneció con el tiempo. Se dieron cuenta de que no todo era como esperaban, de que se enfrentan a problemas como la falta de educación y salud", escribe Kadri Güngörur, director de bienestar social de la Asociación de Refugiados en Turquía. "Algunas familias parecen arrepentirse y quieren volver (a Turquía)", señala. "Al comparar las condiciones de vida en Turquía con las de Siria, coincidimos en que Turquía ofrece más oportunidades", añade.
Más de una década de guerra en el país dejó a una cuarta parte de las infraestructuras dañadas, con más de 140.000 edificios -entre ellos 3.000 escuelas- completamente destruidos. El desplazamiento interno y la falta de infraestructuras adecuadas ha dejado a más de dos millones de niños fuera del sistema educativo. Dos tercios de la población siguen necesitando asistencia alimentaria para poder sobrevivir, mientras que casi la mitad de los hospitales están inoperativos o funcionan parcialmente.
A ellos se le añaden los constantes cortes de luz y agua, una tarea titánica que ha heredado el nuevo gobierno de Ahmed al Sharaa, el ex combatiente que lideró la ofensiva contra Asad y que ahora gobierna el país. Aún más graves son los problemas de seguridad en algunas zonas del país, donde ha estallado la violencia, especialmente contra grupos minoritarios.
Esto provoca que muchas familias sirias en Turquía se encuentren en un limbo, entre continuar en el país que las ha acogido -en ocasiones durante una década- o regresar a casa, un hogar que muchos no reconocerán porque han crecido lejos. Según datos de grupos humanitarios, 700.000 niños sirios han nacido en Turquía, una generación con un futuro incierto, ya que muchos ni siquiera tienen un carné de identidad turco o sirio. Para muchas familias continuar en Turquía supone por el momento no ser reconocidos como ciudadanos de pleno derecho, pero volver a casa significa en muchas ocasiones empezar desde cero.
"Nuestra casa sigue en pie en Alepo, pero nuestros vecinos tampoco viven ahí, huyeron a otros países. Desde que sé que puedo volver, yo quiero regresar cuando termine la carrera, pero también siento que mi vida es aquí, en Turquía, donde he crecido y tengo a mis amigas", describe Lama. "Mis padres en cambio, tienen más claro que quieren volver", añade. Los padres de Lama transitaron por varios trabajos sin contrato, en muchas ocasiones con jornadas de hasta catorce horas diarias, hasta que consiguieron abrir una tienda de ropa para bebés. "Sus clientes son sirios, los turcos no van a las tiendas de sirios. Mis padres viven apartados en una burbuja de refugiados. Quieren volver y lo entiendo, están cansados de ser considerados refugiados", describe Lama.
Inicialmente los sirios que abandonaron Turquía, pudieron salir del país tras renunciar por escrito a su estatus de protección temporal. Las experiencias negativas tras el regreso de muchos sirios provocó que muchas familias no quieran regresar por temor a perder todo lo que han construido durante la última década. Por ello, el Ministerio del Interior turco, anunció a principios de año un programa para que los sirios puedan planificar mejor su regreso a casa.
Éste permite a un miembro de cada familia visitar hasta tres veces Siria en un período de seis meses -sin perder su estatus de refugiados- para poder gestionar el retorno con tiempo. "Es una buena práctica ya que permite a los refugiados evaluar las condiciones del país por sí mismos y puede allanar el camino para el retorno sostenible a Siria", señaló el representante del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), Filippo Grandi.
Karam Shaded usó este permiso hace tres meses para visitar la casa de su familia en Alepo, región de origen de la mayoría de sirios acogidos en Turquía, con más de 1.239.000 personas oriundas de esta provincia, según el ministerio del Interior turco. Algunas zonas de Alepo tienen con suerte dos horas de electricidad estatal al día, mientras que al menos 60 centros de atención primaria funcionan parcialmente debido a la escasez de combustible y electricidad.
"Un primo me había enseñado cómo estaba nuestra casa después de la guerra, pero no fue hasta que la vi con mis propios ojos, que no me di cuenta de todo lo que hay por hacer", cuenta Shaded a este periódico. "Queremos volver, pero supone empezar de cero. Tenemos que ahorrar primero en Turquía para arreglar la casa, tardaremos varios años, pero así mis hijos habrán terminado la escuela", añade Shaded. "Los turcos no nos han tratado mal, pero después de la caída de Asad, siento que quieren que nos vayamos. Intentamos conseguir la nacionalidad, pero no hemos tenido suerte. No sé cuánto tiempo podemos ser refugiados en este país", concluye.
En el último lustro Turquía ha llevado a cabo una política mucho más severa hacia los refugiados y migrantes, que ha afectado particularmente a los sirios. Los obliga a permanecer en la provincia donde están registrados, a riesgo de perder su estatus de protección. No pueden alquilar pisos en barrios específicos de las grandes ciudades, mientras que por su condición de refugiados, muchos caseros les exigen cantidades astronómicas para poder acceder a una vivienda.
Desde el año 2017 pueden trabajar de forma legal en Turquía, una medida que se pensó que allanaría el camino hacia su integración en el país. Sin embargo, el empleador tiene que cargar con los costes del permiso de trabajo de los refugiados sirios, una situación que ha forzado a miles de personas a trabajar de forma ilegal, siendo explotados a diario. Ocho años después de permitirles acceso al mercado laboral, solo 100.000 sirios tienen permiso de trabajo. Más lejos aún parece su naturalización en el país: unos 238.000 han obtenido la nacionalidad turca en la última década.
La discriminación contra los refugiados no ha parado de aumentar, hasta convertirse en un arma política de éxito contra las políticas del presidente Recep Tayyip Erdogan, que promovió en su día la acogida de los sirios. Ante el creciente sentimiento contra los migrantes, el gobierno ha aumentado las políticas para regular y reducir la población refugiada, provocando que miles de personas no salgan de sus hogares por miedo a ser deportadas. Unidades móviles del Ministerio del interior recorren las grandes ciudades del país, identificando a las personas que transitan por los barrios con un alto porcentaje de migrantes.
A partir del 1 de enero del año que viene, se termina además, el acceso a la atención médica gratuita para los sirios bajo estatus de protección temporal. Tendrán que pagar para poder acceder a la seguridad social y no podrán usar los servicios privados, privando a miles de refugiados con dificultades económicas de poder acceder a servicios mínimos de sanidad. "Puede parecer que la medida va dirigida a ahuyentar a los sirios de Turquía, pero no es así, los está considerando ciudadanos de pleno derecho, igual que los turcos. Tendrán que pagar impuestos, igual que los turcos. Esto allana el camino para su integración en el país", señala un funcionario de migración, que prefiere no dar su nombre.
Para Shaded en cambio, es una traba en la serie de obstáculos que enfrenta él y su familia desde que llegó a Turquía en 2018. "No nos permiten trabajar de forma legal pero quieren que paguemos impuestos. Vivir así es muy cansado. Es una lucha constante para poder tener una vida digna", lamenta.


