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El embajador ofreció al asesor de Donald Trump una copa de vino.
--No bebo, pero échemelo igual en la copa. Quiero ver este vino antes de ponerle mañana un arancel.
El embajador no se inmutó, y uno de sus camareros puso el vino al asesor.
La anécdota, sucedida en 2019, ilustra la relación entre Estados Unidos y la Unión Europea en el primer mandato de Donald Trump. Aunque una parte de la relación se mantuvo inalterada, el entorno del presidente desplegó una hostilidad feroz contra la UE, en buena medida porque ésta representa todo lo que Trump detesta: cooperación, multilateralismo, y un sistema de gobernanza basado en normas, lo que el sociólogo alemán Max Weber llamaba "legitimidad burocrática". En el mundo de Trump, lo que manda es la "legitimidad carismática" weberiana, o sea, el líder. Es decir: Trump. O Modi. O Erdogan. O Xi. O Putin.
Otras humillaciones fueron públicas. Cuando el embajador de la Unión Europea, David O'Sullivan acudió al funeral de Estado del ex presidente George Bush, no le sentaron con los demás representantes del países soberanos, como es la norma, sino con los de los organismos internacionales, entre los que están la Organización de Estados Americanos, el FMI, o la ONU. Había sido rebajado de estatus. Y no le había sido comunicado.
Ahora, Trump vuelve, pero con una ideología más extrema y con la experiencia de haber aprendido de los errores de su primer mandato. Su invitación a Viktor Orban a la ceremonia de su jura del cargo, es una muestra de su visión de las relaciones con la UE. Unas relaciones que estarán marcadas por el comercio, la tecnología y defensa, lo que incluye a Ucrania.
Trump tiene más margen de acción porque, si él ha aprendido, los europeos han seguido la máxima atribuida al ministro de Asuntos Exteriores francés Charles-Maurice de Talleyrand al respecto de la rama de los Borbones de ese país en el exilio: "No han aprendido nada y no han olvidado nada". Los europeos llevan un año hipnotizados ante la llegada de la segunda parte del trumpismo, igual que un ciervo que ve los faros de un coche acercarse en la noche y se queda inmóvil mirándolos. Este 20 de enero empieza el atropello.
Aunque nadie lo sabe con certeza, parece que la política europea de EEUU va a ser dirigida desde la Casa Blanca. De los aproximadamente 100 altos cargos nominados por Trump para su Gobierno, ninguno tiene verdadera experiencia en asuntos europeos. Aunque tanto el secretario de Estado -el senador Marco Rubio- como su equipo -Christopher Landau, Michael Anton y Michael Needham- son republicanos a la antigua usanza -o sea, en la línea de George W. Bush y Mitt Romney, no de Trump-, no está claro que vayan a tener influencia más allá de América Latina.
La estrategia de Trump parece clara: ignorar a la UE y negociar con los diferentes países para dividir el bloque. Eso ya se ha visto con la visita de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, a Mar-a-Lago, y sus negociaciones con Elon Musk para entrar en un programa de satélites del empresario contra el que Bruselas está coordinando una alternativa. En esta línea, muchos creen que no habrá aranceles contra la UE, pero sí contra mercancías concretas de cada país: coches alemanes, molinos de generación eólica daneses (por la locura de Groenlandia), o barcos franceses.
Eso augura un caos porque cada uno de esos productos lleva piezas de otros países de la UE. Por tanto, si Trump va a por coches fabricados en Alemania, golpea indirectamente a la empresa de Burgos que fabrica los techos de esos vehículos. El segundo es que el sistema de tarifas en EEUU permite excepciones, decididas con carácter discrecional por Washington. En la guerra arancelaria de Trump contra China en 2018 y 2019, por ejemplo, Apple logró que todos sus componentes quedaran exentos de las subidas de los aranceles. Así pues, cabe esperar una carrera de empresas y gobiernos a Washington, suplicando el levantamiento de las tasas para sus respectivos productos y ofreciendo todo tipo de concesiones -comerciales, políticas o estratégicas- para lograrlo. Entretanto, la UE como tal correrá el riesgo de quedar reducida al papel de florero.
De hecho, Joe Biden acaba de hacer eso al dar luz verde a la exportación de microchips para inteligencia artificial a 10 países de la UE, incluida España, y prohibirla a otros 17, entre los que está Polonia, que está invirtiendo masivamente en esa tecnología y es un estrecho aliado de Washington, Luxemburgo y Grecia, que tienen ordenadores que ya usan microprocesadores de EEUU que a partir de ahora no van a poder comprar. Así, Biden, el (supuesto) gran aliado de Europa, ha sentado un precedente que Trump seguirá.
El segundo elemento son las tecnológicas, que están sometidas al escrutinio de Bruselas por prácticas antimonopolísticas y, en el caso de X -la antigua Twitter- potencialmente por noticias falsas. Ahí, los millones de Silicon Valley a Trump -solo Amazon ha dado 40 millones de dólares a Melania para hacer un documental sobre su vida y milagros- auguran una presión enorme de Washington para que Bruselas deje languidecer esos procesos.
Lo cual no va a ser fácil por dos motivos. El primero es que algunas de esas empresas -muy notablemente Apple y Meta- están atacándose mutuamente usando la legislación europea sobre interoperatividad de sistemas con lo que, pase lo que pase, una compañía estadounidense ganará y otra perderá. El segundo porque, aunque la Comisión se rinda con armas y bagajes, la legislación sigue ahí, a disposición de quien quiera usarla. Así, en el caso de que una asociación, una empresa o un particular presente una demanda contra algunos de estos gigantes, la Justicia deberá resolver el caso. Si lo hace en contra de Silicon Valley, Bruselas tendrá otro problema más.
Finalmente queda la defensa. Trump nunca ha ocultado su desprecio por la OTAN ni su admiración -rayana en lo patológico, según su propio ex director de Seguridad Nacional, H.R. McMaster- por Vladimir Putin. Aunque el alto el fuego en Ucrania tarde mucho más de lo que el presidente electo prometió -recordemos que dijo que lo iba a lograr en 24 horas- es casi seguro que acabará produciéndose.
De los socios de la UE, solo unos pocos países -los Bálticos, Polonia, Rumanía, República Checa y, tal vez, Francia- estarían dispuestos a ofrecer garantías a Ucrania de que si Moscú la ataca saldrían en su defensa. Es más, por pura lógica, si Ucrania tiene a sus aliados manteniendo el alto al fuego, Rusia tendrá los suyos. Eso significaría que Europa tendría a la puerta a soldados norcoreanos e iraníes. Todo ello en un contexto en el que el Artículo V de defensa colectiva de la OTAN ha sido poco menos que asesinado por Trump con su amenaza de ocupar Canadá y parte de Dinamarca, dos aliados de la Alianza.
¿Qué quiere hacer Europa? Bruselas sueña con un gran pacto en el que EEUU, a cambio de al menos mantener la OTAN y no ceder demasiado frente a Rusia en Ucrania, logre que la UE endurezca su posición contra China, que es la gran preocupación del nuevo equipo de la Casa Blanca. Ésa es la única vía de escape que ve la UE para los próximos custro años. Si a Trump, de verdad, le gusta hacer negocios, tal vez eso funcione.

