Donald Trump ha escalado la retórica imperialista contra Europa desde la amenaza comercial a la militar al barajar el uso la fuerza para invadir Groenlandia, en otra muestra de cómo su presidencia pone en jaque el vínculo transatlántico y la seguridad del continente. Y de la necesidad de reforzar la autonomía estratégica europea para reducir la dependencia de un socio que entiende las relaciones internacionales de manera transaccional y crítica con el multilateralismo.
Trump esgrime razones estratégicas para ocupar la isla ártica -territorio autónomo de Dinamarca-, cuya anexión «permitiría a EEUU proteger el mundo libre» de la expansión de autocracias como China y Rusia. Pero hay también importantes motivos económicos: el subsuelo de Groenlandia es rico en hidrocarburos y tierras raras, piedra de toque de la industria tecnológica y materiales claves para fabricar desde móviles hasta coches eléctricos o armas. El deshielo del Ártico ha abierto, además, nuevas rutas de transporte en la región.
La UE trató ayer de rebajar la tensión con Trump, aunque insistió en que no permitirá ataques a sus fronteras soberanas. Una advertencia que lleva tres años dirigiendo a Putin y que ahora se ve irónicamente obligada a pronunciar ante un aliado comprometido por contrato a defenderla como firmante del Tratado de la OTAN.
