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Después de años de presiones y amenazas familiares, Linger aceptó en 2022 ingresar en el hospital psiquiátrico que le habían buscado sus padres en Qinhuangdao, en el norte de China. Los médicos le diagnosticaron trastorno de ansiedad y orientación sexual discordante. Le dijeron que la única forma de curarla era someterla a electroshock. Y que se trataba de "prácticas de conversión" habituales para personas como ella, una mujer transgénero.
Linger, de 28 años, estuvo 97 días internada. En ese tiempo, pasó por hasta siete sesiones de electroshock que le dejaron muchas secuelas, tanto anímicas como físicas. Salió del hospital arrastrando una serie de patologías cardíacas que requieren medicación de por vida. Se encerró durante meses en la oscuridad de su habitación, desconectada de las redes sociales donde se había convertido en una popular influencer gracias a sus vídeos presentando cosméticos.
El pasado verano, Linger sacó fuerzas para salir del pozo de depresión al que le habían arrojado. Se dio cuenta de que no estaba enferma, sino de que los que tenían un problema eran los que cuestionaban su identidad de género. Decidió entonces denunciar al hospital por violar sus derechos con las invasivas descargas eléctricas en el cerebro.
Según la Ley de Salud Mental de China, nadie puede ser sometido a la fuerza a un tratamiento psiquiátrico, y menos con terapia de electroshock, a menos que el paciente represente una amenaza para su propia seguridad o la de los demás. Los médicos del hospital, cuando fueron llamados a declarar ante un tribunal, defendieron que el ingreso era necesario porque había serio riesgo de que los padres de Linger se suicidaran por el trastorno de su hija.
Hace unas semanas, el tribunal falló a favor de Linger y condenó al hospital a pagarle una indemnización de 60.000 yuanes, que al cambio son alrededor de 7.900 euros. Es la primera vez en China que una persona trans gana un recurso legal contra el uso de prácticas de conversión mediante electroshock. La comunidad LGTB del gigante asiático lo ha celebrado como una victoria histórica.
Linger comenzó a tomar estrógenos al comenzar la universidad, cuando confesó a sus amigos que ahorraría dinero para someterse a una cirugía de reasignación de género, después de la cual, en base a las regulaciones chinas, ya podría cambiar de género tanto en los registros oficiales, como en el documento de identidad. En el país asiático, este tipo de cirugías, aunque quien las solicite sea mayor de edad, requieren un consentimiento por escrito de los padres.
Los de Linger nunca lo dieron. Ella pensó que cambiarían de opinión si finalmente acudía a un hospital y los médicos certificaban que no padecía ningún trastorno. Nunca pensó que lo primero que harían sería ingresarla a la fuerza. "Me ataron a una cama con cuerdas y me estuvieron dando descargas eléctricas durante muchos días", denunció en sus redes sociales tras salir del hospital.
Entre la comunidad LGTB de China circulan con frecuencia informes de grupos de derechos humanos sobre cómo muchas personas homosexuales y trans son sometidas en clínicas públicas y privadas a las llamadas terapias de conversión, que van desde las sesiones de electroshock hasta la hipnosis.

