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La Selectividad trae de cabeza a las familias y a los profesores. Cada vez más alumnos superan este examen, pero la oferta de plazas en las universidades públicas no sólo no aumenta, sino que ha caído un 2% en los últimos años. No hay sitio para todos en las carreras públicas con más salidas laborales y muchos jóvenes se quedan fuera de ellas. Quienes pueden pagarlo recurren a los campus privados, que desde 2015 han hecho crecer en un 35% a sus estudiantes de nuevo ingreso mientras en los públicos se han estancado. Especialmente desde el Covid, se ha ido creando un agujero negro: ante la escasez de plazas públicas la competición es más feroz y eso provoca que se inflen las notas del Bachillerato y de la Ebau. Esta inflación, a su vez, tiene el efecto de que es más complicado seleccionar a los que verdaderamente son los mejores.
Una investigación publicada por Funcas refleja este problema por primera vez en toda su extensión, al advertir del «desajuste» existente entre las plazas públicas ofertadas y lo que reclaman tanto los estudiantes como el mercado laboral.
«La demanda de plazas universitarias en las áreas con mayores oportunidades laborales supera la oferta disponible, algo que está provocando un cuello de botella», alerta Marta Martínez Matute, profesora de Análisis Económico de la Universidad Autónoma de Madrid y autora de la investigación, junto a Aitor Lacuesta (Banco de España) y los profesores Jorge Sainz e Ismael Sanz (Universidad Rey Juan Carlos).
El estudio analiza cómo, en un contexto de cambio estructural en el mercado laboral donde hay escasez de mano de obra en determinados sectores, los alumnos intentan entrar en las carreras que tienen mayor empleabilidad o mejores salarios. Hay cierta obsesión entre muchos padres por que sus hijos hagan Medicina, Matemáticas o algunas ingenierías, que garantizan el trabajo en mayor proporción que otras carreras. Como, además, ha calado entre los ciudadanos el mensaje de que ir a la universidad supone una ventaja en términos salariales, cada vez hay más estudiantes en la educación superior.
El número de personas que superan la prueba de acceso a la universidad ha ido aumentando en los últimos años, pasando de 223.000 en 2015 a 266.000 en 2022. También la población de 19 años -la que está en edad de entrar en la universidad- ha ido creciendo de forma continua en este tiempo, de 428.000 a 484.000 y se prevé que lo siga haciendo en el futuro, hasta llegar a 586.000 personas en 2028, según las proyecciones del Instituto Nacional de Estadística (INE).
La paradoja es que las universidades públicas reaccionan «de manera más lenta» a la realidad socioeconómica. La oferta de plazas en los campus públicos presenciales ha pasado de 246.800 en 2015 a 242.500 en 2021, lo que supone un descenso del 2%: «Una oferta rígida de plazas universitarias simultánea a una mayor población joven queriendo acceder a la universidad incrementa la dificultad de acceso, especialmente ente en aquellas carreras más demandadas», denuncia el trabajo.
Los campus privados, mientras tanto, han sabido captar más rápidamente a las nuevas necesidades y han recogido a todos esos estudiantes que no han entrado en las carreras más demandadas en las universidades públicas. La reducción de la oferta de plazas públicas «contrasta con la oferta de la universidad privada presencial, medida por los estudiantes de nuevo ingreso, que aumentó en un 35% hasta alcanzar los 51.000 alumnos, lo que refleja tanto el aumento del número de universidades privadas presenciales entre 2015 y 2022, de 27 a 31, como el aumento del número de plazas en la mayoría de universidades privadas», avisan los autores de Funcas.
El profesor de Economía Aplicada Ismael Sanz sostiene que «en las carreras que tienen mayor inserción laboral las universidades públicas deberían reaccionar más a las señales del mercado de trabajo y aumentar la oferta». ¿Por qué no lo hacen?
«Porque tardan en reaccionar. Son cautas porque se tarda un tiempo en hacer contrataciones y tal vez haya una demanda muy elevada un año pero no tanta los siguientes. Por otro lado, están las restricciones financieras que tienen las universidades. Si se amplía el número de alumnos de 60 a 70, hay que abrir un nuevo grupo y eso es muy costoso en término de contratación de profesores, aulas, recursos...», responde Martínez Matute.
Sanz apunta otro motivo: «Mantener una nota de corte alta aumenta la reputación y es señal de calidad y éxito». Es decir, hay una «razón de imagen». El informe indica que «las universidades consideran que una nota de corte alta genera prestigio para atraer a los mejores estudiantes», de igual manera que algunos «restaurantes prefieren tener una cola de gente esperando en la puerta antes que ampliar su negocio; esto sirve de reclamo a otros clientes, ya que la cola sirve para señalar su calidad».
Pero aumentar las plazas de una titulación facilita la entrada a la universidad, reduciendo la nota de corte. Lo que ha ocurrido es que, al restringirse la oferta, la nota ha crecido del 6,8 al 8,2.
Se ha producido, además, una «inflación» de las calificaciones de los alumnos tanto en Bachillerato como en la prueba de acceso a la universidad. En los institutos y colegios de Secundaria el porcentaje de estudiantes con notable o sobresaliente ha pasado del 50% al 70%. Además, en la fase general de la Ebau, las notas altas han crecido del 46% al 70%. Los autores explican que esto se ha producido especialmente a partir del Covid, porque ha cambiado el sistema y los exámenes han sido más fáciles desde 2020.
Como, además, los estudiantes pueden hacer un examen muy sencillo en su comunidad autónoma y matricularse después con esa nota en otra región donde la prueba es más complicada, los «desajustes» aumentan.
«La tendencia de los estudiantes es a buscar estudios en comunidades autónomas distintas a su residencia habitual», advierte el trabajo de Funcas. De hecho, regiones como Castilla-La Mancha (60%), Navarra (40%), Baleares (48%), Extremadura (46%) o Cantabria (37%) tienen más de un tercio de sus estudiantes universitarios residentes habituales de estas comunidades matriculados en otra región.
«Las notas de acceso a la universidad ya no reflejan tanto la calidad porque están infladas. Antes tener un 13,9 indicaba que el alumno era brillante, pero, si muchos logran un 13,9, es difícil señalizar al que es bueno. Alos alumnos estudiosos esta inflación de notas les perjudica», dice Martínez Matute.
Los autores proponen poner en marcha mecanismos para ajustar de forma más rápida la oferta de plazas públicas a la demanda teniendo en cuenta las oportunidades laborales de las titulaciones. Para ello, plantean que se hagan evaluaciones de calidad de los programas educativos y que se incremente la coordinación y el intercambio de información entre las CCAA, el Ministerio de Universidades y los empleadores. Incluso piden vincular parte de la financiación a la capacidad de los campus para aumentar su oferta a las necesidades del mercado.
Un 22% más de titulaciones
2.863. Los campus públicos no aumentan las plazas pero sí las titulaciones. «Tienden a sacar nuevos dobles grados para atraer a nuevos estudiantes, dar una nueva orientación o hacer más atractiva la universidad», explica Marta Martínez Matute. En 2022 había 2.863 titulaciones de grado o doble grado, un 22% más que en 2015. Aumentar los títulos sin subir las plazas supone reducir los huecos que tiene cada carrera: en vez de que en un grado haya 50 alumnos, se reparten 25 para un título y 25 para otro. Mientras que el aumento de plazas reduce la nota de corte, el incremento de las titulaciones la mantiene.
