- Future Makers Luis de la Fuente "Me fui de casa con 15 años y no quise que nunca me regalaran nada"
- Editorial Ellos construyen nuestro futuro
Vivimos tiempos de cambio, y eso no es una amenaza: es una oportunidad. El futuro no pertenece a quienes esperan a tenerlo claro, sino a quienes se atreven a dar el primer paso. El talento cuenta, pero lo que marca la diferencia es la actitud. El futuro no está escrito, se construye y empieza hoy.
Esto es lo que me respondió la inteligencia artificial cuando le pedí un discurso motivador para los jóvenes. Permitidme que a partir de ahora lo haga a mi manera. Quizás haya que empezar por el principio. ¿Qué narices significa ser joven hoy? Y es que se dicen tantas cosas de nosotros...
Titular: Los jóvenes son los mayores lectores de España. Con pocos meses de diferencia se reveló que también somos la generación con menos comprensión lectora. Debe ser que leemos mucho, pero no nos enteramos de nada. El 70% de nosotros tiene miedo al compromiso, pero somos la generación del anillo, esa que está volviendo a poner de moda las bodas. Casi no fumamos y tampoco bebemos porque, por si no lo sabíais, somos los jóvenes más sanos de la historia del país. Eso sí, también somos el grupo social con mayores tasas de ansiedad, estrés y depresión. Somos de esa generación que no quiere contratos fijos, pero parece ser que cualquiera de nosotros mataría por amarrarse de por vida a la silla de un funcionario.
Leyendo tantas y tantas noticias sobre los jóvenes es imposible no pensar en aquel lema del despotismo ilustrado: Todo para el pueblo, pero sin el pueblo.
Todo sobre los jóvenes, pero sin los jóvenes.
La juventud no es un filtro de Instagram, ni un molde donde encajarnos a todos. ¿Qué significa ser joven hoy en España?
Pues hay jóvenes que son Jorge, mi hermano pequeño. Salta del turno de tarde, al de noche y al de mañana deslomándose en una fábrica de ladrillos. Él decidió no estudiar. Quizás porque pensó que ese no era el sitio que le había reservado la sociedad. Vuelve a casa molido cada día, pero con amor para sostenernos a todos en las horas que restan hasta el siguiente despertador.
Otras son Eva, mi prima. Ella es una de las personas más apasionadas por su profesión que yo haya conocido. Y eso no es poco, teniendo en cuenta que es dentista. Terminó la carrera y se marchó a vivir a Ámsterdam porque resultó que en España, en vez de ganar dinero con su trabajo, iba a perderlo. Y ahora es independiente y ha hecho amigos y corre medias maratones. Hay días en los que echa de menos su casa.
Algunas son Ana, de Getafe, mi mejor amiga de la universidad. Escuchó demasiadas veces a profesores decir que alguien como ella nunca presentaría un telediario. Y por alguien como ella se referían a negra. Hace ya años que lidera la comunicación de una asociación desde la que habla a quienes están donde una vez estuvo, reivindicando el valor de las mujeres afrodescendientes.
Y también las hay que son yo misma. Currando aquí y allá desde los 16 años, porque mi casa la sostenía el sueldo de un solo hombre, aunque con las espaldas más anchas de España. Nadie me regaló nada, no tuve contactos, ni enchufes. Solo la confianza que da haber crecido con unos padres que siempre tuvieron claro que yo en la vida iba a poder ser lo que me diera la gana. Antes de terminar de estudiar firmé un contrato y hoy vivo del mejor oficio del mundo.
Todo eso también es ser joven.
Hemos tenido que escuchar demasiado que somos la generación de cristal. Que nos hace falta mili. Nos lo dicen con la autoridad de quien se ha criado en Esparta. ¿Acaso es poca mili sobrevivir en ciudades como Madrid o Barcelona donde para independizarse hay que dedicar más del 80% del salario al alquiler?
Nuestra batalla no es la mili. Ni la guerra. Ni el hambre de posguerra. Aunque esas tampoco las han sido para muchos de los que dedican tanto esfuerzo a infravalorar nuestra capacidad de resistencia. Nuestra batalla es la vivienda, la conciliación, el no querer o no poder renunciar a nada porque nos inyectaron unas expectativas demasiado altas.
Si quieres puedes. Just do it! Y luego resultó que no era verdad, que la escalera social tiene límites. Un techo de ladrillo que, para algunas, sigue teniendo por delante otro de cristal.
Pero seamos sinceros. Esta no es, ni muchísimo menos, la peor época de la historia para ser joven. Es, de hecho, la mejor.
Porque los boomer podían comprarse una casa y tener hijos a los veintipocos. El pack completo. Pero boomer también era mi padre, que libraba un día a la semana y trabajaba los otros seis trece horas en un bar. Porque hay boomer que llevan años cobrando buenas pensiones, pero que también pasaron otros tantos picando a diario en una mina a cientos de metros bajo tierra.
Porque nosotros tenemos algo que vale mucho más que todo eso que nos dicen que nunca llegaremos a tener: el poder de elegir.
Nuestra generación tiene un gran desafío. Uno que ninguna otra generación de jóvenes ha tenido nunca en la historia. Y es recordarle a la sociedad que somos necesarios.
Hablaba el otro día con un gran abogado que me decía con amargura, que muchos de los senior de su despacho se habían dado cuenta de que eran más productivos si, en lugar de explicar y encargar el trabajo de carpintería a los junior, se lo encargaban a la inteligencia artificial. Y él me decía: "Pero es que para ser un gran abogado mañana, hay que redactar muchos contratos hoy". ¿Qué pasará dentro de cinco o diez años cuando se den cuenta de que no han preparado a la siguiente gran generación de abogados? De que se han quedado sin cantera. "Habremos perdido un talento irrecuperable", lamentaba.
"El mundo no parece invitar demasiado a la esperanza, y para nosotros los jóvenes eso es algo muy dañino", me comentó hace unos días un joven brillante y triste por la deriva populista y derrotista en la que están cayendo sus amigos.
Pero canta Carolina Durante que ahí fuera hay cosas preciosas. Hamburguesas, el fútbol, mi madre. Que los amigos suman más que los demonios... Eso es ser joven.
Me sorprendió al leer La Península de las casas vacías, de David Uclés, que aterrizara el realismo mágico en un lugar literario con sabor a Jaén. Después me sorprendió mi sorpresa. ¿Cómo si no es con unas dosis de realismo mágico se puede contar el mundo siendo un joven hoy?
Esa es nuestra mili. Adaptarnos a un presente incierto que cada mañana reinventa el orden conocido, el orden mundial. Donde cada veinte segundos se declara una guerra comercial, se lanza la enésima revolución tecnológica o se rediseña la cara y el cuerpo que necesitamos tener para triunfar. Todo en poco más de lo que dura un vídeo de TikTok.
Nuestra mili es no dejar de correr nunca para encajar en un mercado laboral que cada año, para darnos una primera oportunidad (y quizás la única), nos exige una renovada lista de atributos.
Por eso, un encuentro como Future Makers es importante. Porque demuestra que sí, que somos necesarios. Que aún hay espacios para alzar la voz, para expresar lo que queremos de la sociedad. Para denunciar lo que no funciona y aportar nuestra parte: una mirada crítica y también una propuesta de futuro. Porque sentir, pensar y mirar desde la juventud no es ni será nunca una tarea que se le pueda encargar a ChatGPT.

