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La generación del anillo: por qué los jóvenes vuelven a estar locos por casarse

Lejos de la caricatura del veinteañero incapaz de comprometerse, una nueva ola de parejas celebra bodas tempranas, rescata los rituales tradicionales y convierte al matrimonio en tendencia. Es 'La generación del anillo'

Teresa (25 años) y Carlos (28), el día de su boda en Murcia.
Teresa (25 años) y Carlos (28), el día de su boda en Murcia.LALOMO ESTUDIOÁLBUM FAMILIAR
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El 26 de agosto, las redes sociales explotaron con un bombazo inesperado. Taylor Swift, la misma artista que ha convertido la ruptura sentimental en materia prima de su discografía, anunciaba su compromiso con la estrella de la NFL Travis Kelce. En una realidad donde los asuntos del corazón son un tema de angustia recurrente en ChatGPT y la fidelidad dura lo que tarda en llegar una nueva notificación, la imagen de la cantante con un diamante en el dedo en medio de un jardín en flor se tomó como una declaración de intenciones. Un manifiesto rotundo a favor del amor verdadero.

Porque Swift no es la única. Otros tantos ídolos de la Generación Z se han subido al carro del matrimonio en los últimos meses: Selena Gómez comparte fotos de su boda con el productor Beni Blanco, Dua Lipa presume de su compromiso con Callum Turner, y Zendaya luce orgullosa en las alfombras rojas el anillo que le regaló Tom Holland. Hace escasas semanas, los cantantes Damiano David y Dove Cameron anunciaban también su futuro enlace a través de una publicación en Instagram.

Pero este fenómeno no se limita a las celebrities. Según el Wedding Trends to Watch Report 2025, el 86% de los jóvenes de la Generación Z planea casarse a corto o medio plazo. Lejos de la caricatura del veinteañero incapaz de comprometerse, una nueva ola de parejas celebra bodas tempranas, rescata los rituales tradicionales y convierte el "Sí, quiero" en tendencia.

Es el caso de Teresa y Carlos, de 25 y 28 años, que celebraron su boda en Murcia a finales de septiembre, cinco años después de conocerse y en el ecuador de sus estudios de doctorado: "Teníamos una amiga en común. Yo había salido de otra relación y le pedí a mi amiga que me presentase chicos, y ella me habló de Carlos", relata Teresa. "Él ya le había preguntado a nuestra amiga por mí, ya que me había visto en alguna foto de su Instagram. Un día, nuestros encuentros se solaparon y empezamos a quedar. No nos hemos separado desde entonces".

En una época marcada por el individualismo y la cultura del match, ¿qué explica que muchos jóvenes de la Generación Z vuelvan a apostar por el matrimonio?

Para saber más

"Vivimos un momento en el que el amor, la estética y la búsqueda de sentido se entrelazan, y el resultado es una re-romantización de la sociedad", explica Jordi Cirach, consultor especializado en el análisis de tendencias, comportamientos emergentes y cambios culturales. "Lo vemos en la revalorización de lo ritual, en el retorno de las cartas escritas a mano, los álbumes de fotos... y, por supuesto, en la propia espectacularización de las bodas".

Tras una década de aplicaciones de citas, la fatiga del swipe ha hecho mella. Tinder, que una vez fue símbolo de libertad (y libertinaje), hoy es sinónimo de agotamiento emocional. Un artículo reciente de Vogue apuntaba, incluso, que "tener novio en 2025 da vergüenza", razón por la que muchas jóvenes evitan compartir abiertamente que tienen pareja estable. Las encuestas revelan que cada vez más usuarios abandonan las plataformas de ligoteo o las usan con menor frecuencia y mucho menos entusiasmo.

Pero también hay excepciones. Elsa, barcelonesa de 25 años, conoció a su marido William, inglés de 29, a través de una aplicación de citas: "Él vivía en Barcelona, ya que se había mudado para jugar a hockey sobre patines y aprender español. Estuvimos juntos un año y William decidió volver a Londres. Entonces mantuvimos la relación a distancia durante otro año hasta que yo acabé la universidad, encontré trabajo allí y pude mudarme con él. Nos comprometimos y estuvimos conviviendo un tiempo antes de casarnos".

"Todo en la vida es circular: las modas, las formas de amar y hasta las necesidades emocionales", afirma la psicóloga y sexóloga Silvia Sanz. "La Generación Z, después de crecer hiperconectada y acostumbrada a las relaciones fluidas y a los amigos virtuales, empieza a buscar justo lo contrario: historias que duren, rituales que den sentido, vínculos que anclen... En el fondo, es un regreso al deseo de pertenencia, una forma de recuperar profundidad en medio de tanto movimiento".

Después de años de ghosting y vínculos superficiales, las nuevas generaciones buscan refugio en lo que antes menospreciaban. Digamos que lo romántico se ha convertido en contracultura. Cansados de escuchar la cantinela del amor líquido, millennials y zetas han decidido solidificarlo en masa.

"Es una buena noticia, porque significa que el amor ya no se vive desde la imposición o la necesidad, sino desde la elección. Mejor aún, desde el compromiso"

Silvia Sanz, psicóloga y sexóloga

Este regreso del "Sí, quiero" no es tanto una réplica de los valores morales de sus progenitores como una reinvención generacional. En un contexto de incertidumbre total —precariedad laboral, alquileres imposibles, crisis climática, desconfianza en la clase política—, el matrimonio ofrece una rara certeza: estabilidad. Casarse es, para muchos, una manera de decir: "A pesar de todo, confío en algo". Un alegato por la voluntad de permanencia en un mundo que constantemente nos empuja a pasar página.

"La gente en los treintaypico ha crecido con unos discursos de 'busca la estabilidad y, cuando lo tengas ya todo atado y te hayas realizado personalmente por completo, cásate si quieres'", opina Teresa. "Nosotros, sin embargo, hemos vivido la inestabilidad siendo niños en la crisis de 2008, jóvenes adultos en la pandemia... Me da la impresión de que hemos renunciado a tener nuestra vida resuelta antes de atrevernos a dar ese paso. Por eso valoramos más la tranquilidad que te da tener un compañero de vida y un proyecto junto a otra persona".

Gonzalo y Cristina, un joven matrimonio de Alicante.
Gonzalo y Cristina, un joven matrimonio de Alicante.

Comparten su visión Gonzalo y Cristina, otra pareja de recién casados que acaba de cumplir los 30. Se conocieron en el gimnasio que ambos frecuentaban en Rojales (Alicante). Cuentan que su primera cita consistió en recoger a un perro de una protectora e irse de ruta de senderismo un domingo por la mañana: "Conforme hablábamos me daba cuenta de que era el tipo de persona que cuadraba con mi forma de pensar, con lo que yo buscaba en mi vida. Y no me equivoqué".

Tras año y medio de noviazgo, él le pidió matrimonio en la playa, mientras disfrutaban de un picnic con el atardecer de fondo. Todo muy de película. "Cuando maduras, te das cuenta de que los valores que te proporciona una vida en pareja no se encuentran en las relaciones efímeras", dice. "Llega un punto en que buscas respuestas en otro sitio".

Promesas de amor y lealtad aparte, también existe un trasfondo ideológico tras el auge de las bodas Z. Numerosos estudios detectan un viraje conservador entre los más jóvenes, especialmente en temas como la religión o la familia. En España crece el interés por la espiritualidad, y las bodas vuelven a ser escenario de fe, incluso para quienes no se declaran abiertamente creyentes.

"Mis padres al principio se sorprendieron muchísimo y tardaron en asimilar la noticia, pero al poco tiempo estaban muy felices"

Teresa

Los sociólogos hablan de una juventud "retradicionalizada": chicos y chicas que asumen con naturalidad lo que sus hermanos mayores consideraban anticuado. Y lo hacen abrazando la contradicción, combinando la misa dominical con el perreo en TikTok a ritmo de Bad Bunny. El año pasado, los vídeos de la influencer Roro reavivaron el debate sobre el movimiento tradwife y sus implicaciones en el retroceso del feminismo.

Sanz considera que las nuevas generaciones se están rebelando contra muchas normas impuestas. Unos optan por el celibato voluntario como forma de libertad frente a la presión social, mientras que otros deciden casarse por amor y no por obligación, a diferencia de generaciones anteriores: "Es una buena noticia, porque significa que el amor ya no se vive desde la imposición o la necesidad, sino desde la elección. Mejor aún, desde el compromiso con lo que te hace bien".

Las cifras son igualmente rotundas. El número de enlaces crece entre los menores de 30 años y la industria nupcial vive un nuevo bum. En España proliferan las llamadas bodas maratón, celebraciones que se extienden hasta tres días y triplican el gasto medio. Casi el 70% de los casamientos encadenan eventos sociales durante varias jornadas y el 40% de las parejas superó su presupuesto inicial, según apunta el Informe del Sector Nupcial 2025, elaborado por Bodas.net.

Se habla de lageneración del anillo: chavales que en muchos casos viven aún de alquiler, pero ahorran durante años para una boda con drones, fuegos artificiales, decoración y vestuario acordes a una temática, y todo tipo de experiencias personalizadas e inmersivas para sus invitados. El coste promedio de una boda en España ronda actualmente los 25.000 euros.

En el caso de las parejas más jóvenes, la necesidad de apoyo económico condiciona sustancialmente la organización del evento. "Por lo general, siempre es la pareja la que toma las decisiones finales, pero algo que no cambia es el hecho de que todo el mundo a su alrededor quiere opinar", explica Sheila Gómez, organizadora de eventos y wedding planner. "Muchas veces, mi trabajo -como figura neutral que soy- es también hacerles de psicóloga, ya que tengo que mediar con familiares o amigos que les cuestionan repetidamente".

"Mis padres al principio se sorprendieron muchísimo y tardaron en asimilar la noticia, pero al poco tiempo estaban muy felices y con ganas de contárselo a todo el mundo. Hemos sido los primeros del grupo de amigos en casarnos y eso es muy emocionante", dice Teresa, que admite también haber recibido bastantes comentarios recelosos por su juventud. "Muchos de ellos de gente de 35 o 40 años, encerrados en halagos envenenados. Los jóvenes de nuestro círculo reaccionaron de otra manera".

Gonzalo experimentó algo parecido: "Algunos amigos me preguntaban si estaba seguro, si no me estaba precipitando con algo así. Pero cuando lo tienes claro y decides pasar el resto de la vida con una persona, quieres que el resto de tu vida empiece lo antes posible".

Por supuesto, la generación que documenta su vida en stories convierte también el compromiso en contenido. El 77% de los matrimonios comparten su unión por redes sociales; en TikTok, los vídeos de pedidas teatralizadas acumulan millones de visualizaciones. El matrimonio, de institución privada, ha mutado en experiencia comercializable. Y, como en toda performance, hay un buen negocio detrás.

"Las bodas son un símbolo de permanencia, identidad y narrativa personal. Las parejas no solo quieren casarse, sino construir una historia visual perfecta, donde los invitados también se convierten en parte del relato digital", señala Cirach. El experto insiste en que el "Sí, quiero" se ha transformado "en un acto de comunicación y de autoafirmación social", incorporando a la ecuación algunos elementos del marketing y las relaciones públicas.

Ahí entra el nuevo ecosistema de la industria nupcial: desde startups que alquilan un espacio publicitario en el esmoquin de un novio hasta aplicaciones que venden entradas para asistir a bodas de desconocidos. Es el caso de Invitin, un invento tan marciano como revelador. Como si fuera una ticketera, esta plataforma permite comprar entradas a100-150 euros para ayudar a sufragar los gastos, pese a los riesgos que entraña rodearse de extraños en uno de los días más importantes de tu vida. La entrada lo incluye todo: desde la asistencia a la ceremonia y los votos hasta el banquete y la sesión de DJ con barra libre. Vamos, que puedes hartarte de comer, beber hasta perder el sentido, echarte un baile con los allegados y hacerte una sesión de fotos con ese modelito que no llegaste a estrenar en la temporada anterior.

El fenómeno, aunque nació en India, se ha globalizado a una velocidad abrumadora y ya ha recalado en Francia. La web de Invitin tiene más de 3.000 usuarios en 32 países y una decena de eventos agotados para el próximo año, como shows de una gira de cualquier estrella internacional. Su éxito demuestra que las bodas ya no son solo una ceremonia, sino un espectáculo social: un acontecimiento al que se asiste por puro placer voyerista. Ver casarse a otros se ha convertido en un plan de ocio más, una especie de programa de telerrealidad posromántico al que todo hijo de vecino está invitado.

Para la psicóloga, el escaparate digital juega un papel relevante en la idealización del matrimonio: "Del mismo modo que se ha creado un modelo de belleza aspiracional a base de filtros, también se ha extendido la idea de la boda de película como símbolo del amor verdadero. Pero el auténtico amor no necesita likes ni postureo: no hace falta mostrarlo para que sea real".

Elsa y William, en la entrada al banquete de su boda.
Elsa y William, en la entrada al banquete de su boda.

Sin embargo, hay quienes se desligan de estas prácticas y valoran la intimidad por encima de todo. "Nuestra boda ha sido pequeñita, con unos 100 invitados, con relación a nuestros padres, que invitaban a mucha más gente. Tenemos la sensación de que antes se invitaba más por compromiso y ahora ya no tanto, se busca conseguir una celebración más personal, con los más cercanos", explica Gonzalo.

Cuenta Teresa que su familia les organizó una celebración íntima en el campo con 70 invitados unos meses antes, a modo de preboda: "Yo siempre había soñado con una boda muy pequeña y en plena naturaleza, pero entre unas cosas y otras no pudimos celebrar la boda así, la ceremonia fue por todo lo alto y con 300 invitados. Tener los dos tipos de celebraciones fue fantástico". En su caso, recurrieron a profesionales que les echaron una mano en la organización durante casi un año y medio. "Cuando mis padres se casaron, organizaron todo con solo dos meses de margen. Ahora las bodas son mucho más complejas".

En el caso de Elsa y William, ninguno de sus padres estaba casado, así que no tenían referencias inmediatas: "Tanto las bodas de nuestros abuelos como la planificación de éstas fueron mucho más sencillas. Supongo que antes no había tantas opciones; ahora hay que pensar en mil cosas y desembolsar muchísimo más. Hay bodas que son muy extravagantes y se pueden llegar a perder un poco la esencia de lo que realmente significa un enlace".

"Me emocionó mucho ver a gente venir de hasta nueve países diferentes y lo bien que todo el mundo se llevó entre sí"

Elsa

En el nuevo capitalismo emocional, el amor también se exporta. Las wedding planners trabajan con listas de espera y los diseñadores de vestidos hablan de una "era maximalista". España no es ajena: los organizadores de eventos confirman el auge del wedding tourism, bodas que se celebran en destinos exóticos con invitados de todo el mundo y retransmisión en directo.

Tras más de seis años al frente de su negocio, Gómez detecta que las parejas internacionales se comprometen y se casan más jóvenes que las españolas, ya sea por motivos culturales o económicos: "Una de las bodas que estoy preparando para el próximo año es para una pareja que viene desde Estados Unidos y van a realizar tres días de eventos: una fiesta de bienvenida con temática y gastronomía española, un sangeet, que es una celebración hindú, como homenaje cultural a la familia del novio, y ya el último día la celebración tradicional más romántica, con una fiesta por todo lo alto y un DJ que traen desde Norteamérica".

"Me emocionó mucho ver a gente venir de hasta nueve países diferentes y lo bien que todo el mundo se llevó entre sí. Hubo muchísima cohesión entre ambas partes de los invitados: mis amigas bailando con sus amigos británicos, gente hablando en distintos idiomas... fue muy especial ver cómo se mezclaron de manera natural", recuerda Elsa.

Desde las fincas de la campiña andaluza hasta los resorts en México, el negocio del amor mueve cifras récord. ¿Y qué pasa con la luna de miel? El presupuesto ha subido un 13% desde 2022, superando los 5.000 euros, según El libro imprescindible de las bodas, el mayor estudio del universo nupcial en nuestro país. Teresa y Carlos pasaron dos semanas en Japón, Elsa y William fueron de viaje a Estambul y Mauricio, y Gonzalo y Cristina optaron por recorrer Bali durante 12 días como mochileros.

Por si tenían dudas, el "Sí, quiero" ha dejado de ser el final feliz del cuento para convertirse en su prólogo. La Generación Z, que creció viendo a sus padres divorciarse y a sus ídolos romper en directo, no busca un amor eterno, sino un futuro seguro al que aferrarse. Pero, ¿cuenta el matrimonio joven con cimientos sólidos para sobrevivir a largo plazo?

"Una relación puede sobrevivir indefinidamente no tanto por la edad, sino por la madurez de los miembros que la componen", asegura Sanz. "Hay unas bases: si disponen de habilidades para gestionar los conflictos, demuestran empatía y deseo de crecer juntos, pueden mantener ese amor que les unió aunque vaya transformándose en las diferentes etapas

"Lo que más nos ilusiona ahora es empezar a pensar en qué tipo de proyecto de vida queremos juntos. Qué tipo de casita nos gustaría llegar a tener, formar una familia, tener un hogar propio", cuentan Gonzalo y Cristina. Teresa y Carlos comparten intenciones: "Ahora que nos hemos casado, estamos trabajando más en cuidar la relación, sabiendo que ya no estamos en etapa de conocernos, sino que nos hemos elegido de forma plenamente consciente como compañeros de vida. Somos un equipo para todo".

Mientras Taylor Swift prepara su boda y las jóvenes vuelven a soñar con vestidos de novia al estilo de las princesas Disney, quizás lo que esté renaciendo no sea tanto el matrimonio como la fe en que el amor, por una vez, puede ser algo más que un match.