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No han sido sólo los tiempos de recuperación de la cornada de Pontevedra el pasado 10 de agosto los que fijaron la reaparición de Morante de la Puebla en Melilla este 3 de septiembre. Latía una motivación extraordinaria en el regreso del toreo -porque Morante es el toreo- a la última frontera, a la última plaza de África, al último fuerte: la exaltación de la españolidad de la ciudad melillense. El sur del sur de España, el norte del continente que asalta Europa, el hambre que empuja los cayucos, las mafias que manejan las barcazas, la sombra de Marruecos que es alargada. Ceuta y Melilla, a punto de ser fagocitadas. MdlP venía a hacer patria, del toreo bandera, precisamente aquí, entre el monte Gurugú y el Tercio de la Legión del Gran Capitán, entre el toro de Osborne y la plaza bautizada como Mezquita del Toreo. Tan modernista, recientemente recuperada y hace no tanto abandonada.
Desde la pandemia, Morante de la Puebla ha extendido el mapa de la tauromaquia con un compromiso expansionista, antielitista, toreando con todos en todas partes. He aquí la prueba de esta corrida mixta cuya fórmula debería estar abolida. Únicamente la presencia de Morante le concedía entidad. De tal modo, que convertía de pronto a Melilla en el epicentro del mundo de los toros con su regreso.
Veinticuatro días o 576 horas después de Pontevedra, con el verano huérfano de su maestría, desorientado de su torería, venía también Morante a Melilla a soltar brazos y piernas, testar las facultades, probar la herida. Había una apretura de tardes consecutivas a finales de agosto como para no encararla con inseguridades. Septiembre se presenta fuerte, cargado de responsabilidades -Aranjuez, Valladolid, Albacete, Salamanca, Logroño, Sevilla-. Y la guinda del 12 de octubre, la doble comparecencia de Madrid en un mismo día, 46.000 personas esperan desbordando todas las expectativas al reclamo de su nombre.
Morante de la Puebla no pudo volver en el punto exacto donde lo había dejado porque los toros de Tornay, ay, frustraron cualquier posibilidad. La última de este hierro que vieron estos ojos fue en Castellón, hace muchos años, y ya encarnaron la devastación absoluta de la bravura. Esta crónica debía ser un punto y seguido de un año antológico, otro viaje de punta a punta, del norte al sur del sur. A eso de las 17.35 horas Morante se estiraba en la habitación 427 del hotel Meliá del Puerto para probar la tirantez de la cicatriz -protegida con apósitos- dentro la taleguilla, y daba esos saltitos de calentamiento como de gorrión. Le preguntaron cómo se encontraba. "Nerviosillo", contestó.
"El toro sólo valió para constatar que el maestro sigue con el valor íntegro -por las cosas increíbles que intentó- y fisícamente recuperado".
Para la hora de la corrida, 18.30, ya se había liado en su capote de paseo al lado de Juan Ortega y Olga Casado en el patio de cuadrillas de la impecable plaza que Corrochano llamó la Mezquita del Toreo, envuelta en una bandera, o muchas banderas. Todas de España, por supuesto. (Para los curiosos: el coso, el último coso activo del continente africano, mejor dicho, se inauguró el 6 de septiembre de 1947 con la baja en el cartel de Manolete, muerto en Linares por un miura el 29 de agosto. Lo sustituyó Domingo Ortega. El cartel quedó encabezado por él con Gitanillo de Triana, Luis Miguel Dominguín y Parrita para dar cuenta de ocho toros de Joaquín Buendía). A las 18.35 sonaba el Himno Nacional y a continuación la plaza se arrancaba por el hit del verano: "¡Pedro Sánchez, hijo de p...!"
En los primeros compases pudo constatarse que la entereza física de Morante era superior a la del toro de Tornay, bien hechurado, gordito pero vacío de poder y raza. Le duró el fuelle las carreritas abantas. Cuando se encontró con una verónica de bello dibujo, se resintió. Y ya todo fue una cuesta abajo desde el accidentado y trémulo tercio de varas. Apuntes de torería inconclusos, una media garbosa o la sabrosa apertura por alto. No tenía mal aire el toro pero era el aire de una hoja cayendo, finalmente parada en el suelo.
Para colmo de males, enlotaron juntos los dos más fuertes y, cómo no, fueron para Morante. Feísimo el cuarto además, un ente desbravado, morucho. Sólo valió para constatar que el maestro sigue con el valor íntegro -por las cosas increíbles que intentó- y fisícamente recuperado. De lo poco que quedó en limpio, fueron los más hermosos muletazos de la tarde. El arranque y una serie de derechazos ya con el toro convirtiéndose en piedra. La frustración atrapó a la gente, que no entendió la brevedad.
Juan Ortega alegró el espíritu de un toro que decía poco con un inicio de faena distinto, como una sevillana bailada, la cuarta, no sé, entre molinetes y pases de las flores. Cortito el viaje, algo más largo por el derecho, corregido en el caballo un molesto punteo, Ortega puso más. Ya desde las verónicas más arrebatadas que limpias. JO con un cierto arrebato también es noticia. Metió el brazo con la espada y cortó la oreja. Fue el quinto un toro ciertamente chico que se movió mal que bien -peor a izquierdas-, y Ortega le dio su fiesta con algunos brillos clásicos, algunos barullos, siempre animoso. Lo tumbó de un bajonazo y le dieron las dos orejas.
Otra se embolsó Olga Casado, que hacía la corrida mixta en todos los sentidos y brindó a Morante un buen novillete de Macandro, a modo. Cuanto más por abajo lo toreaba subía enteros. Le permitió exhibir virtudes -mejor cuando acompasa cuerpo y muletazo- y defectos -de apenas seis novilladas picadas- en una faena extensa que finalizó por luquecinas y desigualmente con los aceros. Cae a la gente de cine. Eso se constató de nuevo ante un sexto más corpulento, bizco y gacho, buenísimo también. Gritos de "¡torera!, ¡torera!" arroparon una actuación que contuvo de todo: gaoneras, pases cambiados, toreo encajado -y más enganchado de rodillas-, incluso poncinas. De todo menos espada. Entra a matar a lo que Dios quiera. Queda mucho camino. La plaza, desatada de entusiasmos, la quiso sacar a hombros con Juan Ortega. Y esa fue la foto finish del esperado y frustrante regreso de Morante. La vida.
Ficha
PLAZA DE TOROS DE MELILLA. Miércoles, 3 de septiembre de 2025. Tres cuartos de entrada. Toros de Tornay, más fuertes y desbravados 1º y 4º; el terciado 2º y el chico 5º se movieron; y dos novillos a modo de Macandro, el buen 3º y el notable 6º.
MORANTE DE LA PUEBLA, DE VERDE ESPERANZA Y ORO. Estocada pasada (silencio); estocada (silencio).
JUAN ORTEGA, DE VERDE OLIVA Y ORO. Estocada atravesada y descabello (oreja); bajonazo (dos orejas).
OLGA CASADO, DE BLANCO Y PLATA. Pinchazo, estocada delantera y tendida y cuatro descabellos. Aviso (oreja); pinchazo, estocada y varios descabellos. Aviso (oreja y petición). Salió a hombros con Juan Ortega.



