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Fue el primer concierto de mi vida. Y el primer concierto de tu vida se recuerda tanto como el primer amor. A mitad del concierto, después de muchos pogos y de todo el subidón del mundo, me desmayé. Terminé de ver el concierto desde las camillas que habían habilitado a un lado del escenario. Desde aquel día ya entré siempre a Extremoduro desmayada.
El miércoles lloré sin parar, como casi todo el mundo en este país, por Robe y por mi adolescencia. Nunca había llorado tanto por alguien a quien no conociera. Pero es que, durante muchos años, justo los años del desconsuelo, Extremo lo fue todo. Fue el amor y fue la muerte. Fue todas las historias que no llegaron a ser. Fueron varios discos piratas rayados de tanto usarlos en el discman y una camiseta feísima de Agila en el fondo del armario. Fueron noches y noches cantando borracha con mis amigas y con mi hermano. Fue el deseo de escribir porque el cabrón del Robe ya había escrito antes: «Condenado a mirarte desde fuera/ y dejar que te tocara el sol». No tengo ni un solo recuerdo feliz o infeliz de esa época que aparezca en mi cabeza sin una canción de Extremoduro de fondo. Así son los primeros amores: abrasivos, te hacen creer que no vivirás nunca nada que se le parezca. También te hacen creer que tú eras la única persona para ellos en el mundo.
Desde la muerte de Robe, parece que todos nos hemos vuelto otra vez adolescentes y, por eso, las reacciones que ha habido esta semana han sido desde esa visceralidad inocente de pensarse único y única. La visceralidad de quien recorre 700 kilómetros para despedirle en Plasencia. La de quien monta reels y escribe posts y cartas infinitas. La de quien se pelea en sus columnas por ver de quién era el tío más anarca y esquivo de todos.
Como dijo Iñako en su preciosa columna el viernes, también a mí me dan ganas de reivindicar a Robe solo mío, pero me he dado cuenta de que no se puede y eso solo ocurre cuando un artista se va dejándose aquí su corazón y sus huesos.
Las canciones de Extremo fueron nuestra educación sentimental y la droga con la que varias generaciones soportamos vivir constantemente desenamorados.
Ahora ya sabemos que a los primeros amores hay que despedirlos y llorarlos siempre así: parando un país entero, peleándose, insultando a todo Dios en redes, defendiendo lo que cada uno piensa que es suyo, pero, sobre todo, llamando a todos nuestros amigos para amplificar el llanto y decirnos los unos a los otros, todavía una semana después, aquello de joder, es que qué guarrada sin él.



