Cae el sol en la fantasmagórica Leprosería de Abades, un gigantesco complejo de edificaciones levantado al acabar la Guerra Civil en la zona más desértica del sur de Tenerife. Bajo el esqueleto de la torre de una iglesia coronada por una cruz de hormigón se escuchan aullidos de dolor. Lo provocan unos latigazos que cortan el viento. Después, silencio. Y a los pocos segundos, un grito: «¡Corten!». Se rueda Las noches de Tefía, la premiada miniserie creada por Miguel del Arco y protagonizada por Patrick Criado e Israel Elejalde que narra las desventuras de los presos homosexuales de un campo de concentración franquista.
Nada de eso es nuevo para los vecinos de la zona: algunos siguen escuchando gritos en la oscuridad del también conocido como Sanatorio de Abades cuando no hay focos ni cámaras. Y los más viejos de Arico, municipio donde se levanta, aún recuerdan cuando los soldados hacían prácticas de tiro contra alguna de las 36 edificaciones, muchas de las cuales se quedaron a medio hacer.
La realidad del complejo choca de forma abrupta con el proyecto que tenía el Cabildo de Tenerife en 1941: crear una pequeña ciudad, tan aislada como autosuficiente, en la que tratar a pacientes con tuberculosis y lepra, esta última aún considerada una especie de castigo divino que parecía cebarse con la isla al acabar la guerra, con 197 casos.
El encargo recayó en José Enrique Marrero Regalado, el arquitecto más reputado del archipiélago, autor del Palacio Insular, hoy sede del Cabildo Insular de Tenerife; el Mercado Nuestra Señora de África o la Basílica de la Virgen de Candelaria. Formado en el País Vasco, fue el máximo impulsor del estilo neocanario, que destaca por su aspecto monumental y recargado, muy del gusto del Franquismo en la posguerra.
Personas sanas y enfermas
Marrero Regalado, que conocía a la perfección la zona -había nacido en la cercana Granadilla de Abona en 1897- trabajó con la idea de hacer una ciudad de 12.000 m2 que seguía un plan médico-hospitalario de tipo colonia en el que distribuir personas sanas y enfermas. El complejo, con forma de V y pabellones separados por extensos espacios libres, acogería hospital, iglesia, escuela, comedores, chalets...
Pero la leprosería no llegó a albergar a ningún enfermo. El Mando Económico de Canarias, organismo militar que dirigía la economía de las islas durante la II Guerra Mundial, no siguió con exactitud el proyecto inicial de Marrero Regalado. Las obras, coordinadas por la Dirección General de Sanidad en colaboración con el Ministerio de Gobernación, se iniciaron en 1944, pero un año después se comprobó que la errónea orientación del complejo favorecía que los vientos propagasen los contagios en vez de evitarlos.
Paralelamente, la medicina comenzó a introducir las primeras drogas efectivas en el tratamiento de la lepra, como la sulfona dapsona. Cargada de un gran estigma social, los especialistas también dejaron de considerar que la clave para la profilaxis era «la exclusión sistemática de los leprosos» y comenzaron a decantarse por los tratamientos domiciliarios.
A finales de 1946 se paralizaron definitivamente las obras. Los barracones pasaron a acoger los campamentos de Falange, obligatorios para los estudiantes de la Escuela de Magisterio. Se planificó desarrollar en la leprosería un centro de toxicómanos, un centro cultural y un camping, pero ningún proyecto fraguó.
Rituales y fiestas clandestinas
En 1981, Sanidad traspasó la propiedad a Defensa, que rodeó el perímetro con alambradas para acabar con los rituales y las fiestas clandestinas que se celebraban regularmente en la zona. El Ejército acondicionó las construcciones más avanzadas para los soldados, que hacían maniobras militares y prácticas de tiro en el resto de edificios.
Acabado el servicio militar obligatorio, el Ministerio de Defensa puso en venta los casi 900.000 m2 de terreno, que fueron adquiridos en 2002 por el promotor italiano Alberto Giacomini, que pagó 17 millones de euros. No tardaron en saltar a la prensa las intenciones de Playa de Arico SL, la empresa creada por la familia Giacomini para el proyecto: cuatro hoteles de cinco estrellas con 3.000 camas, un balneario-talasoterapia, un centro comercial y dos campos de golf con una inversión total de 360 millones. El proyecto fue acogido con regocijo por Eladio Morales, por entonces alcalde eterno de Arico -estuvo en el cargo 24 años- quien afirmaba que se trataba de «un importantísimo proyecto» que «introducirá a nuestro municipio en la actividad y el desarrollo del turismo».
El Consistorio invirtió seis millones en la iniciativa, pero Giacomini falleció en 2015 sin que se colocara una sola piedra en el terreno. Un año después de la venta, el Servicio de Patrimonio Histórico del Cabildo advirtió de «los valores históricos y artísticos del conjunto» y la ley de Moratoria Turística paralizó por completo el proyecto.
La leprosería pasó a acoger a grafiteros, pilotos de carreras y cazadores de psicofonías hasta que acabó bajo el ala de la Tenerife Film Comission, que la ha convertido en un icono para los múltiples rodajes de la isla. Los últimos, el de la series El homenaje y La nena, la tercera entrega de la saga de Carmen Mola. Ambas se estrenarán este año.
CRÓNICA...DE LAS GRANDES CHAPUZAS
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*La serie 'Crónica...de las grandes chapuzas' se publica cada domingo en el suplemento CRÓNICA de la edición impresa de EL MUNDO.

