CRÓNICA
Crónica... de las grandes chapuzas (1)

La A-14 de la Ribagorza: la autovía que no lleva a ningún sitio

Se inauguraron 16 kilómetros de una carretera que pretendía conectar Lleida y Francia. Y ahí ha quedado: ahora solo sirve para rodear un absurdo rosario de glorietas conocido como 'Rotondistán'

Final abrupto de la autovía de la Ribagorza (A-14).
Final abrupto de la autovía de la Ribagorza (A-14).
Actualizado

La autovía que debía coser la ciudad de Lleida con Francia se ha convertido en un cliffhanger de la ingeniería. Para los no versados en recursos narrativos, convendría aclarar que «cliffhanger» es un concepto inglés que literalmente significa «colgado de un acantilado». Se acuñó en plena fiebre de los folletines decimonónicos por entregas para designar el viejo truco de interrumpir el relato en el momento de máximo suspense al tiempo que se cuelga el cartel de «continuará» (el relato, la serie o, en España, la autovía).

Las tensiones narrativas no resueltas de la Autovía de la Ribagorza (A-14) prometían ya hace ocho años nuevos giros inesperados y agónicos además de mil preguntas. ¿Para qué demonios han hecho 16 kilómetros de conexión si terminan en una barrera de hormigón tipo «New Jersey»? ¿Caerá algún día este muro de la vergüenza como cayó el de Berlín? ¿La llevarán hasta Vielha y Francia o se conformarán con estirarla hasta «cualquier lugar más allá del arcoíris»?

Hemos viajado hasta Lleida para verlo con nuestros propios ojos y la secuencia es como sigue: arrancas en la A-2; enganchas la A-14; deslizas hacia Alguaire; estiras hasta Almenar... y, de pronto, fundido en negro. A derecha e izquierda, los campos del Segrià; al frente, la nada opaca de un pretil de hormigón. Hay un vídeo de Droyuas en TikTok que muestra unos estupendos planos aéreos de esta «autovía colgada de un acantilado»: Motorway to Nowhere.

La A-14 es tan bonita como puede serlo una autovía y esa parada en seco parece funcionar como una alegoría de una utopía administrativa. El hormigón por el hormigón, metaingeniería, obras civiles carísimas que no necesitan someterse a limitaciones funcionales porque parecen regodearse en el mero placer de su existencia. El elefante blanco de la red viaria catalana costó algo más de 110 millones de euros.

Por hacer algo de historia que nos sirva de contexto, tanto aragoneses como catalanes pugnaban por tener un nuevo eje de conexión por autovía con Francia. El lado catalán pisó el acelerador y eso se tradujo en presión política de Barcelona a Madrid para priorizar el eje de Vielha aprovechando el corredor de la N-230 que atraviesa la Ribagorza frente a otras propuestas que competían por apoyo y fondos (la de Somport, por ejemplo).

Inicialmente, se proyectó la construcción de una conexión de 2 por 2 carriles entre Lleida y Sopeira. El tramo de Sopeira a Vielha se dejó para más tarde al tiempo que se alimentaba la expectativa de «rematar» el corredor hasta la frontera. La idea era empezar cuanto antes para que no hubiera marcha atrás: el viejo truco de empantanar la ruta.

Se pusieron en ello e inauguraron dos tramos: Alguaire-Almenar (10,3 km), el 20 de mayo de 2012, y Lleida-Rosselló/Alguaire, (aproximadamente 6 km) el 17 de julio de 2017. Desde entonces, vía muerta. Lo que quedó del sueño fueron esos 16 kilómetros truncados y un regusto de fondo a esperpento ibérico.

¿En qué punto estamos ahora mismo? En primer lugar, no se ha avanzado ni un metro al norte de Almenar. En segundo lugar, el Estado decidió que la autovía solo llegaría hasta el límite con Huesca (o como tope, Benabarre). El proyecto se está redactando pero no hay obras licitadas ni, por tanto, fecha cierta de máquinas.

De la frontera aragonesa hasta Sopeira se hará un 2x1 (un carril adicional alterno con separador). En cuanto al resto de la obra hasta la boca sur del túnel de Vielha, se limitarán a acondicionar la N230.

La redacción del proyecto del tramo de Alfarràs a Benabarre ha sido licitada. Se ha iniciado también la redacción del proyecto de Benabarre a Sopeira. De ahí hasta el túnel de Vielha hay tan solo un estudio informativo aprobado provisionalmente.

Si esto fuera únicamente un monumento al sinsentido (que lo es), la pieza terminaría aquí. Pero, en realidad, es una chapuza rodeando a otra casi mayor. De hecho, los 16 kilómetros de A-14 sirven para algo: evitar un rosario grotesco de glorietas en la N-230.

Concretamente, entre Lleida y el primer límite con Aragón hay 22 rotondas que han ascendido a «seña de identidad» municipal: esculturas, macetas, luz y facturas. Las usan a diario miles de coches y centenares de camiones en rutas cortas —granjas, polígonos, repartos— que no saltan a la A-14.

Cuando se inauguró el último tramo de la A-14, ya se presumía de que, gracias a la autovía, era posible evitar una docena larga de rotondas entre Torrefarrera y Almenar. Véase el sinsentido de que los propios administradores públicos vendieran las ventajas que ofrecían esos 16 kilómetros de surrealismo para zafarse de un desastre que ellos mismos habían apadrinado. Una infraestructura absurda (e inacabada) como antídoto de otra incluso más ridícula: la orgía de glorietas de lo que algunos llaman Rotondistán.

Crónica... de las grandes chapuzas

*La serie 'Crónica...de las grandes chapuzas' se publica cada domingo en el suplemento CRÓNICA de la edición impresa de EL MUNDO.