Desde el cielo, son unas líneas blancas gigantes del tamaño de un edificio. Mil kilogramos de metal que debía ser níveo pero que ahora acumula el marrón del óxido y el multicolor de los grafitis. Son 163 piezas que debían coronar el Ágora, uno de los portentosos edificios del complejo creado por Santiago Calatrava. Esas lamas inmensas no sólo debían estar en la cima, ya de por sí un disparate estructural por el riesgo de derrumbe, también debían moverse de acuerdo con la hora del día.
A cuatro minutos en coche del novísimo Roig Arena y a escasos 700 metros de la cúspide de la edificación donde debían estar situados, permanecen inmóviles desde hace lustros. Hace 13 años y ocho meses, en este suplemento, alertamos ya de su existencia. «Las famosas aletas de Calatrava están en un terreno baldío. Los chatarreros se cuelan para robar los trozos que pueden transportar. Las piezas enteras miden como cinco furgonetas de largo o más...». Una llamada de atención más sobre este dislate presupuestario. Icono del dinero público dilapidado sin ningún control.
Y nada parece haber cambiado desde entonces. Es un día de la marmota continuado. Esa chatarra de 13 millones de euros continúa en el mismo lugar, en el mismo carísimo descampado. Está en un lugar estratégico para Valencia, donde caben varios campos de fútbol, en un escenario en el cual un piso de 109 metros cuadrados alcanza el millón de euros.
Esta parcela también tiene nombre. Se denomina M3 y aquí deberían estar tres rascacielos también diseñados por Calatrava. Otro ejercicio de megalomanía. El valor del vertedero improvisado puede multiplicar por 20 o 30 el de las lamas que acoge. Los fallidos últimos intentos de subasta —datan de un lejano 2011— estimaban entonces su valor en 400 millones. Algunos sueñan hoy que sea un parque público. Soñar aquí sí tiene un coste.
Aquí todo se ha medido en cientos de millones de euros. Ese es el exceso de otras eras. Nadie se libra de la culpa. El plan de la Ciudad de las Artes y las Ciencias lo comenzó el socialista Joan Lerma, inspirándose en la parisina Cité des sciences et de l'industrie, que visitó y quiso emular. Le sucedieron los populares Eduardo Zaplana, Francisco Camps y Alberto Fabra. Siguió Ximo Puig (PSPV-PSOE), quien cedió un Ágora capado en su cresta a la Fundación La Caixa, en 2023. Ninguno solucionó el dilema de las lamas-alas de los 13 millones, ni el uso del terreno que los acoge. Allí siguen a la intemperie. Pudriéndose.
El balance total de lo gastado es terrorífico. El presupuesto inicial de la Ciudad de las Artes y las Ciencias rondaba los 300 millones de euros. Subió y subió hasta superar los 1.200 millones. Sólo el Ágora, donde debían estar estas estructuras de metal, pasó de los 41 a los 100 millones de euros.
¿Hay algún plan hoy para este icono del despilfarro de una obra con un sobrecoste de más de 900 millones de euros? «Se están trabajando distintas opciones pero todavía no se ha definido un uso concreto», dicen a Crónica fuentes de la Generalitat valenciana, que preside Carlos Mazón, pendiente de su devenir político cuando se cumple un año de la dana.
La gloria de Santiago Calatrava ha ido —también— en declive desde su edificación. El Ágora que debía superar los 110 metros de altura se ha quedado en los 80 metros. Se ha quedado achatada. Como muchos otros de sus proyectos. Terriblemente caros y cuestionados. Desde la tan aplaudida y criticada Estación del World Trade Center (Nueva York, EEUU), inaugurada en 2016, que alcanzó la escalofriante cifra final de 4.000 millones de dólares. Su valor inicial eran 2.000 millones.
Este año estrenó uno de sus nuevos proyectos, en Mons (Bélgica), cuyo presupuesto inicial era de 37 millones de euros y terminó costando casi medio millar de millones. Y una década de retraso... La última noticia que se tiene de él no es arquitectónica, sino policial, por el intento de robo de un reloj Patek Philippe de su propiedad valorado en 110.000 euros. Se hizo hincapié en las crónicas policiales que era una de las pocas veces que visitaba Valencia. Residente en Suiza, siente que aquí se le ha maltratado.
El tranvía pasa al lado de las lamas abandonadas. Desde lo alto de un puente se ven sus dimensiones delirantes, de hasta 31 metros de largo y dos de ancho, éstas iban en la zona del centro, las más elevadas, otras miden unos 15 metros, las que iban a ir en los extremos de la cúpula. Cuesta imaginarlos como parte de una cubierta móvil —o como le gustaba denominar a Calatrava, un «brise-soleil»— y sí como símbolo de una era de derroche. En una de ellas hay dibujado un alargado rostro risueño de ojos saltones. Como riéndose de nosotros. Todavía.
CRÓNICA...DE LAS GRANDES CHAPUZAS
(1) La A-14 de la Ribagorza: la autovía que no lleva a ningún sitio
*La serie 'Crónica...de las grandes chapuzas' se publica cada domingo en el suplemento CRÓNICA de la edición impresa de EL MUNDO.





