Lo que ocurrió en Monegros no se quedó en Monegros porque los próceres de la época hicieron un ridículo casi universal con sus Las Vegas mañas. A los de la Chunta y los de Izquierda Unida los llamaban «tocahuevos» por decir que era raruno que unos indocumentados del mundo empresarial con un capital social insignificante y con nula experiencia en el mundo de los casinos prometieran el mayor parque de ocio de Europa en los terrenos de un puñado de diminutos municipios donde a duras penas sobrevivían las ovejas.
Hay que decir que todo esto sucedió un día antes de la recesión y era anatema y motivo de excomunión contradecir la idea de que España iba definitivamente bien aunque estuviera a punto de estrellarse contra la burbuja hipotecaria y otros megaproyectos incluso más estúpidos que el llamado Gran Scala. Lo de Gran antes de Scala sonaba ya a advertencia. Ande o no ande, caballo grande.
A excepción de unos pocos políticos, los demás se tiraron todos en plancha tan pronto como creyeron escuchar el tintineo de los dólares de un consorcio formado en 2007 por empresarios franceses e italianos que prometían convertir poblaciones oscenses como Sena y Ontiñena en una especie de Eurovegas.
Echa uno mano ahora de hemeroteca y entra una mezcla de angustia y risa floja. «El proyecto no está destinado a Aragón, sino al mundo», decía pomposamente hace 18 años el regionalista José Ángel Biel. «Es una oportunidad que situará a Aragón como referente internacional del ocio», le respaldaba el entonces presidente socialista Marcelino Iglesias. «Gran Scala es lo mejor que ha pasado en décadas», apostillaba el portavoz de los populares en el Parlamento de Aragón, Roberto Bermúdez de Castro.
Era una perfecta tormenta de clichés y de patrañas con la que todos ellos se apresuraban a tender una gran alfombra roja a los charlatanes del momento. Lo que exactamente prometían era una especie de Shangri-La del juego y del ocio en el corazón de una estepa semidesértica.
No ahorraron en promesas y pintaron con humo un macrocomplejo del pecado y la ludopatía con 32 casinos, 70 hoteles, seis parques temáticos, un hipódromo, un museo, un campo de golf y 25 millones de visitantes al año. Los aragoneses tenían que creerse que el proyecto generaría 17.000 millones de euros en inversiones y 65.000 puestos de trabajo directos e indirectos (alguno aún la echó más gorda). Ahora resulta obvio que se trataba de algo abrumadoramente estúpido, pero en la España previa al estacazo, a cualquiera que objetara la demencia institucional le decían que veía ovnis.
Y lo más grotesco es que la gente del consorcio International Leisure Development (ILD) no precisó de comerciales ni de campañas de mercadotecnia para meter a cucharón su fantasía porque se hicieron cargo de la campaña los políticos más mainstream.
Los más entusiastas abogados del proyecto eran los mismos dignatarios de la aristocracia política aragonesa que habían sepultado millones en aeropuertos como el de Huesca para que criaran las golondrinas o que respaldaron la construcción de autovías sin tráfico u otras infraestructuras visionarias como la estación de esquí de Castanesa, un proyecto dolorosamente costoso para crear nuevas pistas en una zona del Pirineo aragonés famosa por la escasez de nieve.
SÓLO UN PUÑADO DE MAQUETAS
Al final, Gran Scala fue poco más que un puñado de maquetas, recreaciones digitales y notas de prensa. Los periodistas que trataron de seguir el rastro de los inversores descubrieron sociedades pantalla, direcciones postales inexistentes y un cóctel de empresas creadas ad hoc en paraísos fiscales. El brillo del proyecto dependía más del marketing político que del músculo financiero. La época era idónea porque la palabra «progreso» era el mantra del momento.
La crisis financiera de 2008 terminó por barrer todo lo prometido. La promotora ILD desapareció de los registros y las empresas asociadas cerraron una tras otra. El Gobierno de Aragón, que había firmado el protocolo de intenciones con fanfarria, empezó a rebajar el tono.
En 2010, los promotores reaparecieron con nuevas promesas: casinos más pequeños, más sostenibles, más «responsables». Pero para entonces, Gran Scala eran dos palabras tóxicas.
No ha quedado ni un cimiento del cuento berlanguiano. Si uno conduce por la A-II y se desvía hacia el desierto, nada recuerda ya el lugar donde debía levantarse la «gran ciudad del ocio». Los agricultores siguen luchando por mantener a flote sus campos de cebada; los pastores mueven sus rebaños bajo un sol inmisericorde y el viento levanta remolinos que arrastran «tumbleweeds» (estepicursores) como en los «chorizo westerns».
CRÓNICA...DE LAS GRANDES CHAPUZAS
(1) La A-14 de la Ribagorza: la autovía que no lleva a ningún sitio
*La serie 'Crónica...de las grandes chapuzas' se publica cada domingo en el suplemento CRÓNICA de la edición impresa de EL MUNDO.
