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Un bar-laboratorio para probar la eficacia del Ozempic contra el alcoholismo

En un edificio federal a las afueras de Washington, el neurocientífico Lorenzo Leggio recrea el ambiente donde nacen las adicciones. Está a punto de presentar los datos concluyentes sobre cómo los fármacos GLP-1 reducen el deseo de beber: "No ha habido problemas de seguridad"

George Koob, director del Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y el Alcoholismo (izda.) y Lorenzo Leggio (dcha.).
George Koob, director del Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y el Alcoholismo (izda.) y Lorenzo Leggio (dcha.).Cliff OwenAP PHOTO
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En la localidad de Bethesda, en el estado de Maryland, hay un bar especial. Está a unos 13 kilómetros de Washington, en un edificio federal. Lo regenta Lorenzo Leggio, aunque no se dedica a poner copas. Más bien todo lo contrario: su misión es ayudar a la gente a romper con su adicción al alcohol. «Cuando diseñamos este espacio, buscábamos una especie de enfoque alternativo para encontrar cómo ayudar a las personas con trastornos adictivos», cuenta este especialista.

Leggio es el director clínico del Programa de Investigación Interna del Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas (NIDA-IRP, por sus siglas en inglés). Lleva toda la vida escudriñando cuáles son los responsables biológicos de las adicciones. «Entender un cerebro sano es importante para identificar después qué es lo que falla», cuenta.

Desde la complejidad que entraña su especialidad clínica de Psiconeuroendocrinología, pone de manifiesto su meta: «Comprender los mecanismos subyacentes a la adicción e identificar nuevos objetivos terapéuticos». Y, aunque lleva toda la vida dedicado a esto, se ha vuelto mediático por ser uno de los científicos que busca desvelar qué hace que la familia Ozempic también sirva para afrontar las adicciones.

El bum del uso de las moléculas basadas en la imitación del péptido-1 similar al glucagón o GLP-1 ha sacado a la luz efectos secundarios imprevistos como una menor atracción por las bebidas alcohólicas y el tabaquismo, entre otras adicciones a sustancias. Leggio quiso descubrir el porqué de este inesperado efecto. «Nos dimos cuenta de que hay mecanismos compartidos con enfermedades como la obesidad», cuenta. «Esta ha sido siempre la razón por la que hemos estado estudiando GLP-1, pero también otras hormonas involucradas como la grelina».

Para saber más

Describe cómo se pusieron manos a la obra. «No nos bastaba con las autorreferencias de los pacientes en ensayos clínicos que no estaban diseñados con este propósito: saber cuál es el efecto de los GLP-1 frente a las adicciones, en concreto frente al alcohol».

Aquí destaca el trabajo publicado en JAMA Psychiatry, que subraya el impacto frente a esta adicción tras observar a la población diabética sueca durante 17 años. En este caso, los fármacos administrados fueron semaglutida y liraglutida [comercializadas Ozempic y Saxenda]. «La interpretación es que los agonistas del GLP-1 pueden ser eficaces en el tratamiento del trastorno y que se necesitan urgentemente ensayos clínicos para confirmar estos hallazgos», contaba en estas páginas el psiquiatra finlandés Markku Tapani Lähteenvuo, responsable del estudio publicado hace un año.

Leggio ha recogido su testigo y el interrogante que muchos clínicos encuentran en sus consultas: «Los fármacos reducen las ganas de comer, pero ¿por qué también las de fumar y beber alcohol?».

Eso fue lo que llamó la atención de Alex DiFeliceantonio, profesora y codirectora interina en FBRI's Center for Health Behaviors Research en Instituto Politécnico y Universidad Estatal de Virginia, quien recientemente presentó datos de un ensayo piloto, publicado hace dos meses en Scientifics Reports (Science), que observaba cómo los pacientes que toman GLP-1 veían reducidas las ganas de beber y frenada la embriaguez. «Necesitamos ampliar estos datos con nuevos estudios más amplios», demanda.

Así se gestó la idea del bar-laboratorio

Hace más de una década que el equipo de Leggio, bajo la batuta de George Koob, director del Instituto Nacional sobre el Abuso del Alcohol y el Alcoholismo, decidió crear el ambiente más apropiado para sus experimentos: un bar. Del mismo modo que sus colegas usan placas de Petri o probetas para recrear el ecosistema de células y patógenos y estudiar sus comportamientos en un ambiente controlado, ellos hicieron lo propio con el entorno común donde tienen lugar la mayoría de las adicciones al alcohol.

«El bar fue construido exactamente por esa razón», cuenta. «Queríamos crear un estudio en un entorno controlado, donde se pudiera medir el deseo por el alcohol y el comportamiento del paciente alcohólico, con los factores implicados, pero haciéndolo de una manera que sea ecológicamente válida. Sabemos que no refleja al 100% lo que sucede en el mundo real, incluidos todos los aspectos sociales que a veces supone beber en un bar, pero es lo más similar posible».

El alcoholismo comparte factores con la obesidad como la impulsividad, el estigma o que se considere una elección personal

Quienes acuden a este bar-laboratorio son expuestos al alcohol y sometidos a test, cuestionarios y pruebas de imagen para ver qué ocurre en todas las fases del proceso. Cada paciente se sienta frente a la barra durante cinco meses, donde se ponen a prueba todos los sentidos involucrados. «Ven, huelen y sostienen en sus manos sus bebidas favoritas. Después unos toman semaglutida y otros, placebo», explica Leggio.

Su equipo está en plena recolección de los datos para confirmar la hipótesis sobre si los GLP reducen la adicción y por qué. Lleva más de un año involucrado en este ensayo, y hasta que no termine, no puede sacar conclusiones, ni ofrecer datos finales. Sin embargo, su sonrisa de satisfacción al otro lado de la pantalla durante la videollamada delata su optimismo. «No hemos tenido ningún problema de seguridad importante», confiesa.

Se trata de uno de los primeros trabajos «sobre el terreno» tras 10 años estudiando los efectos de los GLP en el campo de las adicciones. Destaca que han publicado investigaciones previas en modelos animales -«como otros grupos en Suecia»-, pero el objetivo del nuevo estudio es conocer la razón de la «eliminación del ansia por el alcohol».

Este es el punto compartido con muchas personas obesas: la impulsividad. También tienen en común el estigma y que se atribuya la condición a una elección personal, apunta el investigador italiano afincado en EEUU. «Se considera que son así -gordos y alcohólicos- porque quieren, sin reparar en la existencia de mecanismos neurofisiológicos que les empujan y son más fuertes que el autocontrol».

Uno y otro «son problemas de salud pública» que requieren de un enfoque terapéutico claro y «sin creencias limitantes». El científico pone sobre la mesa las cifras de la enfermedad alcohólica: hay casi 30 millones de estadounidenses con un problema de alcoholismo y se cobra al año más de 100.000 vidas. En nuestro país, se estima que hay un 6% de la población con problemas y mueren por trastornos relacionados con el alcohol unas 20.000 personas.

«Mientras tú y yo hemos estado hablando durante media hora, ya hay cientos de personas que han muerto en el mundo debido a problemas de adicción», espeta. «Si se pone el foco específico en alcohol es actualmente la principal causa de cirrosis hepática y la principal indicación para el trasplante de hígado. Así que sí: este es un enorme problema de salud pública».

Llevar la innovación a los pacientes

Aquí es donde se da la brecha que Leggio señala como un problema para los pacientes. «Mientras los investigadores analizamos problemas, planteamos soluciones y buscamos mejorar la vida de los pacientes, las administraciones abren una brecha entre nuestro trabajo y la mejoría de la vida de las personas: no les llega la innovación», denuncia.

Este es un asunto que le preocupa mucho a Leggio, en el que insiste a lo largo de la conversación. «Te va a sorprender que te diga que lo que espero a corto plazo es que recetar un GLP-1 para afrontar una adicción no se vea como un gasto, cuando sabemos que las consecuencias en términos económicos de no hacerlo son mucho mayores a largo plazo».

Durante cinco meses, los pacientes acudían a la barra para poner a prueba sus sentidos. Se sometían a test y pruebas de imagen

El neurocientífico asegura que si se echan las cuentas, sale rentable: «Es más barato recetar un GLP u otro medicamento que trasplantar un hígado». Y va más allá con los costes indirectos: «No debemos conformarnos con una persona enferma que no puede trabajar por su adicción: es más productiva para todos si lo hace». También aquí tiene las cifras que lo justifican: «Hace unos años calcularon que el costo para la sociedad era de unos 250.000 millones de dólares al año debido al alcohol».

Toda esa reclamación no le aparta de su objetivo: hallar biomarcadores biológicos en las adicciones, señales que le lleven a poder «escoger qué tratamiento es el mejor en cada caso». No se atreve a decir que sea una medicina personalizada -«que lo sería»-, pero sí permite ajustarse a lo que «frene o mejore» la situación de cada paciente. Aquí enumera alguna de las líneas de investigación que tiene su equipo entre manos: moduladores inflamatorios y neuroinmunes, el papel de una hormona hepática (FGF21) o incluso la vareniclina (usada para dejar el tabaco).

Leggio se atreve a apuntar hoy que, en términos de qué es lo más prometedor en el campo de las adicciones desde un punto de vista cuantitativo, sabemos más sobre GLP-1 aplicado a la dependencia del alcohol, seguido por los opioides y el tabaquismo. Y esto lo argumenta examinando los avances actuales: «Sabemos más simplemente porque tenemos más datos. No conocemos tanto sobre otros estimulantes, como el cannabis, porque se necesitan más estudios que no sean preclínicos».

¿Qué saben ya del efecto Ozempic en el cerebro contra las adicciones, como el alcohol?

De los GLP-1 ya han averiguado varias cosas. «El papel que juegan en el estrés a través de lo que llamamos el eje HPA, el eje hipotalámico-pituitario-adrenal. También, a través de efectos extra antiestrés y ansiolíticos, que también tienen un rol. Y, en cuarto lugar, los efectos antiinflamatorios neuromoduladores también juegan un papel importante».

Por eso, una de las tareas de su equipo es la investigación farmacoepidemiológica. «En este campo, la gente consulta los registros médicos electrónicos en busca de las huellas y las pistas que van dejando estas sustancias», dice. Con las hipótesis de esas informaciones ellos diseñan ensayos controlados aleatorios: «La buena noticia es que hay ensayos controlados aleatorios con GLP-1 que están a punto de concluir como el nuestro. También las compañías farmacéuticas están comenzando».

Leggio asegura que hay que superar las limitaciones para que entre todos -«la academia, el NIH, el gobierno y la industria farmacéutica», enumera- se puedan establecer las rutinas de ensayos clínicos que pongan luz a las zonas más oscuras de las adicciones. «Algunos apenas están comenzando. Así que todavía pasarán algunos años antes de que veamos los resultados», sostiene el científico, que mantiene el optimismo. «Ahora estamos más cerca que nunca de resolver el puzle».