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Filóloga por currículo, Ana Cela es la mujer que mejor lee entre líneas lo que el Museo Thyssen-Bornemisza necesita más allá de las imponentes obras de arte que llenan sus salas. De su mano llegó una auténtica revolución a lo que entonces era su tienda, la típica, con poco que aportar de novedoso. Hoy se ha convertido en un modelo de éxito y en un referente para todas las de su clase. «Cuando me hice cargo de ella facturaba unos dos millones de euros y poco después, tras una exposición exitosa, superó los cuatro», recuerda.
Fue cuando tuvo vía libre; al principio todo lo que compraba lo supervisaba la baronesa. «Dentro de la libertad que me ofrecieron, aprendí a adaptarme a sus gustos, fue un ten con ten. Y debo agradecerle que para ella la tienda sea muy importante y que siempre me haya apoyado. La conversación con la familia es ágil y muy cercana», afirma. Eso ha facilitado las cosas: «A los conservadores de los museos no les hace gracia ver sus obras en determinadas cosas. Aquí no tenemos ese problema», asegura. Por eso se pueden encontrar artículos desde un euro a los 9.000 que costó la reproducción de una lámina en la semana de ARCO. Lo último en llegar a las vitrinas, un juego de vasos de La Real Fábrica de Cristales de La Granja, y entre sus debilidades, una sopera de Yukiko Kitahara, de Taller Kuu, que convive con exquisitas mantas de Ezcaray, piezas de Lladró, de Candela Kort, Elena Rohner... «El verdadero lujo está en la alta artesanía», defiende.
Disfrutona y curiosa, como se define, lo tiene claro: «La tienda funciona porque estoy feliz aquí, es una extensión de mí».
- Su llegada al Thyssen lo cambió todo, ¿qué fue lo primero que entró en la tienda de su mano?
- Recuerdo mejor lo primero que salió: muchos calendarios. Después llegó la joyería textil; es algo personal, me encanta que se trabaje con otros materiales.
- ¿Qué tecla hay que pulsar para dejar atrás la concepción clásica de tienda de museo y convertirse en referente?
- Mira, existen proveedores muy buenos, donde consigues todo, de un lápiz a un pareo. Es lo fácil, pero a mí no me sirve; busco algo distinto. Soy inquieta, viajo mucho, y cuando voy a cualquier ciudad con museo, quizá me pierda una exposición, pero la tienda no se me escapa. Y lo que hay de diferente en esos lugares, y aquí mismo, tampoco.
- ¿Qué otras tiendas de museo tiene en sus pensamientos?
- Cuando empecé me fascinaban las de Londres, París... Hoy día ya no me sorprenden, quizá lo haga el mobiliario, pero no lo que contienen. Ni siquiera la del MoMA; es buenísima y ofrecen una selección exquisita, pero no desarrollan producto, sólo compran piezas de mercado. En eso nosotros nos diferenciamos.
- ¿Dónde encuentra inspiración para eso?
- En miles de sitios: una película, un libro, un paisaje, un sombrero que ves por la calle, tu propio bagaje... Y en los cuadros. Decidimos qué queremos y buscamos la mejor firma para hacerlo, siempre con una producción muy corta.
- ¿Cuánto supone la tienda para las arcas del Thyssen?
- Es una buena fuente de ingresos. El año pasado facturamos tres millones de euros de venta directa, y es espectacular cómo funcionan las colaboraciones y la gestión de los derechos de autor. Pero lo más importante es que resulta una forma de comunicar y llevar el museo a sitios adonde no llegaríamos de otro modo.
- ¿Hay algo que se le resista?
- La tienda online. Lo normal en estos casos es que sean sólo escaparates y es difícil incrementar las ventas. Estamos en proceso de cambiarla.
- ¿Su último empeño?
- Ando detrás de producir una cubertería, sería la primera.
- ¿Cómo se lleva con los Thyssen?
- Ahora veo menos a la baronesa, pero con Borja tengo casi un whatsapp diario.
- Todos copian su modelo, ¿qué será lo siguiente?
- No lo puedo decir, pero ya está en mente.



