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Sophie Demange (1983, Rouen, Francia) visita España la próxima semana con motivo de su participación en el Hay Festival (en Sevilla el 17 de febrero) coincidiendo con la publicación en nuestro país por la editorial Siruela de Las carniceras, una novela que ha sido un éxito en Francia y que ha generado un intenso debate por su carga simbólica y su violencia deliberadamente exagerada. Pero más allá del libro, Demange arrastra una larga trayectoria de trabajo con asociaciones humanitarias que atienden a personas sin hogar, trabajadoras sexuales, menores no acompañados y niños con diversidad funcional, un compromiso que atraviesa de forma evidente su escritura y su mirada sobre el mundo.
La entrevista se desarrolla en español, lengua que la autora no practicaba desde hace casi 20 años y que, aun así, maneja con soltura y naturalidad (al final, ella misma preguntará, con una mezcla de pudor y humor, qué tal ha estado su español. La respuesta: lo suficiententemente bien como para que todos sus futuros entrevistadores españoles lo celebren encantados). Amable, cercana y declaradamente enamorada de España y en general lo hispano, Sophie Demange habla hoy con una serenidad de la que sin embargo, no puede disfrutar a menudo debido a la propia naturaleza de su trabajo.
- Si yo no supiera nada de ti y leyese la novela, me parecería simplemente una ficción que podría imaginar en formato serie. Pero con la información biográfica disponible, son evidentes los lazos entre la novela y las cuestiones que te preocupan y te ocupan profesionalmente. ¿En qué momento decides escribir Las carniceras y cómo encaja con tu trabajo con víctimas de violencia sexual, niños vulnerables y personas en riesgo?
- Cuando empecé a escribir esta novela ya no podía más. Soy directora de centros que acogen a niños y niñas que han sufrido muchos tipos de violencia. Como directora tengo que decir a los profesionales: "Sí, lo vamos a lograr, todo va a ir bien", y ayudarlos también a soportar esa violencia. Pero cuando regreso a casa, yo también necesito sacar mi rabia. Por eso empecé a escribir esta novela, aunque encontrar tiempo no era fácil: trabajo 40 horas a la semana, tengo hijos, tengo mi vida. Pero sentía una urgencia muy fuerte por sacar esa rabia. Empecé a imaginar esta historia de mujeres carniceras porque la carnicería se convirtió para mí en un lugar de catarsis, un espacio donde volcar esa rabia. Es una forma de alegría violenta frente a la violencia contra las mujeres.
- ¿Te ha servido para lo que esperabas? ¿Ha sido terapéutico escribirla?
- No sé si totalmente terapéutico, pero sí me ha hecho bien. Como catarsis es muy útil y así lo utilizo en mi vida. La ficción lo permite, y también el aspecto cómico. Para mí, reír es una manera de combatir. Uso la risa para sacar mi rabia y también para vengarme, pero a través de la escritura.
- En tu día a día, más allá de la novela, ¿qué es lo que más rabia te da?
- La injusticia, claramente. Cuando una mujer o una niña denuncia una violencia, muchas veces nadie la escucha y además no hay justicia. En Francia, y creo que en España es parecido, los tiempos judiciales son muy largos, demasiado largos. Pero lo peor es cuando no se la cree, cuando no hay un lugar donde escucharla. Eso es lo más difícil para mí. De ahí nace también la necesidad de la sororidad, porque entre mujeres sí nos escuchamos y nos creemos.
- Da la sensación de que, en lugar de avanzar, estamos retrocediendo en cuestiones de igualdad, especialmente entre las generaciones más jóvenes. ¿Lo percibís así en Francia?
- Sí, compartimos ese sentimiento. Lo interesante es que muchas mujeres mayores han leído Las carniceras y les ha gustado mucho, mientras que algunas mujeres jóvenes me han hablado en términos morales, como si no tuviéramos derecho a hacer una ficción que dice "somos poderosas y no aguantamos más". Creo que a la generación más joven hay que educarla en la idea de que la violencia hacia la mujer es inaceptable.
- De hecho, ¿qué tipo de reacciones ha provocado la publicación de la novela en Francia? ¿Alguna te ha sorprendido especialmente?
- Las reacciones han sido bastante buenas. La novela ha tenido éxito y eso es un gusto para mí. También ha habido mujeres que me han dicho cosas como: "Yo no tengo este tipo de problemas porque no salgo sola de noche" o "no me pasa porque no me visto así". Aunque no diría que esto me haya sorprendido, porque sé que muchas mujeres piensan así y se protegen todo el tiempo: cómo se visten, si salen o no salen. Han integrado la idea de que pueden estar amenazadas constantemente. Tengo amigas que me dicen que ahora, cerca de los cincuenta, se sienten mejor porque por fin pueden salir a la calle sin miedo. Eso me entristece mucho, pero es una realidad.
- ¿Hay algún proyecto de adaptación audiovisual de Las carniceras?
- Sí. De hecho, cuando empecé a escribir, lo hice pensando en una serie. Después me aconsejaron hacer una novela, pero desde el principio yo lo veía en imágenes. Tengo una agencia que me acompaña y que trabaja también en España, y está buscando una adaptación para cine o serie. Me gustaría mucho que fuera en español, porque me encanta este idioma. Creo además que la sociedad española está más preparada para acoger Las carniceras que la francesa. Me parece que la militancia feminista en España es más avanzada que en Francia.
- ¿Ha habido personas que se hayan sentido atacadas por el libro?
- Puede ser. Quizá algunos hombres que además no habrán leído la novela. También puede que a algunas mujeres les hayan dado miedo personajes como las carniceras. Mi novela tiene un aspecto radical y lo radical puede dar miedo a algunas personas. Aun así, he recibido muchos testimonios de mujeres que me han dicho que la novela les ha hecho mucho bien, que han sentido un gran placer y un alivio inmenso al leerla.
- Vamos, que en cierto modo ellas han vivido lo mismo que tú buscabas al escribirla.
- Sí, totalmente. He recibido muchos testimonios así.
- Uno de los aspectos más novedosos del libro es la expresión abierta de la ira femenina, algo que culturalmente suele estar vedado.
- Sí, es un punto esencial. La ira parece un derecho de los hombres. A la mujer se le pide ser discreta, sonreír, no decir lo que sufre. La ira se considera un sentimiento viril. Por eso la carnicería es tan simbólica: un lugar tradicionalmente masculino que pasa a convertirse, en la novela, en un lugar de mujeres, igual que la ira.
- Tu vida cotidiana está marcada por situaciones muy duras. ¿Cómo consigues liberarte de todo eso?
- Hace años que escribo. Necesito escribir para manejar estas emociones. Además, salgo, hago fiestas, hablo con mis amigas. Pero la escritura es un medio muy útil para mí porque puedo hacerlo sola, incluso de noche, en la cama. Es un espacio muy personal. Ahora estoy escribiendo también sobre la explotación sexual de niñas.
- ¿Entonces la escritura ya estaba ahí antes de la novela?
- Sí, escribía para sacar ideas, para relajarme, aunque no tenía un proyecto de novela. Ahora trabajo con proyectos más estructurados y eso es muy interesante. No lo resuelve todo, pero me ayuda mucho.
- ¿Te ha cambiado esta novela?
- No me siento diferente, pero estoy muy feliz de haber encontrado un espacio para dejar testimonio. Publicar una novela es muy difícil, así que es casi un lujo poder hacerlo. Quiero aprovechar este espacio para expresarme, para escribir novelas que puedan ser leídas por mucha gente. La ficción llega a más personas, también a hombres. La mezcla de comedia, oscuridad y relato policial toca a públicos muy diversos. Reír también tiene algo popular y eso es un espacio riquísimo para mí.
- ¿Crees que la ficción puede cambiar sensibilidades?
- Sí, porque pone distancia y eso facilita que algunas personas puedan aceptar la realidad.
- Tú trabajas con niños con diversidad funcional. ¿Con qué tipo de realidades te encuentras?
- Son niños cuyos padres no pueden ayudarles y viven en estructuras, en instituciones. Han sido víctimas de muchos tipos de violencia, especialmente sexual. Tienen fragilidades psicológicas, físicas y mentales. Trabajar con ellos me hace ver la violencia sistémica, sistemas que se repiten una y otra vez y que son muy difíciles de combatir.
- ¿Qué se puede hacer frente a eso?
- Cambiar los lugares de poder y de decisión. El arte y la literatura pueden ayudar, pero también es fundamental que las mujeres ocupen espacios políticos y de responsabilidad.
- ¿Hay algún motivo para la esperanza?
- En Francia hay ahora una ley que protege a los niños cuando denuncian violencia y permite alejarlos inmediatamente del agresor. Antes tenían que esperar todo el proceso judicial, que es muy largo. También se avanza en el tema del incesto, aunque demasiado despacio. Se habla más, hay más testimonios y más textos literarios que lo denuncian. Avanzamos, poco a poco.
- Al menos ahora se denuncia más.
- Sí, hablamos más. A veces no nos escuchan, pero avanzamos.

