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De la complexión infantil de Nadia Comaneci a la hipermusculada Simone Biles. Por qué y para qué han cambiado los cuerpos de las gimnastas olímpicas

Una de las revoluciones que ha vivido el deporte en el último medio siglo no está relacionada con los reglamentos ni con la tecnología, sino con los cuerpos de los deportistas. En la gimnasia femenina esos cambios escriben una larga historia que, además de éxitos, suma no pocos sufrimientos.

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Simone Biles (izq.) sobre la barra de equilibrios en los Juegos Olímpicos de París 2024 y Nadia Comaneci en los Juegos de Montreal en 1976.
Simone Biles (izq.) sobre la barra de equilibrios en los Juegos Olímpicos de París 2024 y Nadia Comaneci en los Juegos de Montreal en 1976.FOTO: Getty Images

Hace mucho que la evolución de los cuerpos de los deportistas a lo largo del tiempo se analiza -con indisimulado solaz- en los medios de comunicación. Hay algo irresistiblemente atractivo en comparar a los atletas del ayer con los del presente, algo que casi siempre se nos presenta como una victoria del sentido común sobre la ignorancia (del pasado). En remo, por ejemplo, sabemos que las deportistas que practican este deporte son hoy mucho más altas que antaño. De lógica, ¿no? Cuanto más alta eres, más lejos llegas con los remos y más tiempo pasan éstos dentro del agua, con lo cual mueves más distancia la embarcación. Lo anterior viene a ilustrar que, al final, son las leyes de la física más elemental las que se han subido al podio.

El cambio físico es más que evidente en la gimnasia artística femenina. Nada que ver las complexiones de las actuales líderes de esta disciplina con las que se exhibían en los Juegos Olímpicos de Montreal de 1976, donde arrasó la mítica Nadia Comaneci (la rumana de 14 años obtuvo la primera calificación perfecta, un 10, en la historia de la gimnasia). Las figuras supermusculadas, con un tren superior muy desarrollado y un cuello fuerte como el de un piloto de Fórmula 1 de hoy poco tienen que ver con los cuerpos infantiles del pasado, hiperflexibles, superligeros, pero por su propio peso, menos capacitados para las grandes proezas (tal y como las entendemos hoy, claro). Esto se deja notar aún hoy en disciplinas como el potro donde, como señalaban los comentaristas de televisión española durante las eliminatorias, las gimnastas chinas, más pequeñas y por tanto menos pesadas, se impulsan menos que el resto.

Al principio fueron gráciles duendes...

Por supuesto, cuanto más nos retrotraemos en el tiempo, más diferencias físicas encontramos. En Ballerinas and Pixies: a Genealogy of the Changing Female Gymnastics Body (bailarinas y duendecillos: una genealogía del cambiante cuerpo de las gimnastas), Natalie Barker-Ruchti, de la Universidad de Basilea (Suiza), examina esa evolución. "Hasta finales de la década de 1960, la gimnasia artística femenina consistía en mujeres maduras que realizaban suaves ejercicios tipo ballet, emocionales, expresivos y elegantes. Pero en la década de 1970, las actuaciones y los cuerpos de las gimnastas cambiaron drásticamente. Gimnastas jóvenes y sexualmente subdesarrolladas comenzaron a ejecutar rutinas acrobáticas y arriesgadas que consistían en complejas combinaciones de elementos gimnásticos en el aire".

El podio olímpico de la disciplina de barra de equilibrio de 1960 en Roma. La soviética nacida en Ucrania Larisa Latynina, la checa Eva Bosakova y la soviética nacida en Rusia Sofia Muratova.
El podio olímpico de la disciplina de barra de equilibrio de 1960 en Roma. La soviética nacida en Ucrania Larisa Latynina, la checa Eva Bosakova y la soviética nacida en Rusia Sofia Muratova.FOTO: Hulton Archive/Getty Images

La tendencia a la realización de acrobacias, añade Barker-Ruchti, surgió en la antigua Unión Soviética. "En ese contexto político específico, una atmósfera deportiva altamente competitiva, ambiciosa e ingeniosa fomentó el desarrollo de la tendencia acrobática en los países del bloque del Este y más tarde en Occidente", añade.

En medio de la Comaneci-fever de mediados de los años 70 empezó a circular la información sobre la supuesta fórmula que los países de la órbita soviética utilizaban para alargar la vida útil de sus gimnastas, manteniéndolas el máximo tiempo posible sexualmente inmaduras, en una especie de infancia suspendida. A la difusión y aceptación de estas informaciones contribuyó en gran medida, de hecho, el que la propia Comaneci obtuviese las simpatías del público mundial no sólo por su destreza sobre asimétricas (hoy paralelas) o barra, sino por lo seria que solía aparecer en la pantalla de televisión, lo cual fue rápidamente interpretado como tristeza y le valió el sobrenombre de la gimnasta de la mirada triste.

De lo anterior se dedujo, con la clásica retórica de la época, que Nadia Comaneci estaba siendo maltratada por sus entrenadores, sometida a extenuantes entrenamientos, a una disciplina de tipo militar, probablemente medicada para que su pubertad no se llevase por delante sus éxitos deportivos. Y la opinión pública empezó a leer todos los éxitos deportivos de las aniñadas hijas de la Unión Soviética y adláteres como el resultado de una sistemática combinación de misteriosas sustancias químicas.

Y la verdad es que no hacía falta. La gimnasia femenina de alta competición, practicada a menudo por chicas muy jóvenes (ahora la edad mínima para competir es de 16 años y es habitual ver a mayores de 20 compitiendo -la propia Biles tiene ya 27 años- pero hasta no hace tanto, era normal ver a gimnastas menores de 16 años en los campeonatos), la estricta dieta orientada a no subir de peso (lo que conlleva una cantidad mínima de grasa corporal) y las largas sesiones de entrenamiento pueden conducir a la amenorrea (desaparición de la menstruación), que en los casos de las más jóvenes puede manifestarse con el retraso de la primera menstruación (la menarquia) hasta más allá de los 20 años.

La delgadez como máxima ambición

Pese a toda la rumorología y la alarma (fundada) por parte de médicos deportivos y prensa especializada, esa figura de la gimnasta-niña siguió siendo la hegemónica durante décadas. Y no sólo en la Europa del Este. Dominique Moceanu (Hollywood 1981), campeona olímpica por Estados Unidos en 1996 (Atlanta) en el concurso por equipos de gimnasia artística, ha denunciado que sus entrenadores la avergonzaron por su cuerpo (lo que hoy se conoce como body shaming) y la amenazaron de manera sistemática para que perdiera peso.

Dominique Moceanu vuela sobre la barra de equilibrio en las Olimpiadas de Atlanta (1996).
Dominique Moceanu vuela sobre la barra de equilibrio en las Olimpiadas de Atlanta (1996).GETTY IMAGES

Moceanu tenía 14 años cuando ganó el oro en las Olimpiadas. Pero, según ha contado, para llegar ahí fue necesario superar abusos por parte de sus entrenadores, Martha y Béla Kérolyi. En 2016 le decía a People: "Los métodos que usaban de amenazas, vergüenza corporal y humillación como táctica para motivarte a rendir mejor, o insultarte por estar gordo o tener sobrepeso eran fórmulas de abuso fisiológico y emocional". "Eso no genera éxito para los atletas", añadía, "ganar en esas condiciones es una excepción, fue pura supervivencia".

En otros casos, la cosa puede ser peor. A la gimnasta Shawn Johnson (1992), por ejemplo, los efectos de la intensa exigencia le fabricaron una anorexia que la llevó a ingerir tan sólo 700 kilocalorias diarias. En su peor momento, en Pekín 2008, la enfermedad no impidió que se hiciera con tres medallas de plata. "Comenzar a morirme de hambre y a poner en peligro mi rendimiento, pero aun así ganar una medalla, es probablemente una de las peores cosas que me pudieron pasar", ha dicho.

El cuerpo de Simone Biles hay que alimentarlo

Aunque Dominique Moceanu cree que ese tipo de presiones podría seguir dándose hoy, dice que la anima el hecho de que el estándar de imagen corporal de las gimnastas haya empezado a cambiar hacia un modelo más saludable. "Hay que tener piernas y un tronco muy poderosos para manejar y mantener el nivel de dificultad que requiere hoy este deporte. Pero con esa masa muscular también tienen que mantenerse delgados para poder realizar sus habilidades sin lesionarse". De ahí deduce que la nutrición de las gimnastas es hoy más equilibrada que antaño. Ya no se trata de estar delgada a toda costa. También hay que estar fuerte. Y eso no lo consigues con una hoja de lechuga.

Simone Biles, durante su ejercicio de suelo en la final por equipos de París 2024.
Simone Biles, durante su ejercicio de suelo en la final por equipos de París 2024.GETTY IMAGES

Simone Biles, por ejemplo, mide 1,42 m y pesa 48 kilos, una relación altura-peso que hubiera espantado a los entrenadores de Nadia Comaneci u Olga Korbut (dos oros en Múnich 1972, la gimnasta soviética medía 1,52 m y pesaba 38 kilos). Por supuesto, encontrar algo de grasa en esos 48 kilos es una misión imposible, que no acometería ni el mismísimo Ethan Hunt. Biles ya ha dicho lo que come. Se lo contó con todo detalle a una revista estadounidense en 2021. Nos quedamos sólo con su cena favorita después de darle al músculo en algún campeonato: "Ni siquiera importa si gano o no; después de cada competición me como una pizza", dijo. "Una pizza de pepperoni".