COLUMNISTAS
Los 40 y tantos golpes

Es el dinero, idiota, lo único que importa

Todos los periodistas han soñado con un Jeff Bezos que comprara su medio y lo regara de pasta y recursos para ser como el equipo de fútbol de provincias llevado a la gloria por el jeque. Esta semana 'The Washington Post' ha despedido a 300 empleados.

Carl Bernstein (izda.) y Bob Woodward (dcha.), en 1973, cuando el 'Post' era lo que más molaba.
Carl Bernstein (izda.) y Bob Woodward (dcha.), en 1973, cuando el 'Post' era lo que más molaba.AP
Actualizado
Audio generado con IA

¿Se imaginan a un cirujano al que en el quirófano le comunican su despido? Eso fue lo que le sucedió a Lizzie Johnson, una buena reportera que, mientras soportaba un bombardeo ruso en las afueras de Kiev sin agua, calefacción y electricidad, recibió un email procedente del departamento de Recursos Humanos de su periódico, The Washington Post, en el que se le comunicaba que estaba despedida. Era una de los 300 periodistas fulminados a lo largo de esta semana en el diario, un tercio de la plantilla.

Este no es un artículo sobre lo mal que está la prensa o del impacto emocional que provoca en la profesión la crisis del Post, la publicación que destapó el Watergate y que tanto influyó, hasta incluso en el vesturario, en los periodistas españoles de la Transición, sino que va de otra cosa.

Hace nueve años cualquier periodista, desde Madrid hasta Nairobi, soñaba con que un Jeff Bezos bis comprara el medio en el que trabajaba. Que alguien con el dinero por castigo sin servidumbres políticas ni accionistas nerviosos se hiciera con una marca periodística para resucitarla era tan codiciado como el jeque que promete para tu equipo de provincias fichajes de brasileños y croatas anunciados por Fabrizio Romano. El parné en una redacción no sólo da independencia, sino mejor plantilla, más tiempo para trabajar y tecnología. Bezos cumplió. Mantuvo al gran Martin Baron como director, contrató gente y no miró la cuenta de resultados. Bajo su reinado, el Post adoptó su vigente y ampuloso lema: La democracia muere en la oscuridad. Pronto el periódico superó en prestigio al todopoderoso The New York Times y ofreció a sus lectores la mejor app móvil de la prensa mundial. Cómo no iba a molar. Pero aun hay más. Bezos aguantó con aplomo las presiones de Trump sobre sus redactores a lo largo de su primer mandato y fue contundente en la defensa de su columnista Jamal Khashoggi, asesinado por un enemigo que pronto se vengaría (se cree que el servicio de inteligencia saudí filtró las fotos de la relación extramatrimonial de Bezos que provocó su divorcio multimillonario).

Hasta yo hubiera besado su calva.

Pero un día, como en el final chapucero de Juego de tronos, Bezos renunció de repente al objetivo de un verdadero periódico: ser un proyecto intelectual. Dinamitó la linea editorial, cambió los mandos y colocó columnistas menos agresivos con Trump. El lector se desorientó y el Post perdió un 10% de sus suscriptores.

Hasta que la señorita o señora Johnson recibió el susodicho correo.

¿Qué ha pasado para que una persona que tiene 250.000 millones de dólares diga que ahora le duele perder casi 100 en el faro que nos iba a alumbrar frente a las tinieblas? Habrá quienes defiendan que uno hace lo que le da la gana con su dinero. Tienen razón. Lo que es ridículo es haberse creído que quien tiene más dinero del que nadie ha soñado no va a seguir queriendo tener más. Se puede ser malvado, se puede ser tacaño, pero un multimillonario no puede ser codicioso. Está feo.