Estás estudiando como nunca lo has hecho. Llevas semanas sin levantar los codos de la mesa. Apenas sales para merodear por la nevera, comisquear algo y recitar lo estudiado en voz baja mientras deambulas sin rumbo por la casa y luego regresas a tu cueva llena de papeles con integrales y derivadas, de esquemas en distintos colores, de apuntes subrayados y capuchas de boli mordidas. Y así un día. Y otro. Y una semana. Y otra.
Es porque tienes un sueño. Es porque -por fin- tienes un sueño y te has propuesto agarrarlo.
Es muy probable que tú no leas esta columna, pero acaso tu madre o tu padre sí. Y acaso asientan, mientras tú continúas al otro lado de la pared donde te devanas los sesos. Y acaso tengan memoria y se acuerden de cuando ellos hicieron la selectividad y solo pedían un 5 en Matemáticas o un 6 en Periodismo. Y acaso se indignen de rabia porque -a pesar de tu esfuerzo de años, a pesar de que te has hartado de escuchar «estudia y lo tendrás», a pesar de tu ocho y pico de media en el Bachillerato, decía- es probable que la nota de la EVAU no te alcance para el sueño.
Te costó decidirte por algo. Siempre que te preguntaban, decías que no sabías lo que te gustaba. Hasta que, hace muy poco, sorprendiste a todos con que querías estudiar aquello. Tus padres te animaron. Tu tutor te animó porque eres muy buen estudiante. Te animó tu profesora favorita. Y ahora que estás a muerte con ello, ahora que estás encerrado en tu habitación como un penitente, ahora que has elegido; el sistema está a punto de convertirte en un deselegido.
Yo te digo que eres la munición -y la carne de cañón y la víctima y el daño colateral- de un aparataje administrativo al que no le preocupan los chavales, pero sí la perpetuidad de un negocio descomunal. Que no estamos ante un fallo estructural (que muchas notas de corte sean inalcanzables), sino ante una estrategia que, cada año, sacrifica a decenas de miles de alumnos para mayor ganancia de las universidades privadas.
Yo te digo que si, cada mes de junio, la población adulta tuviese que sufrir una rapa das bestas semejante -tan injusta e insidiosa, tan asimétrica en lo territorial y tan frustrante en lo personal- seguramente las calles estarían llenas de votantes y, más pronto que tarde, acabaría este juego del calamar. Pero el sistema sabe que, cada año, la fresca carne de cañón se renueva, y que los que saltan la valla de la EVAU ya no miran atrás.
Te digo todo lo anterior.
Pero también te digo que nada terminará cuando te den la nota, sino que todo dará comienzo.
Que recuerdes que es mejor un 11 con la cabeza alta que un 12 envidioso por no ser un 13. Que te pueden robar la décima que te falta, la carrera que querías, los planes del curso que viene, tu sueño acaso.
Pero que nadie te puede robar lo mejor del mundo, hijo, que es vivir un verano a la edad de los 18 años.

