INTERNACIONAL
Gran Angular

Los peligros de un mundo rendido a los pies de un muy voluble Donald Trump

La escenificada pleitesía de Europa refleja cómo funciona hoy el orden global, mientras la obsesión del presidente estadounidense por el Nobel de la Paz choca con la frívola diplomacia de la Casa Blanca

Donald Trump recibe en la Casa Blanca a los líderes europeos en una cumbre.
Donald Trump recibe en la Casa Blanca a los líderes europeos en una cumbre por la paz en Ucrania, el lunes.Efe
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"Es extraordinario que, de un día para otro, no uno ni dos, sino siete líderes europeos, abandonaran todo lo que estaban haciendo y volaran al otro lado del océano para unirse a Zelenski y presionar a Trump para presentar una causa unificada". Las palabras de Eric Ciaramella, miembro del Carnegie Endowment for International Peace, el think tank con sede en Washington, reflejan la sorpresa agradable que supuso para muchos este golpe de diplomacia exprés que Donald Trump se sacó de la manga en cuestión de horas.

Karoline Leavitt, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, lo describió como una ruptura con el statu quo imperante. "Gracias a los esfuerzos del presidente Trump, finalmente tenemos movimiento después de años de estancamiento", presumió.

El problema es que después de la histórica cumbre en Alaska y de la extraordinaria escenificación de mandatarios de Europa y de la OTAN, no ha quedado más que humo. Ni Vladimir Putin parece dispuesto a cesar los bombardeos -que se han multiplicado en las últimas jornadas- ni a abandonar el espacio conquistado en Ucrania, ni Volodimir Zelenski preparado para aceptar unas condiciones de intercambio de territorios que supondrían una derrota humillante para su pueblo tras tres años y medio de terror, matanzas y coraje de sus soldados. Y lo que es peor, lo que ya era un secreto a voces: Putin ha salido reforzado, legitimado por Trump, pese a la orden de captura decretada por el Tribunal Penal Internacional por sus crímenes de guerra.

El inquilino del Kremlin gana tiempo, además, para continuar la guerra con su vecino con la impresión de no tenerse que preocupar por nuevas sanciones de Estados Unidos o Europa. Del alto el fuego que al principio parecía condición sine qua non para Trump ya ni se habla. Ahora dice el republicano que no es necesario. Que se lo digan a los soldados en el Donbás o en Zaporiyia. Es una diplomacia tosca y alocada que, de momento, no está dando resultado alguno y que deja el aire impregnado de un triunfalismo mentiroso en Washington.

La otra sensación que despide lo visto esta semana es que no hay nadie ahora mismo que ose desafiar a Trump en el panorama internacional. Putin se ha abierto a considerar una reunión a tres bandas con el presidente ucraniano tras viajar a Alaska e intercambiar sonrisas y halagos con el americano. Zelenski pasó por el aro y se puso un traje para volver a la Casa Blanca tras la humillante encerrona a la que le sometieron en su primera visita a Washington, cuestionando entonces hasta su manera de vestir. Y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en su viaje a la capital estadounidense en julio, llegó con un documento en el que le nominaba al Nobel de la Paz, pese a no haber conseguido un alto al fuego ni en Gaza ni en Ucrania.

Es evidente que Trump ha pasado de ser tratado casi como un paria en el globo hace no tanto, condenado por la Justicia y señalado por alentar el asalto al Capitolio en enero de 2021, la despedida de su primer mandato, a erigirse en emperador de un mundo obligado a rendirle pleitesía. Parece, no obstante, el único camino para evitar un escenario geopolítico aún más desfavorable y desesperanzador que el actual.

La pregunta de fondo es qué hay detrás de la repentina prisa por zanjar guerras tan complejas con evidentes cambios de actitud, reemplazando amenazas por halagos en la mesa de negociación. ¿Le mueve a Trump la angustia y el sufrimiento de millones de personas en Ucrania o Gaza, o la mera ambición personal, espoleado por la posibilidad, cada vez más real en su cabeza, de viajar a Oslo a recibir el Nobel de la Paz?

"Está claro que Trump quiere ser percibido como el gran pacificador, pero aún tiene que cumplir con sus promesas", dice a EL MUNDO Nicholas Cull, profesor de Diplomacia Pública en la Universidad del Sur de California (USC). "Su forma de operar es declarar y atribuirse éxitos que aún no ha conseguido. En casa puede declarar que ha salvado a la economía cuando la Bolsa sube, pero la política mundial no funciona así".

Ahí quedan los conflictos que clama haber resuelto en los siete meses que lleva en la Casa Blanca y que siguen en el alambre. Son los de Armenia y Azerbaiyán, Israel e Irán, la República Democrática del Congo y Ruanda, India y Pakistán, Egipto y Etiopía, Serbia y Kosovo, y Camboya y Tailandia. "Mi promedio es una guerra por mes", presumió el presidente en julio cuando se apuntó el tanto del alto al fuego entre las dos naciones del sudeste asiático, a pesar de que para alcanzar esa frágil tregua fueron mucho más decisivas otras potencias como Malasia o China.

Lo cierto es que entre el Congo y Ruanda la tensión persiste, lo mismo que entre Egipto y Etiopía y, por supuesto, entre Israel y Palestina. "Trump dijo que pararía la guerra de Ucrania en su primer día en la Casa Blanca y claramente no lo ha logrado. Han pasado siete meses. El mundo no es la economía americana", insiste Cull.

Ese afán de colgarse las medallas de forma prematura y sin fundamento lo atribuye a su obsesión con el Nobel. "Creo que aún le escuece que Barack Obama lo tenga", explica. "Eso es lo que le está volviendo loco. Pero ojalá que se lo mereciera. Sólo por ser un tipo complicado no significa que sus logros no puedan ser reconocidos, pero el problema es que no hay logros todavía que atribuirle".

Thomas Friedman, columnista de The New York Times, ve difícil lograr acuerdos de paz duraderos por la compleja naturaleza del republicano. La mera tarea de no incomodarle o irritarle, observa, ya resulta en sí una misión de un complejo equilibrio y un requisito imprescindible para encarar cualquier reunión con él. Hay que tratarle con la vaga prudencia de un caballo de cartón en el baño, que diría Luis Rosales. Bien lo sabe Zelenski, que llegó a Washington con la lección aprendida. Evitó caer en cualquier provocación y no dijo una palabra más alta que la otra. Además, dio las gracias hasta la saciedad para evitar que le acusaran de ingrato, como en su primera visita. Lo dijo 15 veces en los cinco minutos de encuentro en el Despacho Oval ante la prensa.

Por lo mismo pasaron los otros siete líderes europeos, incluyendo a la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, al primer ministro británico, Keir Starmer, y al secretario general de la OTAN, Mark Rutte, que, como apuntaba Ciaramella, dejaron sus obligaciones más inmediatas para volar hasta Washington y reunirse de urgencia con Trump.

"Para lidiar con asuntos de índole diplomática hace falta paciencia, y Trump tiene muy poca", apunta a este diario Michael Desch, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Notre Dame. "Tiene, además, la tendencia a hablar con demasiada libertad y asuntos tan graves no se solucionan de un día para otro".

El ego de Trump

La otra realidad, quizá aún más evidente para los analistas, es que el ego de Trump parece haber alcanzado máximos históricos. Está convencido de que si Putin quiere lograr un acuerdo de paz no es para acabar con el infierno que puso en marcha en febrero de 2022 en Ucrania, sino para contentarle a él. Así se lo dijo al presidente francés, Emmanuel Macron, sin darse cuenta de que tenía el micrófono abierto en su encuentro del lunes. "Creo que quiere llegar a un acuerdo por mí. ¿Puedes entender eso? Aunque suene a locura".

En su mente debió quedar grabada la historia con la que volvió a casa desde Rusia uno de sus hombres de confianza, Steve Witkoff, el asesor que le acompañó en Alaska. Regresó con un "precioso retrato" de Trump que el mismo Putin había encargado como regalo para el magnate neoyorquino, y con el relato de cómo el líder ruso se había acercado a su iglesia local para rezar por el entonces candidato republicano cuando fue tiroteado durante un mitin electoral en Pensilvania. "No lo hizo porque fuera presidente de Estados Unidos o pudiera llegar a serlo, sino porque tenía una amistad con él y estaba orando por su amigo", relató Witkoff en una entrevista con el espinoso Tucker Carlson.

"Lo siento, pero si Putin realmente rezó por la vida de Trump, es porque sabe que ningún otro presidente estadounidense podría ser manipulado tan fácilmente", escribe Friedman. "Putin no busca, ni ha buscado nunca, la paz con Ucrania. Busca un pedazo de Ucrania; de hecho, toda Ucrania, si puede conseguirla".

Por los mismos derroteros discurre Peter van den Dungen, historiador de la paz y académico visitante del comité del Nobel de la Paz, que considera "ridícula" la idea de otorgarle el premio "al menos diplomático y el más antipacífico de los presidentes estadounidenses", uniéndose así a galardonados como Nelson Mandela, el Dalai Lama o Martin Luther King Jr. En su expediente -por mencionar sólo los logros de su segundo mandato- consta un desfile militar en Washington con tanques, misiles y aviones sobrevolando, coincidiendo con el día de su cumpleaños, y la orden ejecutiva de desmantelar el Instituto de Paz de EEUU como parte de la criba de personal en instituciones federales que llevó a cabo cuando aún se entendía con Elon Musk, el multimillonario sudafricano.

No obstante, a Cull no se le escapa que Europa tendrá casi imposible alcanzar un acuerdo con Rusia para poner fin a la guerra sin Estados Unidos. "No pueden pensar en operar por sí mismos sin la gran potencia, pero al mismo tiempo es un Estados Unidos cada vez menos confiable, peculiar cuando menos, de la mano de Trump. Él piensa que su reputación de tipo impredecible le hace que otros le traten con cuidado, sin saber qué va a hacer de antemano, pero esa táctica también contribuye a empeorar la situación".

Son los peligros de un mundo bajo la batuta de Trump, cada vez más respaldado por su entorno y sin frenos visibles a su ambición. A Macron, Zelenski y compañía no dudó en enseñarles la sala de souvenirs que tiene en la Casa Blanca para su parafernalia electoral. En una de las gorras decía "Trump 2028". Una señal de con quién se la están jugando.