- Directo Siga la última hora de las elecciones en EEUU
- Elecciones en EEUU Trump regresa a la Casa Blanca con una arrolladora victoria sobre Harris
Lo más positivo de la victoria de Donald Trump en las presidenciales de ayer es que los EEUU han evitado días o semanas de batallas judiciales y enfrentamientos civiles como los que desembocaron en el asalto al Congreso el 6 de enero de 2021.
A diferencia del pandemónium que tenía preparado de nuevo Trump de haber perdido, los demócratas aceptarán desconsolados, pero sin violencia, su derrota. Será una transición más pacífica en un país más polarizado que nunca y en un mundo más incierto e inestable.
Lo más negativo es que el elegido es un delincuente convicto que no acepta las reglas constitucionales, representa una amenaza para la democracia tal como la conocemos y, si cumple sus promesas electorales, cerrará la frontera a los emigrantes, arrastrará al mundo a nuevas guerras comerciales con adversarios y aliados, acelerará la victoria de Rusia sobre Ucrania y dará carta blanca al Gobierno de Benjamin Netanyahu para seguir con sus guerras en Oriente Próximo.
"Arreglaremos las fronteras, todo en este país", dijo Trump en sus primeras palabras como vencedor desde West Palm, Florida. "Hemos superado obstáculos que nadie consideraba posible... Gracias al pueblo estadounidense por elegirme el 47 presidente y el 45. Lucharé cada día por vosotros".
"Hemos ganado también el voto popular", añadió. "Muy bien. Me siento muy querido... Nos han dado un mandato sin precedentes. Hemos recuperado el control del Senado y parece que seguiremos controlando la Cámara de Representantes".
Tras derrotar a los principales dirigentes del partido republicano y transformarlo en un movimiento (MAGA) plegado a sus intereses personales, políticos y económicos, Trump se convierte en el primer presidente desde Grover Cleveland en 1892 que pierde la reelección tras un primer mandato y vuelve a ganar cuatro años después. Por segunda vez en ocho años, Trump derrota a la que hubiera sido la primera mujer en la Casa Blanca, tras haber derrotado hace ocho años a Hillary Clinton.
Los grandes medios responsables de la proyección de resultados en EEUU (sobre todo la agencia AP, el medio de referencia desde hace 170 años) confirmaron antes de las 3.00 de la madrugada (seis horas más en España) que Trump había superado la barrera de los 270 votos electorales para ganar.
A era hora temprana ya había ganado tres de los siete estados decisivos -Arizona, Georgia y Pensilvania- e iba por delante en los otros cuatro. Incluso en estados tan entregados a los demócratas como New Jersey o Nueva York, donde la victoria de Harris siempre ha estado asegurada, su ventaja sobre Trump ha sido inferior a la de Joe Biden en 2020.
A falta de conocer el voto definitivo para la nueva Cámara de Representantes, los republicanos habían recuperado el control del Senado y tenían la posibilidad de hacerse con el control de la Casa Blanca y de las dos cámaras del Congreso, lo que, unido a seis de los nueve jueces del Supremo conservadores (tres nombrados por Trump en su primera presidencia), refuerza su capacidad de acelerar la derechización del país y de la agenda nacional en los miles de nombramientos pendientes y en la legislación de los próximos cuatro años.
Las primeras explicaciones de la victoria de Trump tienen que ver con el voto de las mujeres y las minorías, y con el impacto de la inflación en millones de votantes de clase media y baja.
A la hora de la verdad, han votado menos jóvenes, mujeres, hispanos, asiáticos y negros a Harris que a Joe Biden en 2020 y la ventaja de Harris en las zonas urbanas no ha compensado su pérdida de votos (respecto a Biden en 2020) en las zonas rurales.
Según los datos preliminares de VoteCast, cuatro de cada 10 menores de 30 años votaron a Trump (tres en 2020) y ocho de cada 10 negros votaron a Harris (nueve a Biden en 2020). Según las encuestas a pie de urna citadas por la CNN, sólo un 45% de los hispanos votó a Harris (un 54% a Biden), un 38% de los asiáticos (un 56% a Biden) y un 42% de los menores de 30 años (un 55% a Biden).
La inflación y la inmigración, sobre todo la pérdida de poder adquisitivo de millones de ciudadanos, han tenido más tirón en el voto final que las banderas más importantes de la campaña de Harris, el aborto y la democracia, y los terceros candidatos (la verde Jill Stein, el independiente Cornel West y el libertario Chase Oliver), aunque no hayan arañado más del 1 al 3 por ciento del voto donde se presentaban, casi todo ese voto ha perjudicado a Harris.
Robert F. Kennedy, el tercer candidato con más apoyos, tiró la toalla hace semanas y se sumó a las filas de Trump, quien le ha prometido nada menos que la cartera de Sanidad en el nuevo gabinete.
Sin esperar a la confirmación oficial de la victoria de Trump, todo indica que su estrategia electoral, centrada en su base segura, ha sido más eficaz que la de Harris, empeñada en ampliar la base demócrata en el centro, entre los indecisos y entre los republicanos desencantados.
Con la victoria de Trump, es difícil que prosperen los procesos judiciales abiertos contra él por sus intentos de revertir por la fuerza los resultados de las elecciones de 2020. Durante cuatro años, vuelve a gozar de casi total impunidad y no se puede descartar que esos procesos tengan un final súbito con alguna medida presidencial.
Sobre las siete menos cuarto (hora de Madrid), Cedric Richmond, copresidente de la campaña de Harris, declaró en el cuartel general demócrata, en la universidad de Howard, que "la candidate no hablará esta noche" e invitó a sus desconsolados seguidores a irse a descansar. "Harris no hablará hasta mañana, cuando se hayan contado todos los votos que faltan", dijo.
No hay que ser meteorólogo para saber cómo soplaba el viento. El pesimismo en el equipo demócrata era evidente. Las palabras de Richmond parecían calcadas de las de John Podesta, responsable de la campaña de Hillary Clinton, ocho años antes.
Malas noticias.
Han ganado los que creen que Trump es un patriota y que los EEUU estarán más seguros con un presidente que vende proteccionismo, nacionalismo y xenofobia, que promete deportaciones en masa de emigrantes y acabar con la guerra de Ucrania en 24 horas.
Ganan los convencidos de que, hasta la pandemia de 2020, Trump, en su primera presidencia, tuvo más aciertos que errores. Todo indica que los aspectos más negativos de Trump -división, caos, apoyo a dictadores e iliberales, debilitamiento de alianzas, guerras comerciales, desinformación, mentiras, desprecio de la constitución, negacionismo del cambio climático, el asalto al Capitolio...- han importado menos que el malestar de muchos con la gestión de la Administración Biden desde 2020, de la que Harris, como vicepresidenta, no se podía separar.
Harris ha sufrido el castigo, aunque probablemente menos, que habría sufrido Biden de haberse mantenido como candidato tras su derrumbe físico en el primer debate, a finales de junio.
Harris, elegida candidata a dedo por el partido demócrata en julio, tuvo que improvisar imagen, campaña y programa en pocas semanas. No se ha enfrentado el 5 de noviembre sólo a Trump, sino a la pesada losa de un Biden muy impopular.
Como temían los demócratas, los procesos judiciales abiertos contra Trump no parecen haber hecho mella en su candidatura a la presidencia. Todo lo contrario, la imagen de víctima de una caza de brujas que él siempre ha utilizado para defenderse, puede haberle dado más votos todavía.
Harris se esforzó por despegarse de esa losa, pero no lo suficiente y nadie sabe si, de haberlo hecho, le habría ido mejor o peor. La mayor parte de los estadounidenses que la han votado, la mitad de la población, buscaba en ella continuidad, estabilidad y respeto de los principios que han hecho de los Estados Unidos la democracia más sólida de Occidente desde la Declaración de Independencia en 1776.
No ha sido suficiente.
Como advierten medios tan poco sospechosos de izquierdismo o marxismo como el Economist, con una nueva presidencia de Trump, que podría prolongarse ocho años con nuevas trampas legales o con un sucesor más trumpista y menos provocador que Trump como su vicepresidente, nos esperan unos Estados Unidos y un mundo más peligrosos.
Han desaparecido algunos de los principales contrapesos de 2016, su programa es una versión más extrema que el de hace ocho años y sus asesores hoy son incondicionales que no le frenarán en sus impulsos o instintos.
Sus planes fiscales dispararán la deuda y el déficit, sus promesas económicas son mucho más inflacionistas, su intención de imponer una tarifa general del 20% en todas las importaciones y de un 60% en las de China, de llevarse a cabo, auguran tensiones muy fuertes en el sistema internacional.
Si cumple su amenaza de sustituir a unos 50.000 funcionarios por leales, sobre todo en el departamento de Estado, debilitará la diplomacia y la política exterior estadounidenses. Si sustituye, como ha prometido, al presidente de la Reserva Federal antes de que termine su mandato, debilitará el dólar y pondrá en peligro otro pilar básico de la prosperidad y del liderazgo internacional de los EE.UU..
Si frena o retira la ayuda a Ucrania, dará toda la razón al presidente ruso, Vladimir Putin, que lleva dos años y medio esperándolo, premiará el recurso a la fuerza en la solución de los principales conflictos y causará una gran zozobra en las principales cancillerías europeas. El futuro del vínculo trasatlántico, si no está perdido del todo, está en serio peligro.
Concluyo este análisis apresurado con dos preguntas del Economist:
¿Qué aliado seguirá fiándose de las garantías nucleares de Estados Unidos si ni siquiera cumple las garantías convencionales limitadas ofrecidas a Kiev desde febrero de 2022?
¿Cómo fiarse de un presidente a quien la mitad de los miembros de sus gabinetes en la primera presidencia no le han apoyado esta vez, a quien el senador republicano más veterano le considera un ser humano despreciable y su ex jefe de personal (John Kelly) y su ex jefe de Estado Mayor, Mark Milley, le consideran "un fascista"?
