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Jill Stein, la ecologista independiente que puede aupar a Donald Trump

La candidata favorita de la comunidad musulmana puede costarle a Kamala Harris miles de votos fundamentales en estados como Michigan

Jill Stein posa con dos simpatizantes musulmanas en Phoenix la pasada semana.
Jill Stein posa con dos simpatizantes musulmanas en Phoenix la pasada semana.ROSS D. FRANKLINAP PHOTO
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Se lo han pedido, suplicado, implorado sus vecinos, amigos y conocidos. Miles de votantes, los líderes del Partido Demócrata e incluso su familia. Hasta los partidos verdes de media Europa han mandado mensajes y remitido comunicados recalcando la importancia de lo que está en juego. Pero Jill Stein, médico jubilada de 74 años y cantante de folk, los ha ignorado. Pase lo pase, su nombre estará en las papeletas electorales. Y si eso le cuesta las elecciones a Kamala Harris y permite que vuelva Donald Trump a la Casa Blanca, afirma, no será en absoluto su culpa.

En 2016, Stein logró casi 1,5 millones de votos. Y en los estados decisivos de Michigan, Wisconsin y Pensilvania su apoyo fue superior a los márgenes que le dieron la victoria a Trump. Algunas encuestas nacionales le dan ahora de nuevo en torno al 1% y es la favorita de la comunidad árabe en Michigan, el Estado con más población musulmana, porque su tema principal de campaña ha sido la guerra de Gaza y el apoyo de EEUU a Israel.

Es evidente que no tiene ninguna opción de ganar. Pero todo apunta a que podría hacer daño, a lo que se suman Cornel West, profesor de Filosofía que estaba en el ala más a la izquierda de los demócratas; Chase Oliver, libertario y con un 1% de intención de voto, y la socialista Claudia de la Cruz, los otros tres aspirantes que son más desconocidos.

En los dos últimos ciclos electorales, el promedio de votos que decidió los resultados en los siete estados bisagra fue inferior a 125.000. En Wisconsin, Trump ganó por 22.748 votos en 2016 y a Joe Biden por 20.682 en 2020. Arizona se decidió hace cuatro años por 10.000 y Georgia por 11.779. Y aunque es poco probable que un candidato de un tercer partido supere ese umbral, los votos de todos lo superarán en algunos estados.

Stein es conocida entre los activistas y los más movilizados políticamente, pero es un misterio a nivel nacional. A pesar de ser élite, con Harvard en su CV, es la que tiene un lenguaje más radical para los estándares de un país acostumbrado al extremismo por la derecha, pero huérfano de figuras en la izquierda.

Su público no son sólo los árabes americanos. Aunque la brecha de edad es enorme, hay un sector del voto de menos de 25 años con el que entronca. Así como el ala más a la izquierda del Partido Demócrata, que no simpatiza con la campaña centrista de Harris o que prefiera rodearse y dar voz a republicanas como Liz Chenney mientras veta cualquier mención a Palestina. Además, el planeta, el cambio climático y la contaminación han quedado completamente eclipsados.

En algunos mítines, Trump ha hablado de ella celebrando que cada voto que consigue se lo quita a su rival. Hasta los hijos de Stein han roto con ella, furiosos por su decisión de presentarse. "No cuenta con el apoyo de la familia", le ha dicho uno de ellos al New York Times. Si se impone el republicano, dicen sus detractores, todo lo que defiende Jill irá a peor, desde el clima y la protección medioambiental a la situación con Israel y Palestina. Ella responde que llevan décadas diciendo cosas parecidas y nunca cambia nada.

"Los partidos del establishment nos han fallado. Trabajan para Wall Street y la maquinaria bélica, gastando billones de dólares en guerras interminables mientras los trabajadores luchan y el mundo arde. Ya basta. Es hora de olvidarnos del mal menor y luchar por el bien mayor como si nuestras vidas dependieran de ello", dice la candidata.

Stein considera que los votantes demócratas son como un cónyuge atrapado en una relación tóxica "que constantemente pone excusas al comportamiento abusivo de su pareja" y cree que se ponen vendas en los ojos de forma infantil. Entre sus propuestas electorales está subir el salario mínimo hasta los 25 dólares la hora, condonar deuda universitaria a miles de alumnos y frenar de golpe la ayuda militar a Israel para "parar el genocidio". No puede estar en teoría más lejos de las políticas de Trump (aunque parece tener simpatías similares hacia Rusia) o la extrema derecha. Y, sin embargo, ex colaboradores del líder republicano han trabajado con ella o para ella en diversos estados. Y ha cosechado apoyos tan inesperados como el líder supremacista David Duke, conocido antisemita.

Badger Values PAC, un grupo pro Trump con sede en Texas, ha gastado más de 1,5 millones de dólares desde el 18 de octubre en anuncios, correos y llamadas telefónicas en apoyo de Stein y en contra de Harris en Wisconsin, según el USA Today.

Representantes de partidos verdes de Italia, Irlanda, España y otros 13 países han enviado una carta pidiendo a Stein que retire su candidatura y respalde a Harris por "el bien de la democracia" y para frenar el "autoritarismo de Trump". La respuesta, en sus redes sociales, no pudo ser más clara: "Hacemos un llamamiento a los verdes europeos para que dejen de apoyar el genocidio en Gaza y dejen de intentar suprimir la democracia en las elecciones estadounidenses". La relación de los verdes a ambos lados del Atlántico ya era mala por el diferente posicionamiento respecto a la guerra de Ucrania. Ahora es inexistente.

EEUU es un sistema bipartidista, pero tiene una larga tradición de candidatos independientes, algunos con bastante éxito. El caso más conocido es sin duda el del multimillonario Ross Perot, que en 1992 logró casi 20 millones de votos, un resultado histórico. En 1996, todavía consiguió ocho millones, pero su momento había pasado.

Hay más ejemplos importantes. El segregacionista gobernador de Alabama George Wallace sacó casi 10 millones de votos en las elecciones que ganó Nixon en 1968, siete veces más que lo que otro conocido partidario de la segregación, el senador Strom Thurmond, obtuvo 20 años antes. Más recientemente, el libertario Gary Johnson rozó los cuatro millones y medio de votos en las elecciones de 2016, las que ganó Trump. Por no hablar del célebre Ralph Nader, que se presentó nada menos que cuatro veces. Dos con el Partido Verde, el mismo de Stein, y otras dos como independiente o como reformista.

Stein, cuya única experiencia política más allá de campañas fue un puesto municipal en un pueblo de Massachusetts, pasó de menos de medio millón a millón y medio de papeletas entre 2012 y 2016, pero optó por no repetir en 2020, y su sustituta volvió a números mínimos. Por eso está de vuelta y con la misma determinación del primer día. Dice que si llegara al poder le daría a Julian Assange y Edward Snowden puestos en la Casa Blanca como agradecimiento por sus sacrificios.

A diferencia de otras veces, los demócratas están cargando contra ella. No frontalmente para no darle protagonismo adicional y convertirla en una figura nacional, pero sí a través de anuncios en los estados decisivos, con el lema clásico de que un voto para ella es un voto para Trump. O apuntando a su opción como vicepresidente, Butch Ware, acusándolo de tránsfobo o recalcando que sus posiciones sobre el aborto están más cerca de los republicanos que de cualquier posición progresista.

Por si fuera poco, diversas batallas legales lo han hecho todavía más confuso y turbio. En Ohio, por ejemplo, su nombre sale en la papeleta, pero los votos que reciba no serán contados, por llegar fuera de plazo la petición del cambio de nombre para vicepresidente. Igualmente, el Supremo de Nevada decretó por razones parecidas que allí no puede presentarse. Así que no estará en todas partes, pero sí en los estados decisivos, donde más daño puede hacer. Por mucho que amigos y enemigos la critiquen fieramente.