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Harris congrega 75.000 personas en el mismo lugar desde el que Trump animó a asaltar el Capitolio

La vicepresidenta asegura en su 'alegato final' de campaña que EEUU no se ha sacrificado para acabar "sometidos a la voluntad de un tirano de pacotilla"


Kamala Harris, en Washington, el 29 de octubre de 2024.
Kamala Harris, en Washington, el 29 de octubre de 2024.SAUL LOEBAFP
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Orden o caos, libertad o tiranía. "El de estas elecciones es el voto más importante seguramente que nunca hayáis depositado. Esta elección va más allá de escoger entre dos partidos y dos candidatos. Es una elección sobre si queremos un país con libertad para todos o uno gobernado por el caos y la división". Ese es el mensaje que ha lanzado este martes Kamala Harris desde el corazón de Washington, en su mitin más multitudinario y con mayor cobertura mediática, con la Casa Blanca detrás y el gran obelisco delante. "No somos un simple vehículo para los planes de un aspirante a dictador. EEUU es la idea más grande jamás concebida por la humanidad", ha dicho como réplica al nuevo mantra del líder republicano, que cree que la nación se ha convertido en "un enorme cubo de basura".

Hay pocos lugares en el mundo tan cargados de símbolos y simbolismo como el Mall de Washington DC, la zona que va del monumento a Lincoln al Capitolio y de la Casa Blanca al mausoleo de Jefferson. Es lo primero que le viene a la cabeza a millones de americanos cuando piensan en el Gobierno federal, en los Padres Fundadores y en la noción de patria y libertad. Allí es donde se honra a las instituciones, donde juran su cargo los presidentes, donde se manifiestan los descontentos, donde se protestan las guerras e injusticias. Pero también donde, en tiempos en los que la paz no está garantizada, se movilizan recursos y mandan los mensajes más importantes.

Cuando Charles L'Enfant presentó su Plan para la capital estadounidense al presidente George Washington incluyó todo tipo de figuras geométricas. Las más conocidas hoy son el Triángulo Federal, el Pentágono, el Museo Octagon House, the Washington Circle y, por supuesto, destacada, la Elipse, si bien su forma actual, al sur de la Casa Blanca, fue perfilada a finales del siglo XIX. Allí se establecieron soldados y ganado durante la Guerra Civil (1861-1865), se montaron depósitos y barracones en la Primera Guerra Mundial y oficinas de emergencia y baterías antiaéreas en la Segunda. Y allí es donde el 6 de enero de 2021 Donald Trump, en uno de los días más negros de la historia del país, animó a sus partidarios a marchar sobre el Capitolio para no aceptar el resultado de las urnas: "Luchamos con todas nuestras fuerzas. Y si no luchamos con todas nuestras fuerzas, ya no tendremos país", afirmó entonces instándolos a no asumir la derrota.

Cuando a las 13.10 de ese día Trump terminó su discurso, el asalto ya había empezado. Se lo comunicaron enseguida, pero no fue hasta las 16.17 cuando mandó un mensaje a sus partidarios usando su cuenta de Twitter para pedirles que se retiraran. Esos 187 minutos de infamia son a los que este martes, la vicepresidenta del país y candidata del Partido Demócrata a las elecciones, Kamala Harris, ha aludido una y otra vez en su esperado 'discurso de clausura' ante más de 75.000 personas, según la organización. "Hace casi 250 años, Estados Unidos nació cuando arrebatamos nuestra libertad a un mezquino tirano. A lo largo de las generaciones, los estadounidenses han preservado la libertad, la han ampliado y, al hacerlo, han demostrado al mundo que un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo es fuerte y puede perdurar. Quienes nos precedieron, los patriotas de Normandía y Selma, de Seneca Falls y Stonewall, en las granjas y en las fábricas, no lucharon, no se sacrificaron y no dieron la vida sólo para vernos ceder nuestras libertades fundamentales, sólo para vernos someternos a la voluntad de otro tirano de pacotilla", dijo Harris logrando las mayores ovaciones.

'Closing arguments' lo llaman en la política estadounidense, usando la terminología de los tribunales, algo familiar para la ex fiscal de California. Un alegato que en realidad no es el último, pues la campaña continúa hasta el próximo lunes, pero es el más simbólico. Históricamente ha sido cuando el aspirante resumía su estrategia, sus prioridades; recapitulaba sus virtudes y promesas. Pero también la ocasión de dejar visto para sentencia a su rival.

Harris empezó esta carrera extraña, atípica, en julio con un mensaje centrado en el optimismo, la esperanza, la recuperación, la unidad. Pero ahora que quedan menos de siete días para las elecciones, ha recuperado la esencia que usaron con muy diferente éxito Hillary Clinton o Joe Biden antes: Trump es "un fascista", un "peligro", la "mayor amenaza para la historia de la democracia". Y eso, en este país, y en ese lugar casi sagrado, son palabras mayores.

Tácticamente no tiene sentido a priori para una aspirante demócrata hacer campaña en la capital, un 'feudo azul', y menos cuando queda tan poco tiempo y hay tantos estados bisagra en juego. Siete nada menos: Arizona, Nevada, Wisconsin, Michigan, Carolina del Norte, Georgia y especialmente Pensilvania. Pero si algo distingue a Harris de Biden, al menos en términos electorales, es que ha demostrado que para ellos los símbolos y sus dos termas principales de discurso, el aborto y el ataque a las instituciones en 2020 (los únicos realmente sólidos, en los que no zozobra, cambia de idea ni necesita prompter para pronunciarse) son realmente prioritarios.

Es por eso que fue a Houston, en el corazón de Texas, el pasado lunes para hablar de derechos reproductivos junto a Beyoncé, a pesar de que no tienen opciones de ganar ese estado. Por eso fue antes a Florida en el 50º aniversario de Roe vs Wade, la sentencia que desde 1973 hasta 2022 sentó la base legal para poder abortar en EEUU, hasta que el Tribunal Supremo controlado por la mayoría conservadora la revocó. O a Tennessee a hablar de control de armas. La victoria esos días no estaba en las urnas, como no lo está este martes en Washington, territorio completamente demócrata pase lo que pase. Sino que está en la cobertura mediática, en la atención del país, en no dejar que la cuestión quede en segundo plano. Por eso Harris escogió el Mall, escogió la Elipse. Y por eso, también, decenas de miles de personas decidieron acompañarla en una tarde de noviembre.

Jennifer O'Malley Dillon, su jefa de campaña, explicó horas antes de que la vicepresidenta subiera al escenario, con la Casa Blanca de fondo, pero sin rastro de Joe Biden, apartado sin piedad de los mítines, que el mensaje tenía como destinatarios a los millones de indecisos, en cuyas manos está todo. El objetivo era ofrecerles "una nueva generación de liderazgo", completamente ajena a Trump, pero también alejada de Biden, políticos ambos en torno a los 80 años de edad.

Su intervención siguió en líneas generales el guion clásico, lo que se ha visto de costa a costa. Un toque de su biografía, hija de emigrantes y clase media. Un toque de lo que la inspiró. Promesas de una agenda económica de oportunidades y futuro, con un coste de la vida asumible. Y el compromiso, calcado al de cualquier candidato, siempre, de unir al país y superar el partidismo. Pero el corazón fue la oposición frontal al proyecto republicano. Mientras ella insistía en que EEUU es el mejor país del mundo, y pedía la confianza de los indecisos para "empezar a escribir el siguiente capítulo de la historia más extraordinaria jamás contada", su rival, en un mitin en Pensilvania, insistía en la visión distópica y apocalíptica de un EEUU convertido en "cubo de basura", inseguro y peligroso, dominado por bandas criminales.

Harris apunta a casi todos los colectivos posibles, de afroamericanos a latinos, pero sobre todo a las mujeres blancas con estudios superiores y a los hombres blancos en general, el colectivo clave en la mayoría de los estados en liza. Los grandes ausentes son los árabes y musulmanes, importantes en Michigan por ejemplo, a los que sistemáticamente ignoran porque el apoyo a Israel es innegociable y sin ningún posible matiz. El mejor ejemplo lo representaron las protestas en varias zonas de la Elipse, incluso algunos a pocos metro de Harris, que fueron expulsados por la seguridad en cuanto abrieron la boca pidiendo un embargo de ambas o el fin de la ayuda militar a Tel Aviv.